POV. Kai
El olor a humedad y metal oxidado se me metía por la nariz como una promesa rota. Cada paso que daba hacia el calabozo sonaba más hueco que el anterior, como si el castillo quisiera tragarme junto a sus secretos. Las antorchas chisporroteaban a ambos lados del pasillo, y sus sombras largas y retorcidas danzaban con un entusiasmo cruel, celebrando algo que yo aún ignoraba.
No llevaba corona.
No llevaba capa bordada.
Solo una oscuridad terca sobre los hombros y una certeza pesada como hierro frío: a él lo habían encerrado.
A él.
Mi pecho se apretó con cada escalón que bajaba, como si estuviera dejando atrás más que el palacio.
Orgullo.
Miedo.
Y eso otro que nunca he tenido el valor de nombrar.
El guardia se hizo a un lado sin preguntarme nada. Su mirada evitó la mía; sabía que discutir conmigo no era opción. O quizá también había visto lo que yo había visto: la injusticia tragándose el reino como una bestia hambrienta.
Y entonces lo vi.
Archie.
Tendido en el suelo como si su cuerpo hubiera decidido rendirse antes que su mente. Su túnica —la que siempre llevaba impecable, blanca, ordenada— ahora era una mezcla de polvo, sangre seca y abandono. Temblaba. Dioses... temblaba como una hoja al borde del invierno, atrapada por un viento que no perdona.
Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza con dificultad. Y aun así... aun así sonrió.
—Kai... —susurró. Su voz era apenas un hilo. Un hilo tenue, desgastado. Pero para mí fue un trueno directo al alma.
Me arrodillé frente a los barrotes. Sin pensar. Sin calcular. Sin dignidad. Sin corona.
Solo con desesperación.
—Dime que es mentira —le supliqué, con la voz hecha trizas—. Dímelo, aunque sea una maldita mentira. Lo voy a creer si lo dices tú.
Parpadeó. Lentamente. Como si cada pestañeo fuera una batalla. Sus ojos, velados por fiebre, intentaron enfocarme.
—Claro que no... —gimió—. No tengo motivos. Me inculparon, Kai. Yo no...
La rabia me cerró la garganta como una mano. Una mano helada.
Metí los dedos entre los barrotes, como si eso pudiera derribar todo el muro. Él levantó su mano, temblorosa, buscando la mía. Cuando nuestros dedos se encontraron, sentí algo romperse. O tal vez nacer.
—Shh... —susurré, acercándome—. Lo sé. Te creo. Te creo aunque todos griten lo contrario.
Archie tragó saliva, su respiración tembló.
—La cura... está en el laboratorio —dijo con la voz ronca, quebrándosele en la mitad—. La flor... floreció. Está en la caja con el sello de cobre. El veneno era solo el residuo. Yo... yo pensaba presentarlo hoy... pero no me dejaron hablar...
—¿Cuándo? ¿Cómo pasó? —mi voz salió más agresiva de lo que quería. Más desesperada.
—Anoche... justo antes de que entraran a arrastrarme fuera —tosió, encogiéndose de dolor—. Estaba escribiéndolo todo. Todo... quería mostrárselo al consejo hoy...
Bajé la cabeza y apoyé la frente contra los barrotes. La frialdad del metal me devolvió un poco de cordura, pero no lo suficiente.
—Te amo más de lo que este reino me permitirá admitir —murmuré. Mis palabras salieron hechas polvo, desgarrando el aire entre nosotros.
Archie abrió los ojos, sorprendido. Sus dedos —delgados, manchados de sangre seca— rozaron mi mejilla.
Ese toque me dolió más que cualquier herida física.
—Si la corte falla en mi contra... si todo se cae... y me acorralan... diré que te odio —susurró.
Solté una risa rota. No sé si fue risa o llanto. Creo que las dos cosas.
—¿Eso también es mentira?
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, la primera desde que lo conocí.
—Sí.
Mi pecho se aflojó con un alivio miserable.
Lo abracé a través de las rejas.
No lo suficiente.
Nunca lo suficiente.
La noche cayó sobre el reino como una manta húmeda, y aun así el sueño me rehuía como si fuera una peste peor que la que Archie intentaba curar.
Sentía el calor de su mano todavía ardiendo en la mía.
Y entonces nació un plan.
Un plan torpe, desesperado, maldito... pero un plan.
Yo no iba a quedarme quieto mientras él moría por culpa de serpientes disfrazadas de nobles.
Me puse de pie.
Tenía que moverme. Ya.
Pero la puerta del corredor se abrió de golpe.
Mi madre.
La reina Sibylla apareció en la penumbra como una sentencia antigua. Su vestido impecable, su postura perfecta. Siempre intacta. Siempre altiva. Incluso cuando su hijo se quebraba frente a ella.
—¿Sientes algo por el hechicero? —preguntó con una calma tan cruel que me cortó el aire.
La miré.
No respondí.
No tenía que hacerlo.
Ella lo supo.
—El trono no es para quienes desean, sino para quienes sacrifican —dijo, avanzando un paso—. Y este escándalo puede consumirlo todo. Lo más importante ahora es salvar al reino... proteger el poder... y limpiar tu nombre. Nuestro nombre.
Mi estómago se revolvió.
No era solo rabia.
Era traición.
Una traición silenciosa, antigua. La clase de dolor que se hereda.
—No puedes pedirme eso —dije con la voz baja, quebrada—. No me lo pidas, madre.
Sibylla me observó. Y por un instante... juro que vi tristeza en sus ojos. O tal vez solo era lástima. Tal vez algo incluso más frío que eso.
—La peste no mata tan rápido como la envidia en los ojos del consejo —murmuró—. El día del juicio, todo estará en su contra. Y pase lo que pase... siempre tendrás mi apoyo.
No dije nada más.
Porque si hablaba...
si decía una sola palabra más...
rompería algo que no podría recomponer jamás.
Monté a Medusa, mi yegua negra. Ella pateó el suelo, impaciente, sintiendo mi furia, respirándola conmigo. Sujeté las riendas con fuerza, y sin mirar atrás cabalgué a través del puente que separaba al castillo del mundo.
Las puertas se cerraron a mis espaldas con el sonido de una traición sellada.
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Editado: 11.01.2026