POV. Kai
Semanas después, el reino volvió a respirar.
El banquete olía a carne dorada, a hierbas recién tostadas, a vino especiado que calentaba las gargantas y los ánimos. Las risas llenaban el gran salón como un río que por fin se liberaba del deshielo. Las antorchas ardían con un brillo casi festivo, como si el mundo jamás hubiera temido la peste que por poco nos devoró.
Yo me reía también.
Porque es lo que esperan.
Porque el futuro rey debe sonreír en las celebraciones.
Porque fingir es una habilidad que heredé junto con la corona.
La peste había retrocedido, como un monstruo herido que por fin, después de meses de resistencia, se hundía en el bosque para morir en silencio. Y el reino celebraba esa victoria como si la vida no costara siempre más vidas.
La plaza estaba llena de colores. Desde las ventanas altas se escuchaban los cantos del pueblo, júbilo puro. Las campanas repicaron durante horas anunciando no solo la cura, sino el compromiso real.
Mi compromiso.
Yo era el futuro.
Y me sentía más falso que la sonrisa que llevaba puesta.
A mi lado, mi futura esposa, la princesa del Oeste, Amara mantenía una sonrisa dulce, perfecta, construida con la precisión de quien ha entrenado toda su vida para agradar. Era hermosa, ciertamente. Educada, amable, gentil... demasiado perfecta. Perfecta en esa forma vacía que jamás me atravesaría el pecho.
—Estás callado —murmuró, rozando mi brazo con la suavidad ensayada de quien teme romper algo.
—Son ideas tuyas, cielo mío —respondí con elegancia mecánica. Tomé su mano, la besé, y luego me levanté para alzar mi copa—. Por la salud del reino, por el porvenir.
—Por el amor —añadió ella, con un brillo esperanzado en los ojos.
¿Cuál?
Pero no lo dije.
La música se detuvo unos segundos mientras los nobles brindaban. El eco del cristal chocando parecía una ovación para un papel que yo no quería interpretar.
En el extremo de la mesa, Sibylla me observaba. Su porte impecable, como si hubiera sido esculpida para reinar incluso sentada. Pero sus ojos... sus ojos conocían mis grietas. Ella veía más allá de las telas finas, del oro, del protocolo.
Cuando pasé cerca, se inclinó apenas, como solo una madre —una reina— podía hacerlo sin perder dignidad.
—Hiciste lo correcto, hijo mío —dijo con voz suave, casi comprensiva.
"Lo correcto."
Una forma delicada de llamar a la traición.
Asentí sin responder. Si hablaba, el nudo en mi pecho se delataría.
Más lejos, mi hermana me lanzaba una mirada divertida, casi cruel. Alzó su copa hacia mí, arqueando una ceja como si brindara por mi infelicidad.
Tal vez lo hacía.
Me acerqué a mi prometida, tomé su mano y la besé nuevamente. Ella se ruborizó, creyendo que ese gesto era mío, propio, voluntario.
Ojalá lo fuera.
—Vuelvo en un momento —susurré con una sonrisa perfectamente calculada.
Salí del salón sin mirar atrás.
Atravesé los corredores, escuchando cómo mi respiración cambiaba con cada paso. El palacio sonaba a celebración... y a jaula. Caminé por los pasillos como un ladrón huyendo de su propia vida.
Las puertas dobles se cerraron a mis espaldas. El ruido del banquete quedó devorado por la distancia. El aire se volvió más frío, más real. El eco de mis pasos parecía preguntarme si todavía era yo.
Me desvié hacia el ala este, la menos transitada desde la emergencia sanitaria. Allí, el silencio era tan profundo que casi dolía. Crucé una arcada cubierta de telarañas viejas, pasé junto a ventanas empañadas por la humedad.
Y entonces llegué al jardín olvidado.
Nadie lo cuidaba desde hacía semanas. Las enredaderas habían trepado por los muros como si quisieran reclamar el palacio. Las fuentes estaban secas. El viento movía las hojas muertas con la suavidad de un susurro amargo.
Y allí... junto al viejo laboratorio abandonado —nuestro laboratorio— había florecido una única flor.
No pertenecía a ninguna especie que yo recordara haber plantado allí.
Pequeña.
Lumínica.
Descaradamente viva.
Como si hubiera brotado de un recuerdo que se negó a morir.
Como si el amor que dejamos aquí hubiera germinado en silencio, sin permiso.
Me arrodillé frente a ella. El metal de mi corona tintineó cuando cayó al suelo. No la recogí.
Solté una risa rota, incrédula, cansada.
—Maldito seas, Archie... —susurré, extendiendo los dedos hacia los pétalos—. Incluso ahora sigues haciendo brotar vida en los rincones donde nadie mira.
Mi voz se quebró. Me detuve unos segundos para respirar. Mi pecho ardía con una mezcla de rabia, nostalgia y algo más peligroso que ambos.
—¿Esto dejaste para mí? —murmuré, cerrando los ojos un instante—. ¿O lo dejaste sin darte cuenta?
El viento respondió por él, moviendo la flor con delicadeza.
Me levanté y regresé al interior del palacio para buscar una caja de cristal. Cuando la encontré, volví al jardín con pasos más lentos, casi solemnes. Guardé la flor con el mayor de los cuidados, como quien protege un fragmento de su alma de la intemperie.
No era un encierro.
Era una preservación.
Una promesa hecha al vacío.
Antes de volver al salón, apoyé la frente contra la fría piedra del muro y dejé salir una última confesión.
—No sé si alguna vez volveré a verte, Archie —admití en un suspiro—. Pero si esta flor sobrevive... entonces también lo hará lo que fuimos.
Me obligué a enderezarme. A ajustar la corona. A recomponer el rostro que todos querían ver.
Cuando regresé, la música se había transformado en un ritmo vibrante. La corte bailaba. Los nobles reían. Las luces parecían más brillantes.
Mi madre sonreía.
Mi prometida me buscaba con los ojos.
Y yo...
Yo también sonreí.
Porque en el bolsillo interior de mi capa, una pequeña flor seguía viva.
Y por primera vez en semanas, algo dentro de mí también.
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Editado: 11.01.2026