POV. OSSIAN
Juniper pesaba más de lo que aparentaba. Mucho más. No sabría decir si era por el maldito vestido de princesa, por las joyas que seguramente valían más que mi vida, o porque no dejaba de moverse incluso inconsciente.
La acomodé sobre mi hombro cuando se durmió de tanto discutir y, para ser justos, había discutido conmigo más que con cualquier enemigo real.
Avancé entre los árboles. El bosque respiraba humedad, hojas quemadas y el hierro reciente de la sangre. No era un sitio para princesas.
Ni para mí, con ella encima.
Suspiré.
—Eres un problema, ¿sabes? —murmuré, sin esperar respuesta.
Ella lanzó un gruñido dormido que sonó sospechosamente a insulto.
Claro. Incluso inconsciente me odiaba, seguía siendo insoportablemente ella.
Cuando al fin despertó, lo hizo como si el mundo le debiera explicaciones.
—Suéltame —exigió, la voz ronca por el sueño.
—Con gusto.
La dejé en el suelo. Ella se tambaleó, se sostuvo de un árbol y me miró como si hubiera pateado a su gato favorito.
—No vuelvas a tocarme —ordenó, sacudiéndose la tierra del vestido roto como si pudiera arreglarlo con indignación.
—Perfecto. Tampoco me moría de ganas —dije, dándole la espalda—. Vamos. Antes de que...
Mi nuca se erizó. Miré a todos lados para revisar el perímetro, aunque algo en mi instinto ya estaba gritando. El bosque tenía ese silencio que solo aparece cuando alguien —o algo— está demasiado cerca.
Y mi intuición no fallaba.
Los escuché antes de verlos.
Ramas que crujieron. Dos, tres pasos torpes. No animales. Hombres.
"Perfecto", pensé.
Nada más romántico que una emboscada cuando estás cuidando a una princesa.
—¿Antes de qué? ¿Qué...? —espetó—. ¿Por qué haces esa cara?
—Porque estamos a punto de morir —respondí secamente—. Mantente detrás de mí.
—¿Qué? ¡No! ¿Quién te crees que...?
Pero no terminó la frase.
Tres figuras emergieron de entre los árboles, armados con dagas y una expresión digna de idiotas que creían que podían ganar.
Juniper inhaló hondo, y por un instante pensé que se pondría a gritar.
Pero no.
Se empeñó en agarrar una enorme roca y, sin que ninguno pudiera reaccionar, le atinó en la cara a uno de los tipos.
¡Noqueándolo!
—¡¿Qué mierda haces?! —le solté.
—¡Defendernos!
—¡No así! —respondí—. ¡Y no contra siete!
—¡No son tantos!
Juniper se puso de pie como si su tobillo no fuera un desastre. Elevó el mentón, alzó la barbilla y, con una sonrisa venenosa, les dijo:
—¿Saben quién soy?
Los hombres dudaron. Ese segundo bastó.
Yo salté primero.
Golpe. Bloqueo. Rodillazo. Tierra.
Juniper chilló cuando uno intentó agarrarla del brazo, pero lo esquivó con una torpeza sorprendentemente efectiva. Era mala peleando, sí, pero era excelente siendo insoportable. Y eso descolocaba a cualquiera.
—¡Ossian! —me gritó—. ¡Dime que tienes un plan!
—Sí —respondí, empujando al último atacante contra un árbol—. Correr.
—Ese no es un plan, ¡es cobardía!
Yo podía con ellos.
Pero no con ella estorbando.
El primero vino hacia mí con una daga oxidada. Lo bloqueé, lo giré por la muñeca y lo estampé contra un tronco. Un segundo bandido me atacó por detrás; lo esquivé y le clavé el codo en la garganta.
Juniper, por su parte, se defendía como podía: empujaba, pateaba, gritaba. No era buena, pero tenía un talento enfermizo para sacarlos de quicio. Uno intentó tomarla del cabello; ella le rasguñó la cara como gata salvaje.
—¡Ossian! —me gritó—. ¡Me están tocando!
—¡Pues muerde! —respondí sin voltearme.
Otro vino hacia mí. Esta vez no esperé. Saqué la flecha que llevaba en el cinturón y se la incrusté en el cuello, rápida y limpia.
Juniper chilló indignada:
—¡Mi vestido!
El último bandido, al verse solo, quiso correr, pero lo derribé, le torcí el brazo y lo dejé inconsciente. Otro trató de huir, pero ya tenía mi arco en mano. La flecha atravesó el aire y se hundió en su hombro.
Un caballo relinchó al fondo. El del fugitivo.
Perfecto.
—¿Sabes montar? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.
Juniper parpadeó, ofendida.
—Por supuesto que sí. Soy una princesa.
—Ajá. Bien.
Fui a subir primero, pero ella se adelantó de forma ridículamente torpe y se montó sola, enroscando el vestido entre los estribos. Casi se cae. Yo puse una mano en su cintura para estabilizarla.
Se tensó como si la hubiese mordido.
Y sí... sentí cada curva de su cuerpo apretarse bajo mis dedos.
Demasiado blanda para un bosque.
Demasiado peligrosa para mí.
Corrí, tomé las riendas y di un tirón.
—¡Agárrate! —ordené.
—¿A qué?! ¡NO HAY NADA!
—A mí. Si te caes, no vuelvo por ti.
El caballo arrancó con fuerza. El viento nos golpeó, y Juniper se pegó a mí por puro instinto.
Su pecho contra mi espalda.
Sus brazos rodeándome.
Su respiración caliente en mi cuello.
Se aferraba a mí como si su vida dependiera de ello.
Y algo en mí...
se tensó peligrosamente.
Un gruñido se escapó de mi garganta. Una mezcla de adrenalina, deseo y rabia.
—¿Estás... bien? —pregunté, sintiéndola temblar.
—No me hables —susurró, pero sus dedos no me soltaban.
El galope se volvió rápido, brutal. Saltamos troncos, esquivamos ramas que nos rozaban la cara.
Y el mundo empezó a reducirse.
Solo el caballo.
El bosque.
Ella pegada a mí.
Juniper giró la cabeza ligeramente. Nuestros rostros quedaron... demasiado cerca. Sus labios, tan cerca que pude sentir su respiración caliente.
—Ossian... —susurró.
La miré.
Ella me miró.
Un segundo más y habría pasado.
Juniper tragó saliva, sus ojos bajaron a mi boca.
Y yo...
yo estaba perdido.
Mis dedos apretaron su muslo para mantenerla firme cuando el caballo saltó una raíz alta.
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Editado: 11.01.2026