POV JUNIPER.
—¡Qué exquisito color! —exclamé, levantando la baya entre mis dedos. Era redonda, brillante y tenía ese aspecto prohibido que en cualquier palacio costaría una fortuna.
La acerqué a mis labios.
Pero entonces una mano áspera me agarró la muñeca con fuerza.
—¡Escúpela! —bramó Ossian, arrebatándome la fruta como si quisiera arrancarme la mano entera.
La baya salió disparada, rodando entre las hojas hasta perderse en el barro.
—¿Eres estúpida o suicida? —gruñó, inclinándose tanto hacia mí que pude contarlas: siete pecas cruzándole la nariz. Siete. Y todas indecentemente cerca de mi boca.
—¡Quita tus manos sucias, salvaje! —espeté, indignada más por su cercanía que por su agresividad.
—Eso era belladona, princesa —me informó, fulminándome con la mirada—. Te habría hecho sangrar por los ojos antes de que pudieras llorar por ayuda.
Tragué saliva. No por miedo a morir, sino por el calor que su cercanía me provocaba. Estúpido y sucio, pero con un olor a leña y tierra que me mareaba.
Le sostuve la mirada, aunque me temblaba la rodilla. La sangre me había bajado de golpe. Belladona. Mi garganta sintió el sabor agrio de un fantasma que no alcancé a tragar.
—Pues qué tragedia habría sido —repliqué, levantando la barbilla—. ¿Quién te gritaría todo el camino y haría tu vida miserable?
—Sí, imagínate qué aburrido sería sin tus quejas —masculló—. Ya me acostumbré a tus reclamos sobre el barro y los árboles que no te saludan.
Lo empujé del hombro, pero él era como una pared hecha de terquedad y músculo. No se movió.
Seguimos andando.
Mi tobillo ya casi no dolía, pero aproveché cada piedra, cada raíz, cada maldito insecto, para protestar. No por debilidad: por deporte. Su cara de resignación era lo más divertido que había encontrado desde que mi vida se descarriló.
—Si finges una cojera más, te cargo —amenazó sin mirarme siquiera.
—No estoy fingiendo —mentí con descaro y añadí un quejido dramático.
—Ajá —respondió él, con ese tono que irritaba por lo perceptivo.
El bosque dio paso a una aldea tan miserable que pensé que mis ojos sangrarían antes de acostumbrarse: casas de madera chueca, barro hasta los tobillos, olor a humo mojado.
Ossian sonrió. Claro. Él pertenecía a este infierno. caballos por todas partes, borrachos tambaleándose, música desafinada saliendo de una taberna que parecía a punto de colapsar.
Mientras se abría paso entre la gente —hombres con aspecto de delincuentes, mujeres cargando cubos, caballos nerviosos—, mis ojos encontraron algo que sí valía la pena: una lavandera colgando un vestido azul profundo con bordados dorados. Elegante. Hermoso. Excesivamente bello para estar en este pantano.
Ella se agachó para recoger un balde.
Y el vestido pasó a ser mío con la facilidad de respirar.
—Eso no es muy refinado ni real de su parte, alteza —dijo Ossian, mientras yo me ajustaba el escote frente al reflejo de un barril.
El escote quedaba sorprendentemente generoso. Bien. Toda mujer merece al menos un lujo cuando el universo conspira para matarla.
—Calla. Parezco una princesa otra vez. O al menos una noble con gusto.
Él rodó los ojos y se perdió entre las mesas del bar.
Adentro, los hombres gritaban apuestas, discutían, se empujaban, celebraban. Una mujer escupía en los vasos antes de llenarlos. Dos tipos se peleaban por un pedazo de pan tan duro que podría usarse como arma. Una risa estalló por alguna parte. Luego un golpe. Luego una botella rompiéndose.
Ossian, por supuesto, se mezcló con ellos como si fuera su hábitat natural.
Yo me quedé en la esquina, observándolo.
—¿Sabes pelear, cazador? —lo provocó un hombre enorme, más torso que cerebro.
—¿Y tú sabes perder, campesino? —contestó Ossian, con una sonrisita peligrosa.
Apostaron. Rieron. Se dieron golpes amistosos que habrían matado a un noble. La ceja de Ossian terminó abierta, pero él reía, bebiendo con un grupo de completos desconocidos que ya lo trataban como si fuera su hermano perdido.
Yo... no pude evitar sonreír un poco.
Un poco.
Cuando se acercó a mi mesa tambaleando, con la risa fácil y la sangre seca en la ceja, dije lo primero que pensé:
—Tu cara está hinchada.
—Y la tuya muy bonita para ser tan estirada y reprimida —respondió sin perder el ritmo.
Mi mano golpeó la mesa con tanta fuerza que algunos hombres voltearon.
—¡No estoy reprimida!
Él bajó la mirada. Lenta, insolente, recorrida completa. Desde mi escote nuevo hasta mis zapatos embarrados.
—¿Eres virgen, princesa?
Mi boca se abrió.
No salió nada.
Cerré la boca.
Tampoco.
Y él sonrió. Sonrió como si hubiera ganado una guerra entera sin mover un dedo.
—Ahí lo tienes —se jactó, acabándose la cerveza de un trago.
Lo odié.
Lo odié tanto que sentí calor subiéndome al cuello, a las mejillas, a todo.
Pero sus ojos —oscuros, insolentes, brillantes— no se apartaban de mí.
Y por primera vez en todo el día, algo dentro de mí tembló de verdad. No por miedo. No por rabia.
Por peligro.
Y porque, pese a todo, pese a lo que él era y lo que yo era...
Una parte diminuta de mí quería que siguiera provocándome.
#5092 en Novela romántica
#1322 en Fantasía
realeza romance matrimonio arreglado, princesa tirano mentiras secretos, romance acción drama fantasia aventura
Editado: 11.01.2026