Realeza Eterna

Capítulo 56.

Pov. Juniper.
—¿Y esta joyita? —dijo uno, relamiéndose como un perro frente a un trozo de carne fina.

—La princesa está sola, ¿eh?. Hora de cobrar impuestos —rió el otro, con carcajada de borracho.

Antes de siquiera procesarlo, uno me sujetó de los brazos con manos grasientas y el otro tomó mis piernas, levantándome como si fuera mercancía. Se nota que jamás habían cargado algo tan valioso en sus vidas.

Pataleé. Arañé. Mordí. Golpeé la cara del que tenía delante con toda mi fuerza.

No les importó.

—¡Suéltenme, insectos! ¡Soy la princesa Juniper! —grité, mi voz quebrándose entre furia y terror—. ¡Mi padre los colgará de los pies hasta que les chorree la estupidez por la nariz! ¡Soy Juniper de Delvien! ¡Soy...!

—Un premio, princesa —escupió el primero, tirando del cordón de mi vestido.

El sonido del lazo deshaciéndose fue como una sentencia.

—Y los premios se disfrutan —añadió el otro, bajándose los pantalones.

Rieron. Rieron como si estuvieran descorchando una botella de vino.

Mi piel ardía. Mi corazón martillaba. Empujé. Me retorcí. Hice lo que pude, pero era como luchar contra dos montañas de sudor y pestilencia.

El otro comenzó a desatar el cordón de mi vestido como si descorchara una botella robada.

—No desespere tanto, lindura. Te va a gustar...

El hombre bajó la mano hacia mi falda, sus dedos sucios rozando el dobladillo del vestido.

Y entonces...

Una flecha le atravesó el cuello.

El sonido fue húmedo, preciso, brutal.

El bandido cayó hacia atrás con los ojos clavados en mí, sorprendido de morir.

El otro apenas alcanzó a volverse.

La segunda flecha le entró por el ojo.

El silencio fue tan abrupto que me dejó sorda.

Los dos cuerpos cayeron pesados sobre el barro, sus últimos espasmos ensuciando mi vestido ya arruinado. No respiré. No lloré. No me moví.

Mi garganta lanzó un grito desgarrado sin que yo lo ordenara.

Después, me quedé inmóvil.

Un escalofrío me cruzó entera. Mi corazón era un tambor frenético bajo la piel. Mis manos temblaban tanto que apenas pude apoyar una en el suelo.

Y entonces lo vi.

Una figura emergió del bosque con el mismo sigilo que un depredador. Alto, envuelto en una capa oscura, un arco todavía tensado en su mano. Avanzó con paso seguro, confiado, dueño absoluto de la escena... y de mi atención.

La capucha ocultaba su rostro, pero pude ver la línea fuerte de su mandíbula, las botas manchadas de sangre fresca, la tensión letal en sus hombros.

No era un caballero.

No era un noble.

No era un salvador amable.

Era peligro. Puro y simple.

Cuando estuvo frente a mí, bajó la capucha.

Cabello negro, salvaje, como si siempre estuviera al borde de convertirse en fiera. Ojos dorados, brillantes como brasas encendidas. Una cicatriz marcaba su barbilla, dándole una belleza brutal, primitiva...

—¿Así es como las princesas de Delvien se defienden? —preguntó con una sonrisa ladeada, mordaz, su mirada deteniéndose en mi vestido rasgado, mi piel cubierta de barro y sangre ajena.

Reuní cada pedazo de dignidad que me quedaba y me incorporé.

Me tambaleé como un cervatillo recién nacido. Una burla perfecta para él.

—¿Quién eres? —mi voz se quebró.

El hombre se inclinó en una reverencia exagerada, cargada de insolencia.

—Ossian —respondió—. Cazador. Saquéador ocasional. Aunque hoy, parece que también soy tu niñera.

Me observó de arriba abajo con descaro, como si yo fuera una pieza de arte mal conservada.

—Si hubiera sabido que eras la joya del reino, quizá no habría tardado tanto en venir. Podía haber llegado un minuto antes y evitarte... esto —señaló a los cadáveres—. Pero, qué se le va a hacer. A veces el destino tiene humor.

Lo abofeteé.

El golpe resonó en el bosque como un trueno.

Ossian parpadeó.

Una sonrisa más amplia le curvó los labios.

—¿Dónde están mis escoltas? —pregunté entre respiraciones entrecortadas.

—Muertos —respondió sin drama, como si informara el clima—. Como lo estarías tu si no hubiera escuchado los gritos.

Me negué a creerlo. Tenían que estar vivos. Tenían que...

Me volví hacia los árboles con una mano temblorosa. Los vi.

Un soldado sin cabeza.

Otro con el cuello abierto de lado a lado.

Algo dentro de mí se quebró.

Mis rodillas cedieron. La sangre en mi vestido se mezcló con el barro. Mis manos se hundieron en la tierra húmeda mientras todo se volvía borroso.

El mundo se volvió un túnel.

Mis pulmones ya no sabían funcionar.

Mi mente se negó a aceptar la realidad.

—No... —susurré, aunque no sabía si me escuchaba a mí misma o a un espejismo.

Y entonces el mundo se apagó.

Justo antes de que la oscuridad me tragara, oí su voz, grave, irónica, casi suave... como una daga acariciando la piel antes de hundirse.

—Claro, princesa —dijo, cargándome en sus brazos—. Yo cargo contigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.