POV. Kai
Pasaron doce años. Una docena de inviernos en los que el castillo se mantuvo caliente con la llama constante del deber, la traición y la mentira. Doce años de matrimonios, tratados comerciales, banquetes y sonrisas ensayadas.
Amara resultó ser una reina perfecta. Generosa con los pobres, dócil con la Corte y absolutamente ajena a la cripta que yo llevaba por corazón. Nunca le permití conocerme. Nos convertimos en un par de estatuas de sal: hermosas a la vista, esenciales para la navegación del reino, pero incapaces de generar calor real.
Y, sin embargo, la vida brota incluso en los cementerios.
Tuvimos una hija.
Recuerdo la noche de su nacimiento. El cielo estaba claro, pero las estrellas parecían temblar. El astrónomo de la Corte, un hombre nervioso que creía más en las constelaciones que en el acero, no dejaba de susurrar sobre una "malísima alineación". Júpiter, el planeta de la realeza y la ley, estaba en una conjunción adversa que prometía conflictos y temperamentos explosivos.
—Trae el sabor amargo de la ambición desmedida, Su Alteza. Un mal augurio —vociferaba en los pasillos, antes de que lo mandara a ejecutar por calumnias.
Al menos fue la excusa perfecta para desquitarme del juicio de Archie.
Ignoramos el presagio. Pero elegimos un nombre que lo recordara, como un desafío al destino.
La llamamos Juniper.
Mi hija era, a simple vista, una obra de arte. La redención de nuestro linaje. Una belleza de una rareza devastadora. Amara era de cabello castaño y ojos verdes claros, pero Juniper, nuestra niña, nació con una melena que parecía tejida con plata y leche. Un blanco lunar, idéntico al mío. Era mi rostro en miniatura, pero con una belleza tan intensa que resultaba intimidante.
El pueblo la llamaba "La Hija de la Luna", un sobrenombre que ella aprendió a llevar como una corona de espinas. Yo la llamé "El Precio".
Pero la belleza de Juniper era el contenedor perfecto para el veneno. Ella era la suma total de la maldad, el miedo y la represión que esta casa había cultivado. La ira silenciosa de Sibylla, mi propia desesperación por Archie, la injusticia de mi tía Selene —a quien nunca conocí— y el resentimiento de mi abuela Lyria: todo germinó en Juniper como una flor carnívora.
Con el tiempo, la profecía del astrónomo se reveló cierta.
Juniper no era difícil; era una fuerza de la naturaleza.
La Semilla Malvada
A los cinco años, logró que despidieran a su tutora favorita, no por incapacidad, sino porque se había atrevido a contradecirla en un tema de mitología antigua.
—Su voz es demasiado chillona, Padre —fue su justificación, dicha con la tranquilidad de quien ordena que le sirvan agua.
La mujer se fue llorando. Juniper solo sonrió.
A los siete años le regalaron un pony que ella había exigido. Una semana después, se aburrió. En lugar de entregarlo a los establos, lo llevó al patio central y ordenó al guardia que lo soltara en el bosque, a sabiendas de que moriría.
—Es demasiado lento. No tiene el espíritu que yo merezco —dijo, con esa voz dulce y aterciopelada que te hacía cuestionar si acababa de recitar un poema o una sentencia de muerte.
A los diez, quemó "accidentalmente" el jardín por suerte el fuego no alcanzó la cabaña donde estaba... él. Cuando mi madre la confrontó, Juniper la miró con esos ojos grises, tan parecidos a los míos, y dijo con una calma escalofriante:
—No fue un accidente. Odio el olor de las peonías.
Juniper había heredado la crueldad, pero sin la diplomacia.
La mimábamos. Amara la colmaba de joyas y vestidos para compensar mi frialdad; yo le daba libertad para mitigar mi culpa por haberla traído a un mundo sin amor. Pero cada regalo solo alimentaba su ego.
La Princesa Juniper era una belleza fatal: inteligente, calculadora, egoísta y con una capacidad innata para encontrar la vulnerabilidad en cualquiera, incluyéndome. Era el precio que la corona me estaba cobrando.
El escándalo de Juniper no solo era doméstico, era político. Una noche, el Consejo se reunió en mi estudio, no para hablar de invasiones, sino de mi hija.
—Su Majestad —dijo el Canciller, nervioso—, la princesa es un riesgo incalculable. Está socavando nuestra estabilidad.
Tomé mi copa de brandy. Miré el fuego fatuo de la chimenea.
—Tienen razón. No podemos arriesgar el reino por el temperamento de un solo heredero.
A la mañana siguiente, no busqué a mi esposa. Fui directamente a ver a mi madre. Ella me esperaba en la sala de estrategia, leyendo los informes matutinos con su acostumbrada serenidad.
—He tomado una decisión, Madre.
—Ya era hora.
Mi madre dejó el pergamino.
—¿Y qué has planeado?
—Adelantaré la alianza.
Sibylla sonrió. Era una sonrisa fina, calculadora, la sonrisa del éxito.
—Has aprendido, hijo mío. El amor no mantiene una corona sobre la cabeza de un rey.
Salí de allí. El plan era perfecto y me había costado mi última chispa de humanidad. Había creado un monstruo llamado Juniper con la tristeza que me dejó Archie, y ahora estaba construyendo una jaula de acero rodeada de gente que la odiaría hasta lograr arrebatármela.
La vida de un rey es una cadena de decisiones correctas tomadas por las razones más equivocadas.
Y ahora, con Juniper —mi propio error y mi mejor condena—, venía de camino a escuchar la nueva noticia de su matrimonio.
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Editado: 11.01.2026