Realeza Eterna

Capítulo 55.

Pov. Juniper.

El cielo estaba demasiado azul.

Asquerosamente azul.

Tan limpio, tan perfecto, tan indiferente a mi desgracia que sentí deseos de gritarle.

No había ni una sola nube para hacer juego con el caos que llevaba en el pecho. Era como si la naturaleza entera se hubiera confabulado para burlarse de mí:

"Mira qué lindo día para arruinarte la vida, princesa."

Apreté los labios mientras otra sirvienta me peinaba como si fuera una muñeca por estrenar.

Me odiaba por cómo me peinaban.

Me odiaba por cómo me perfumaban.

Pero, más que nada, me odiaba por tener que sonreír ante un compromiso ridículo con un príncipe aún más ridículo, al que ni siquiera había visto en mi vida.

Ojalá el cielo se hubiera caído y me hubiese aplastado ahí mismo.

Desde los balcones del palacio hasta la entrada del carruaje, todo había sido un desfile de hipocresía disfrazado de seda y sonrisas falsas. Una muñeca bien vestida, lista para ser enviada como paquete diplomático al reino enemigo que toda mi joven vida me hicieron odiar.

—Ese color te hace ver más madura, alteza —comentó Clarisse, mi doncella principal, tironeaba de las cintas del vestido como si intentara ajustarme la paciencia.

—Madura suena a fruta pasada. ¿También me veo podrida?

Ella palideció. Yo sonreí.

—Aunque pensándolo bien —espeté, empujando la falda de seda azul con tanta violencia que Clarisse dio un salto hacia atrás—, este vestido me deja como una empanada rellena. Límpialo, arréglalo, quémalo... No sé. Haz algo útil por primera vez en tu vida.

—Su alteza, es el modelo que ordenó su madre —balbuceó, con esa voz temblorosa que me provocaba urticaria.

—¿Mi madre también ordenó que oliera a funeral de flores marchitas? Porque este perfume... —me acerqué para olerlo— huele a abuela muerta. Y mal embalsamada, además.

Clarisse quiso protestar, pero su sensatez ganó la batalla.

—Debe comportarse hoy, alteza —intentó decir, casi rogando.

—¿Comportarme? —repetí, riendo—. Eso realmente haría que este día fuera memorable.

Ella no respondió. Como buena criada, sabía cuándo cerrar la boca. La compadecí. Por un segundo. Luego me giré con un bufido, ajustando la tiara de rubíes que parecía querer resbalarse con cada movimiento. Cada paso que daba era una protesta muda. Cada hebilla dorada, cada joya sobrecargada, era una cadena más.

—¿Sabe lo que más me molesta, Clarisse? —pregunté sin mirarla.

—¿Qué, alteza?

—Pretenden que me acueste con un desconocido por la paz. Una paz que yo no pedí. Y, sinceramente... —me miré al espejo, sonriendo de un modo que habría asustado a cualquier sensato— no me importa la paz.

Clarisse bajó la mirada, no dijo nada. Por supuesto que no.

La corte me adoraba cuando callaba y sonreía.

Cuando era un adorno bonito y silencioso.

Mi salida del palacio fue un desfile perfecto de hipocresía: damas de compañía que murmuraban "qué hermosa", nobles que aplaudían mi sacrificio, los soldados formaban una línea tensa a cada lado, caballos resoplando, criados con la cabeza gacha.

Respiré hondo para no arrancarme la tiara y arrojársela al primer noble que viera.

Al llegar a la escalinata, un escudero joven se apresuró a ayudarme. Pobre desgraciado.

Puse mi pie sobre algo blando que crujió bajo mis zapatos.

La mano de un joven escudero.

—¡Ay, princesa, por favor...! —gimió él.

Yo simplemente lo miré, arqueé una ceja y solté una carcajada breve, cruel.

—Tendrás suerte si puedes volver a usar esa mano para algo útil. Como recoger estiércol.

Y subí, dejando la puerta abierta tras de mí, como si el mundo entero debiera seguirme.

El carruaje se internó en el bosque, tragado por la espesura. Afuera, los pájaros trinaban como si no supieran que transportaban a una prisionera de terciopelo. Me recosté entre cojines bordados, odiando el temblor de las ruedas y ese chirrido infernal que provocaba en mis oídos el constante movimiento.

—¿Dónde está mi vino? —pregunté al aire, sabiendo que nadie respondería.

Durante un rato solo escuché el chirrido monótono de las ruedas, la respiración de Clarisse a mi izquierda y el trote constante de los caballos. Casi había logrado aburrirme cuando...

Un sonido quebró la monotonía.

Primero, un silbido agudo.

Después, un grito.

El carruaje se sacudió como si hubiese chocado con una roca invisible. Me aferré al asiento mientras un caos súbito se desataba afuera.

—¡¿Qué está pasando?! —chillé.

No hubo respuesta.

Flechas. Gritos. Caballos relinchando. El sonido de espadas chocando, el golpeteo hueco de cuerpos cayendo. Me asomé por la ventana justo a tiempo para ver cómo la cabeza de un soldado salía volando.

—¡No! —gritó Clarisse, antes de que una flecha la alcanzara en la garganta.

Su sangre caliente salpicó mi rostro y supe. Por un momento, no supe moverme. El tiempo se rompió como cristal.

Me arrojé al suelo del carruaje, rasgué el vestido con una fuerza rabiosa, intentando cubrirme con las faldas, con los cojines, con cualquier cosa que me hiciera invisible. Un chillido escapó de mi garganta, ahogado por la adrenalina. El metal resonaba afuera, el relincho de los caballos se mezclaba con los alaridos.

Y entonces la puerta se abrió.

Dos hombres, cubiertos de cuero, rostros sucios y sonrisas podridas.

—Miren lo que tenemos aquí... —dijo uno, con una voz que apestaba a dientes podridos y rencor.

—¿Y esta joyita? —dijo el otro, relamiéndose.




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