La Tizona no era un lugar al que alguien acudiera por gusto. Era el tipo de local que el viento evitaba tocar y donde hasta las sombras parecían pedir permiso para entrar. Estaba ubicada a las afueras del reino, donde el camino se convertía en barro y los bandidos se confundían con los arbustos.
Las paredes de la taberna, ennegrecidas por años de humo y grasa, chorreaban humedad. El techo crujía con cada ráfaga de viento, como si el edificio mismo se quejara de seguir en pie.
La mezcla de olores —alcohol rancio, sudor, leña húmeda y el ácido de la desesperación humana— era tan densa que cualquier recién llegado podía saborearla antes de cruzar la mitad del salón.
Y sin embargo, allí estaba repleta. Porque donde hay miseria, siempre hay quienes buscan olvidarla.
Los borrachos llenaban las mesas cojas, derramando cerveza y palabras sin filtro. La mezcla de risas ásperas, insultos y golpes de jarras hacía vibrar el aire. En una esquina, tres hombres se inclinaban unos sobre otros mientras lanzaban comentarios gruesos sobre la familia real.
—Te digo que es verdad, la princesa Juniper tiene un lunar en el muslo —soltó uno, guiñando un ojo y relamiéndose—. Mi primo la vio una vez de lejos y...
—¡De lejos no vale! —lo interrumpió otro con la nariz rota de vieja data.
—De lejos hasta tú te ves decente —añadió el tercero, soltando una carcajada ronca—. Pero oye, eso sí es verdad: la princesa es la joya del reino. Demasiado para cualquiera de nosotros.
El primero se relamió los labios.
—¡La reina Amara es otra cosa! —añadió el primero, golpeando la mesa con entusiasmo—. ¡Por los siete cielos! Esa mujer es una bendición, podría levantar a un muerto con solo caminar.
—Sí, bendición, claro —bufó otro—. Si yo fuera el rey...
—Si tú fueras el rey, el reino se iría a la quiebra en media tarde —lo interrumpió un borracho desde otra mesa, provocando carcajadas generales.
El cantinero observaba todo desde detrás de la barra. Era un hombre grande como un roble, de brazos tatuados y ceño perpetuamente fruncido. Mientras limpiaba una copa con un trapo desgastado, lanzó una mirada hacia el fondo del local, donde un hombre encapuchado estaba sentado en completa quietud.
El extraño llevaba una capa oscura, botas gastadas, un arco apoyado contra la silla y un carcaj lleno. No había tocado su bebida. Pero escuchaba. El cantinero lo sabía; llevaba décadas leyendo rostros, incluso cuando se ocultaban bajo sombras.
Decidió acercarse, buscando conversación o tal vez algo de entretenimiento.
—Aquí tienes —le dijo, sirviendo un trago espeso y dorado—. Te calentará el alma. Es más fuerte que un bofetón y más honesto que cualquier hombre aquí.
El encapuchado inclinó la cabeza apenas, sin pronunciar palabra.
El cantinero aprovechó el silencio para soltar lo que tenía atorado en la lengua.
—Dime... ¿tú no encuentras raro lo del rey Kai? —bajó la voz, inclinándose—. Teniendo a la reina Amara en su cama y solo un hijo... no me cuadra. Vamos, cualquier hombre en su sano juicio presumiría de llenarle el palacio de herederos.
Siguió limpiando la copa, hablando sin pausa.
—Hay rumores, ya sabes... que al rey le gustan otras cosas. Otras compañías.
Por un instante creyó ver un gesto bajo la capucha, un leve giro del rostro. No supo interpretar si era desinterés o advertencia, pero al cantinero le bastó para seguir hablando. No estaba acostumbrado a que alguien no respondiera.
Sin embargo, antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió con violencia.
Un golpe seco. Una ráfaga de viento frío. Hojas secas rodando por el suelo.
Un soldado entró sin anunciarse. Con la armadura impecable y la mirada endurecida, avanzó hacia la barra como si marchara en un desfile. Dejó un pergamino sellado sobre la madera.
Y así como llegó, se marchó.
El silencio se extendió por la taberna... hasta que uno de los borrachos soltó una carcajada atronadora.
—¡JAAAA! —rió el hombre de lengua roja—. ¡La boda! ¡La boda de la princesa Juniper! ¡Al fin la casan! ¡Se acabó el sueño, idiotas!
Todos voltearon hacia él.
—¿Qué boda? —preguntó otro, frunciendo el ceño.
—La que viene en ese papel, ¿qué más? —dijo el borracho señalando el pergamino—. ¡La van a casar! ¡La princesa Juniper! ¡JAJAJA! ¡Y nosotros aquí, celebrándolo como idiotas sin invitación!
Las mesas estallaron en comentarios, burlas y brindis malintencionados.
—¿Con quién será?
—Seguro un príncipe aburrido.
—¡Ojalá sea un viejo decrépito, así enviuda rápido!
—¡Brindemos por ella! ¡Por la nobleza y la desgracia ajena!
Las copas chocaron. Un músico borracho rasgó un laúd desafinado. La taberna recuperó su caos característico.
El cantinero, todavía curioso, tomó el pergamino entre sus dedos. Giró el rostro hacia el encapuchado para comentar algo más...
—¿Y tú qué opinas de esto? —preguntó.
Pero la silla estaba vacía.
La bebida seguía intacta.
El arco había desaparecido.
Parpadeó, confundido.
—¿Qué demonios...?
Antes de que pudiera buscarlo, el borracho de lengua roja agitó el pergamino con orgullo, escupiendo carcajadas que irritaban más que el olor a cerveza.
—¡JA! ¡Se fue el misterioso! ¡Seguro no le gustó la noticia! ¡A lo mejor estaba enamorado de la princesa! ¡O de la reina! ¿Quién sabe?
El cantinero no dudó. Se acercó, le arrancó el pergamino de un tirón y lo empujó de vuelta a su asiento.
—¡Oye! ¡Eso era mío! —protestó el borracho.
—Era —gruñó el cantinero guardándose el pergamino bajo el delantal.
Cruzó la taberna con paso decidido.
Abrió la puerta.
El viento helado le golpeó el rostro.
Salió sin mirar atrás, cerrando la puerta con un portazo que hizo vibrar el letrero de La Tizona y enmudeció por un segundo las risas dentro.
La taberna, después de ese instante muerto, volvió a la vida: carcajadas sucias, insultos sin sentido, vasos chocando y el laúd desafinado lamentándose en un rincón.
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Editado: 11.01.2026