POV. Kai
La mañana se arrastró como un anciano que lleva demasiado tiempo sobre sus propios huesos.
La luz intentaba colarse por las cortinas pesadas de terciopelo, pero solo conseguía filtrarse en líneas débiles, tímidas. Era como si incluso el sol hubiese decidido que no era prudente entrar a mi habitación. Y, para ser sincero... lo entendía.
Yo tampoco me habría visitado.
Estaba sentado al borde de la cama, con la túnica mal abrochada, el cabello hecho un desastre, las botas sin poner. Tenía la postura exacta de una estatua rota: una que el palacio mantenía por lástima o costumbre, no porque aún sirviera para adornar algo.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que la puerta se abriera. No sonó un solo golpe.
Solo entró.
Sibylla.
Se movía como se mueve todo lo inevitable: sin pedir permiso, sin anunciarse, sin dejar opción. Su perfume, una mezcla de jazmín y acero, se instaló primero. Luego, su figura negra atravesó mi habitación como una sombra bien educada.
Se sentó a mi lado. No dijo nada al principio. Nunca lo hacía. Su silencio era un cuchillo fino, creado para cortar justo donde dolía más.
Finalmente habló.
—El amor no mantiene una corona sobre la cabeza de un rey, Kai —su voz era suave, casi maternal, pero sus palabras eran puro veneno templado—. El miedo, sí. Y hoy... por primera vez, te han temido.
—¡Que viva la realeza eterna! —exclamé con una carcajada amarga.
Alcé la botella de vino que había abierto antes del amanecer. Me la llevé a la boca y di el sorbo más largo de mi vida. Casi me termino el resto.
No funcionó.
Nada ahogaba mi culpa.
—Lo exiliaremos discretamente —dijo ella, como quien comenta el clima—. Y anunciarás tu compromiso con la princesa Amara antes del festival de otoño.
A veces las palabras golpean como puños.
Otras, como espadas.
Pero las de ella... eran una sentencia.
Mi corazón cayó de golpe al estómago.
—Madre... —fue todo lo que pude decir.
—Acabaremos con los rumores —continuó, inmutable, como si recitara un decreto ya escrito en piedra—. Vete despidiendo de él.
El silencio que siguió no llenó la habitación. La quemó.
Era un silencio ácido, capaz de corroer cualquier intento de esperanza.
Ella me miró de reojo.
—Sabías que esto iba a pasar, Kai.
—¿Y eso lo hace más fácil?
—No —sus labios se afilaron—. Lo hace inevitable.
No respondí. No pude.
Sentí que si intentaba hablar, solo saldrían cristales desde mi garganta.
Mi madre se levantó. Ajustó una flor en el jarrón como si fuera la reina de un reino sin problemas. Luego salió con la misma elegancia con la que una tormenta abandona un puerto después de destruirlo.
La puerta se cerró con un clic.
Eso bastó para que todo dentro de mí terminara de romperse.
Esa noche, los pasillos del castillo parecían escuchar.
Las antorchas titilaban como si sus llamas tuvieran miedo. La piedra húmeda olía a frío, a historia... y a advertencia. Yo caminaba sin pensar, o pensando demasiado. Era difícil distinguirlo.
Tomé la ruta hacia el ala norte, donde estaba el laboratorio.
El olor llegó antes que la puerta: pólvora suave, tinta, metal quemado y algo que siempre identificaba como "Archie". Algo que mezclaba caos con ternura, torpeza con genialidad.
Empujé la puerta entreabierta.
El mundo se redujo a él.
Archie estaba de espaldas, empacando. Sus movimientos eran lentos, meticulosos, como si cada frasco que envolvía fuera una despedida que no quería terminar de pronunciar.
Había libros apilados, cajas abiertas, pergaminos enrollados a la mitad. Y él... él era un cuadro que dolía verlo.
—No deberías estar aquí —dijo apenas me vio—. Si alguien te ve...
—Quería verte por última vez.
Sus hombros se tensaron.
—En el juicio no parecías con deseos de verme —escupió.
Dolió más que cualquier puñalada.
Me acerqué, despacio, como si temiera espantarlo.
—No te negué porque no te amara, Archie —susurré, y la frase sonó ridículamente inadecuada contra la solemnidad de la noche—. Te negué para salvarte la vida.
Archie se giró entonces. Y la imagen me golpeó con la fuerza de un rayo.
Su rostro tenía esa expresión que siempre me había desarmado: brillante, inteligente, frágil y furiosamente humano. Rabia en los ojos. Tristeza en la boca. Dignidad en la postura.
—¿Y crees que no lo sé? —su voz tembló, no de miedo, sino de dolor—. Yo hubiera hecho lo mismo. Lo sé. Pero... —su mirada se quebró apenas— eso no lo hace menos jodido, Kai.
Volvió al baúl, guardando un frasco con excesivo cuidado.
—Acepté un corazón roto en lugar de la horca. ¿Sabes lo ridículo que suena?
—Lo siento —dije, con voz baja. Me acerqué aún más—. Lo lamento... pero no me arrepiento de haberte salvado. No si eso evitó que te lastimaran.
Archie apretó los labios hasta que se volvieron una línea blanca. Asintió, apenas.
No era perdón.
Era resignación. Era la aceptación de una verdad brutal.
Saqué la bolsa de oro de mi túnica. Estaba envuelta en cuero. Saqué la identidad falsa. El pasaje del barco.
—Puedo sacarte de aquí. Ahora mismo. Podemos desviarnos de las rutas que sugirió mi madre. Puedes empezar de cero en el sur. Una nueva ciudad, una nueva vida, un nombre limpio. Nunca nadie tendrá que saber quién eres.
Archie me miró. Y su mirada no era de agradecimiento. Era de una calma triste.
—Si huyo como un ladrón —dijo con esa calma que me aterrorizaba, porque era el indicio de una decisión inamovible—, les estaría dando la razón. Mi nombre es lo único que tengo. No pienso enterrarlo porque ellos quieran verme caer.
Las palabras me dejaron sin aire.
—Seré el futuro rey... —mi voz se quebró sin permiso—. Tengo todo el poder del reino... y no es suficiente para hacerme feliz.
—Yo tampoco lo haría feliz —susurró.
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Editado: 11.01.2026