Realeza Eterna

Capítulo 50.

POV. Kai.
El Salón del Juicio estaba más frío de lo habitual.

No era el frío normal del mármol, ni el que se filtra por las piedras antiguas del castillo. Era un frío humano, tenso, capaz de cortar la piel, un frío que se filtraba entre los tapices bordados con hilos de oro como si el propio aire se negara a calentar a los presentes.

Las columnas de mármol blanco brillaban con un matiz severo, casi hostil. Las ventanas altas dejaban pasar una luz blanquecina, nítida como una cuchilla. Y el olor... incienso, humedad y miedo. Una combinación que me revolvía el estómago desde niño.

La corte entera estaba reunida: cien lores, veinte damas nobles, tres magistrados, un representante de la Iglesia y mi madre, la reina Sibylla, sentada en el trono central como un halcón entre gallinas. Su vestido negro resaltaba su postura rígida; parecía esculpida en obsidiana.

Yo, en cambio, no llevaba corona. Tampoco mi capa de heredero. Solo una camisa abierta, mis botas de montar manchadas de tierra, y una determinación que ardía bajo la piel.

Y allí, en el centro del salón, estaba Archie.

Flaco como un tallo seco, tembloroso, con los ojos hundidos pero luciendo una dignidad que nadie podía arrebatarle. No llevaba cadenas, pero hubiera sido menos humillante que esa plataforma solitaria donde lo habían puesto para ser observado por todos como si fuera un espectáculo.

Los lores lo miraban con la misma expresión que le darían a un criminal antes de colgarlo.

Ignorancia, odio, miedo... y en algunos, una malsana fascinación.

—Se le acusa —entonó un magistrado con voz hueca— de envenenar al Lord Elgar. Se encontraron rastros de Hellebora umbra en su organismo. El acusado fue visto manipulando ingredientes peligrosos la noche anterior.

Mentira. Cada palabra era una mentira refinada.

Archie tragó saliva. Lo reconocí al instante: su gesto típico antes de un colapso nervioso. Lo había visto hacer eso cientos de veces en el laboratorio, solo que allí la consecuencia era derramar un frasco y maldecir media hora. Hoy... la consecuencia era la horca.

—¿Algo que decir en su defensa? —preguntó el magistrado.

Archie levantó la vista, tímido, exhausto.

—No... no fue así —su voz temblaba—. El compuesto no era veneno. Era... parte de una mezcla experimental. La cura para la peste. No me dejaron explicarlo...

—Conveniente excusa —interrumpió el representante de la Iglesia, Padre Marius, un hombre con más anillos que escrúpulos—. No lo presentaste a la corte de sanadores. No hay constancia. Es hechicería.

Archie bajó la cabeza, herido.

Y yo me levanté.

El murmullo se apagó como un incendio sofocado de golpe.

—Qué conveniente —dije, en tono suave, pero cargado de veneno—. Sorprendente, incluso, que los "ingredientes peligrosos" que mencionan hayan sido comprados... por orden de alguien más.

Hice un gesto.

Las puertas se abrieron.

El mercader Eron de Valys entró con su chaqueta de terciopelo verde y una expresión que oscilaba entre el miedo y la satisfacción.

Perfecto.

—Eron —dije—. Diga a la corte quién le ordenó comprar Hellebora umbra concentrada y otros ingredientes letales. ¿Fue el acusado Archie Varnes?

—No, mi príncipe —respondió sin dudar—. Fueron órdenes del Padre Marius.

La sala estalló en ruido. Gritos. Protestas. Murmullos como cuchillos entre dientes.

Padre Marius perdió la compostura al instante.

—¡Mentiras! ¡Manipulación! ¡Herejía! —vociferó, su rostro enrojecido por la ira—. ¡El acusado es un hechicero! ¡Se acuesta con demonios, hace sacrificios, comete actos sodomitas!

Un silencio espeso cayó.

Archie abrió los ojos con horror.

Yo entrecerré los míos.

—¿Qué actos serían esos? —pregunté, cruzando los brazos.

—¡Hechicería! ¡Sodomía! ¡Corrupción del alma! ¡Corrupción del cuerpo! ¡Nadie pasa tantas noches con un plebeyo sin—!

—La inteligencia lo persigue, Padre Marius —lo interrumpí—, pero usted es más rápido.

El silencio fue tan absoluto que pude oír a Sibylla inhalar.

Vi, incluso, una ligera sonrisa en la comisura de sus labios.

Mi madre. Siempre disfrutando de las cabezas que ruedan... mientras no sea la mía.

Marius se estremeció.

—¡Usted también es pecador! ¡Todos lo sabemos! ¡Usted visitaba al alquimista por las noches—!

Ah.

El momento que toda la corte esperaba.

El escándalo.

La carnaza.

El pecado del príncipe.

Me acerqué al sacerdote. Paso lento. Paso firme. Lo tuve tan cerca que pude oler el sudor rancio debajo de su túnica.

—¿Sabe qué se hace con las víboras, Padre? —murmuré.

—Usted no... no puede...

—Se les pisa la cabeza.

Me giré hacia los guardias.

—Retírenlo. Este hombre ya no habla en nombre de Dios, sino del miedo.

Los guardias se movieron de inmediato, arrastrando al sacerdote entre chillidos. Algunos lores se persignaron. Otros sonrieron disimuladamente. Otros, demasiado cobardes, miraron al piso.

Pero entonces, un viejo lord con cara de rata y fama de carroñero se levantó.

—Mi príncipe... ya que estamos tratando temas... nocturnos —dijo con voz aceitada—. ¿Podría decirnos qué hacía usted a solas con el acusado durante tantas noches?

La corte entera se tensó como un arco.

Mi madre cerró los ojos un instante. No intervino. Sabía que esta batalla era mía.

Me giré hacia ellos, caminé hasta el estrado y dejé que la luz del ventanal me bañara.

—Le leía poesía —respondí con absoluta calma—. A veces nos quedábamos dormidos conversando sobre cómo encontrar la cura de la peste.

Un murmullo horrorizado recorrió la sala.

Archie me miró como si acabara de derribar un imperio por él. Lo vi tambalearse. Por un segundo pensé que iba a desplomarse.

Avancé un paso más.

—Y ahora, lores de la corte, díganme: ¿qué es más importante?

¿Un alquimista que ya encontró la cura para la plaga...




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