Realeza Eterna

Capítulo 57.

Grité.

O al menos, eso creí.

La pesadilla me atrapó un instante más, aferrada a mi pecho como si fuera una garra invisible. Gritos, sangre, huesos quebrándose. La cara de Clarisse transformándose en un río rojo que salpicaba mi vestido de gala. Sus dedos temblaban cuando caía. El peso de un hombre encima de mí, sus dedos sucios, su risa podrida, su olor a vino y mugre. La flecha silbando. Y después... nada.

Oscuridad.

Desperté como si saliera disparada del fondo de un pantano.

Me incorporé tan rápido que la tierra giró bajo mis manos. Jadeé, incapaz de decidir si quería vomitar o gritar. La luz del amanecer era un latigazo blanco que me obligó a cerrar un ojo. El olor... dioses. Olía a humo viejo, a hierba húmeda, a hierro oxidado... y a mí.

"Maravilloso", pensé, arrugando la nariz.

Me olí el brazo.

—Asqueroso... —murmuré al darme cuenta de que ese olor salía de mí.

Mi vestido—o lo que quedaba de él—colgaba de mi cuerpo como trapo usado para limpiar establos. Barro seco, sangre seca, algo que definitivamente no quería analizar. Me abracé las piernas y traté de entender dónde estaba y por qué seguía viva.

Un murmullo lejano de agua me jaló la mirada.

Y lo vi.

Río abajo.

Un hombre, de espaldas, sumergido hasta la cintura. Desnudo de torso.

El agua le llegaba a la cintura y se deslizaba por su espalda ancha, bajando en cascadas por un sendero de cicatrices antiguas. Sus músculos se contraían bajo la luz del amanecer, tensos, marcados, peligrosamente hermosos. Se lavaba con movimientos lentos, sin prisa, como alguien acostumbrado a sobrevivir sin permiso de nadie.

¿Ese cuerpo...?

¿Era como el de mis guardias?

No.

Era superior.

Mis ojos se quedaron fijos antes de que mi cordura reaccionara.

—¿Disfrutando la vista, princesa?

Me congelé.

Sentí cómo la sangre me subía a la cara como una explosión. Abrí y cerré la boca como una idiota, lo cual detesté profundamente.

—¡¿Quién demonios te crees que eres?! —le espeté, alzando la barbilla en automático—. ¡Estás... estás desnudo!

—No del todo —respondió, girándose por fin.

Maldita sea.

Esa sonrisa debería estar penada por los dioses. Ladina, peligrosa, consciente de sí misma.

—Aunque si quieres comprobarlo... —añadió con descaro.

Solté un chillido que habría hecho reír a mi institutriz por lo melodramático. Me levanté tambaleante, furiosa, buscando algo con qué golpearlo: una roca, un palo, mi dignidad. Nada servía.

—¡Grosero! ¡Cerdo salvaje! ¡Insolente sin educación!

—Me han llamado peor —dijo él, saliendo del agua sin prisa, gotas deslizándose por su torso marcado. Llevaba solo unos pantalones oscuros empapados—. Aunque debo admitir que tienes talento para insultar medio dormida. Gemías mucho. ¿Era por mi?

Le lancé una rama. Fallé vergonzosamente.

—¿Y tú quién demonios eres? —insistí, sintiendo cómo mi voz se afilaba igual que mis nervios.

—Tu salvador —respondió con una tranquilidad insoportable—. Aunque con ese carácter, quizá deje de serlo.

—¿Eres un asesino?

—Sí.

Lo dijo como quien dice "buenos días".

—¿Esperabas a un caballero con armadura brillante? Porque ellos están muertos

Mi pecho se comprimió. Me giré hacia los árboles.

Sangre. Silencio. Muerte.

Mis escoltas. Mi gente.

—No... no es verdad...—susurré, temblando de rabia, miedo y humillación.

Me giré, temblando, y mis ojos terminaron encontrando los cuerpos.

Mis guardias.

Los hombres que juraron protegerme desde que nací.

Uno sin cabeza.

El otro con el cuello abierto como un libro mal cortado.

La visión me perforó el pecho.

Y entonces el mundo se volvió borroso. El aire se volvió pesado. Y la oscuridad me tragó otra vez, brutal, como la mordida de un lobo.

—No eran muy buenos en su trabajo, princesa.

Mi enojo explotó.

Me giré y empecé a caminar—o mejor dicho, a cojear—en dirección contraria, sin importar hacia dónde. El bosque era un laberinto de sombras idénticas. Y mi tobillo... ardía.

No me importó.

Necesitaba distancia de él. De todo.

—Esto va a ser divertido —murmuró él detrás de mí.

Lo odié.

Odié que lo dijera.

Odié que, por un instante, me gustara que lo dijera.

Apreté los dientes y aceleré. El vestido roto se enredaba en mis piernas. Las ramas me arañaban los brazos. Cada paso era un castigo. Oía sus pasos detrás de mí... lentos. Tranquilos.

Como un lobo siguiendo un ciervo cojo.

«No va a atraparme», me dije.

Tropecé.

Una raíz salió de la nada y me lanzó al suelo con violencia. El golpe me arrancó un gemido humillante. El tobillo gritó como si se partiera en dos.El dolor explotó en mi tobillo. Mis manos se enterraron en el barro.

Ossian llegó a mí en un par de pasos.

Me levantó sin esfuerzo, cargándome como si fuera un saco de trigo.

—¡Suéltame! ¡No me toques! ¡Soy la princesa Junip...!

—Sí, sí, ya sé. La joya del reino —interrumpió, imitando mi tono—. Pero primero...

Y me lanzó al río.

—¡¡¡AAAAH!!! —mi alarido atravesó el bosque.

El agua helada me mordió la piel. Salí a la superficie escupiendo, pataleando, convertida en una fiera.

—¡¿Estás loco?! ¡VOY A MATARTE!

—A nadie le gusta una princesa llena de sangre y barro —respondió él desde la orilla, limpiándose las uñas con un cuchillo—. Ten un poco de dignidad.

Me acerqué a trompicones, empapada, tiritando, temblando de rabia.

Intenté golpearlo.

Resbalé.

Él me agarró por el brazo antes de caer de bruces.

Tenía una botella en la otra mano. El líquido olía... a veneno, probablemente.

—Si me vuelves a tocar, lo juro por mi corona...

—Demasiado tarde.

Me tomó del tobillo sin ninguna delicadeza. Vertió el líquido sobre la piel.

Grité.

Grité fuerte.

—¡ARDE COMO EL INFIERNO!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.