La muerte llegó sin anunciarse, vestida de terciopelo y vino tinto.
Lord Elgar, el más viejo de los lores del consejo, se desplomó en mitad del banquete mientras contaba una anécdota ridícula sobre dragones en celo. Su voz grave se quebró de pronto; primero tosió, luego escupió espuma negruzca sobre el mantel, y la copa rodó por el suelo dejando un rastro oscuro que salpicó el vestido de una baronesa.
—¡Mis bordados! —chilló ella, completamente ajena a la tragedia que ocurría frente a sus ojos.
Pero cuando el cuerpo de Elgar quedó rígido, cuando sus dedos se torcieron como garras y sus pupilas se dilataron hasta quedar negras, el salón entero cayó en un silencio tan profundo que ni los violines se atrevieron a seguir sonando.
En menos de un minuto, el lord más antiguo del reino había muerto.
Para la medianoche, el cadáver yacía cubierto por un manto de seda, el banquete había terminado en caos y la corte entera ardía en rumores como un incendio sin control.
Horas después, el laboratorio de Archie olía a humo, a libros quemados y a desorden violento.
La reina Sibylla inspeccionaba el lugar con una calma engañosa, sus dedos enguantados sosteniendo una hoja marchita y oscura, tan fina como papel quemado.
—Hellebora umbra... —susurró, oliéndola apenas—. Rara. Letal. Requiere fuego lento y resina de almendra amarga para activarse.
—Un veneno —confirmó el capitán de la guardia, con rigidez militar—. Y según los registros, solo un alquimista del reino ha trabajado con esta planta recientemente.
Sibylla bajó la mirada hacia el diario de adquisiciones encontrado bajo una mesa volcada.
La firma era inconfundible.
Archie Varnes.
Sus labios se apretaron apenas.
—Procedan.
La irrupción fue brutal. No hubo golpes en la puerta, solo el estruendo de la madera astillándose.
Kai se despertó sobresaltado, con el corazón golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. El crujido de botas pesadas y el chocar de acero resonaron en el pasillo.
—¡¿Qué demonios...?!—salió al pasillo, descalzo, con el corazón golpeando su pecho.
Siguió las antorchas, los gritos, el sonido de metal chocando contra piedra. Y entonces lo vio.
Archie estaba en el suelo.
Medio vestido, las manos retorcidas a la espalda, un guardia con la rodilla hundida en su espalda y otro ajustando cadenas alrededor de sus muñecas.
—¡Archie!
El grito salió de la garganta de Kai antes de que pudiera pensarlo. Se lanzó hacia adelante, empujando a uno de los soldados con una fuerza nacida de la desesperación.
—¡Quitadle las manos de encima! —bramó Kai, interponiéndose—. ¡¿Qué hacen?! ¡¿Se han vuelto locos?!
Antes de que Kai pudiera golpearlo, una mano firme se posó en su hombro.
La reina Sibylla.
Su rostro estaba agotado, los ojos oscuros por las velas de toda una noche de vigilia.
—Kai, basta —dijo con calma helada.
—¡Lo están lastimando! —su voz se quebró—. ¡Ni siquiera puede hablar!
Sibylla dio un paso adelante, la capa de terciopelo rozando el suelo.
—Lo ordené yo.
Kai parpadeó como si le hubiesen abofeteado.
—¿Tú...? ¿Por qué?
—Archie Varnes está acusado del asesinato de Lord Elgar —anunció la reina, y su voz parecía un juicio divino—. Si interfieres ahora, solo empeorarás su situación.
El silencio cayó como un puñal.
Kai negó con la cabeza, dando un paso hacia atrás.
—No fue él.
—Mañana lo discutiremos en la corte —respondió Sibylla, sin quebrarse—. Esta noche, él es sospechoso. Y las pruebas son demasiadas.
Kai apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Quería gritar, quería quemar el pasillo entero, pero vio la barrera infranqueable en los ojos de su madre. Y vio a los guardias levantar a Archie.
El alquimista se puso en pie a duras penas. Tenía un corte en el labio y la mejilla roja por la presión contra el suelo. Buscó a Kai con la mirada. Sin sus gafas, entornaba los ojos, vulnerable y pequeño entre los armarios de metal que lo custodiaban.
No lloraba. Pero en esa última mirada había un terror profundo y silencioso que rompió algo dentro de Kai.
—Lleváoslo —ordenó Sibylla.
Se lo llevaron arrastras hacia la oscuridad de la escalera. Kai dio un paso, pero la mano de su madre se cerró más fuerte en su brazo.
—Quieto —susurró ella—. No puedes salvarlo esta noche.
Kai no durmió.
daba vueltas en su habitación como un lobo recién enjaulado. Pateó una silla, volcó una pila de libros y maldijo al tapiz de sus antepasados.
Finalmente, se dejó caer frente a la chimenea, donde las brasas morían lentamente. En sus manos sostenía lo único que había podido rescatar del pasillo: las gafas de Archie.
Tenían una grieta en el cristal izquierdo.
Kai pasaba el pulgar por el marco de metal frío una y otra vez. Recordaba cómo Archie solía empujarlas hacia arriba con el dedo índice cuando estaba nervioso, o cómo se las quitaba para frotarse los ojos después de horas leyendo sobre botánica.
—Lo encerraron... —murmuró a la habitación vacía, su voz ronca—. Lo tiraron allí como si fuera basura.
Repasó cada conversación, cada momento de las últimas semanas. ¿Había algo raro? ¿Alguna señal? No. Solo Archie hablando emocionado sobre sus plantas, sobre sus intentos de mejorar la medicina del reino.
—Es un error —se dijo a sí mismo, apretando las gafas contra su pecho—. Tiene que ser un error. Y voy a quemar el cielo si hace falta para probarlo.
Amaneció y Kai no se había quitado la ropa. Su camisa estaba arrugada, su cabello era un desastre y su rostro tenía la palidez de un espectro. No le importó. Así, con la furia pintada en las ojeras, marchó hacia la sala del consejo.
El juicio se realizó en la sala del consejo, un salón solemne que olía a incienso, madera vieja y tensión.
Archie entró escoltado por dos guardias.
Tenía un ojo morado, el labio partido y la ropa manchada de hollín.
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Editado: 11.01.2026