Realeza Eterna

Capítulo 58.

El bosque no tenía piedad.

Ni por princesas cojas ni por hombres malhumorados con nombre de cerveza amarga.

Y menos por mí.

Yo cojeo. Él camina. Y, de vez en cuando, me levanta como si fuera un saco de harina con corona.

Horrible. Indigno. Irrespetuoso. Inaceptable.

—¿Qué parte de "no me toques" no entiendes? —gruño, colgando sobre su hombro como un maldito trofeo de caza, mi cabello embarrado rozando su espalda.

—La parte en la que nos retrasas; caminas más lento que una anciana sin cadera —replicó Ossian, dándome un pequeño rebote para ajustarme—. Deja de arrastrar ese pie como un gato mojado y quizá te lleve con más elegancia.

—¡Esto es indigno! ¡Soy la princesa Juniper! ¡Heredera del reino! ¡Única hija del gran rey Kai!

—Y también pareces un algodón gigante, ¿te lo han dicho? ¿Cuántos nombres más me vas a tirar antes de admitir que pesas más de lo que aparentas?

—¡¿Qué dijiste?! —le di un puñetazo en la espalda, sin efecto alguno. Él solo se rió. Ese sonido grave y burlón que me revolvía el estómago.

Cuando me bajó, no fue con ternura. Lo hizo con la delicadeza de alguien tirando un saco al suelo, justo cuando empezaba a anochecer. Pero al siguiente paso en que me quejé, suspiró, murmuró algo que sonó como "niña mimada de porquería", y me recogió otra vez en brazos.

Esta vez, con delicadeza.

—¿Y por qué tú? —pregunté entre dientes.

—¿Por qué yo qué?

—¿Por qué me salvaste? ¿Te contrataron? ¿Eres un cazarrecompensas? ¿Un bandido redimido? ¿O solo un idiota con complejo de héroe?

—¿Has pensado en callarte cinco minutos? —preguntó como si realmente estudiara la posibilidad—. Pensé que te habías quedado sin aire de tanto hablar de tus vestidos.

—¡Eres insoportable!

—Y tú: insoportable, coja y muy difícil de ignorar. Felicidades, princesa. Tienes talento.

Me quedé mirándolo, ofendida.

Y él... sonrió.

Ese hombre tenía el descaro tatuado en la cara.

Y para que no quedáramos en un incómodo silencio, hablé.

Hablé para no pensar.

—Mi castillo tiene un salón tan grande que podrías meter todo este bosque dentro —dije, como si fuera importante—. El mármol te deja ciego si entra el sol. De niña odiaba cómo resonaban mis pasos; era como caminar dentro de una tumba.

Él no dijo nada.

Seguimos.

—Mi primer baile fue un desastre. Pisé al hijo del duque Roquilia, ese que tiene la cara torcida. Mi madre dijo que una princesa jamás debe pedir perdón. Así que no lo hice. Él lloró. Lo empujé.

—Qué dulce —comentó Ossian.

—No interrumpas.

Continué, sin frenos.

—A los seis años ya me tenían comprometida con el heredero de un reino que jamás he visto. Dicen que tiene tendencia a... —hice un gesto vago— a ciertas desviaciones. Me prepararon para ser su adorno, su moneda, su trofeo.

Callé.

Una hoja crujió bajo nuestros pies.

Ossian no respondió, pero su mirada —afilada, siempre alerta— se volvió hacia mí un instante. No de burla. Algo distinto.

—¿Qué? ¿Se te acabaron los sinónimos?

Sentí que mis ojos se empañaban, pero la lágrima no llegó a salir.

—Me acabo de dar cuenta de que mi vida será vacía apenas me case con alguien que ni me tolera.

—He oído que la mayoría de la realeza está llena de adulterio sin lealtad. Creo que nunca estarás sola. Siempre habrá un pobre idiota sordo dispuesto a ser tu amante.

—¡Qué soez eres! ¡VULGAR!

La noche cayó como una manta húmeda.

Las sombras parecían criaturas agazapadas entre los árboles. Mis dientes castañeteaban, aunque me negaría a admitirlo bajo tortura. Ossian montó un pequeño campamento junto a un tronco caído.

Yo intenté mantenerme digna.

Fallé.

El temblor en mis piernas era peor. El tobillo ardía. La cabeza me daba vueltas. Y el frío... el frío me mordía como un animal hambriento.

Me desplomé.

Ossian dejó de afilar una flecha y vino hacia mí.

—Fiebre —dijo, tocando mi frente con el dorso de la mano.

—No... n-no me... toques...

—Claro. Voy a dejar que te mueras solo para respetar tus reglas ridículas.

No podía sostener los párpados abiertos. Apenas podía distinguir su voz entre el viento y mis propios latidos.

Él volvió a cambiar mis vendajes. Me cubrió con su capa. Me empujó hacia el fuego. Murmuraba maldiciones como si fueran plegarias.

Y entonces... hablé.

No con mi voz de princesa.

Con otra.

—No quería... ser así —mi voz parecía venir de otro lugar—. Tú no sabes lo que es no poder ser niña... ellos esperaban una reina. Yo solo quería ser una niña.

Un silencio.

Un suspiro muy cerca.

—A mí nadie me dejó llorar —susurró—. Mi madre nunca me miró igual después de que lloré en público. Tenía cinco años... y me gritó frente a todo el consejo.

La fiebre apretaba mi pecho. Las palabras salían sin filtros, sin realeza.

Él me cubrió con más cuidado que antes.

No responde.

No ríe.

Solo está allí.

Despierto con la garganta reseca, la fiebre bajando y la cara húmeda. No sabía si por sudor o por lágrimas.

La capa aún me cubría.

Mi tobillo, vendado con más cuidado que antes.

Y él, al otro lado del fuego, con la espalda apoyada en un tronco, afilando una flecha.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Pero algo, en ese espacio entre las brasas y los silencios, había empezado a cambiar.

—Tu pie ya no parece una berenjena —dijo.

Le fruncí el ceño.

—Y tú sigues pareciendo un salvaje.




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