Realeza Eterna

Capítulo 61.

La noche cayó sobre nosotros como una sentencia, oscura y absoluta, solo rota por el destello ocasional de los relámpagos que desgarraban el cielo al oeste. El caballo, un semental negro que habíamos robado dos pueblos atrás, resoplaba nervioso, sacudiendo la crin empapada. Sus cascos patinaban en el barro, y tuve que aferrarme a la cintura de Ossian con fuerza renovada para no salir despedida.

—¡Allí! —gritó él sobre el rugido del viento, señalando una estructura esquelética que se alzaba en la colina.

Era un granero olvidado, con la madera gris por los años y el techo cediendo en una esquina, pero en ese momento me pareció un palacio. Entramos al galope, y el súbito silencio al cruzar el umbral fue ensordecedor. La lluvia, que hasta hacía un segundo nos azotaba la cara, ahora era solo un redoble furioso sobre las tejas de madera, como tambores de guerra anunciando un asedio.

Ossian desmontó de un salto y, sin decir palabra, me ofreció los brazos para bajar. Mis piernas temblaban al tocar el suelo; el frío se había colado hasta los huesos a través de la seda empapada de mi vestido.

—No te quedes ahí parada tiritando —gruñó, aunque no había verdadera malicia en su voz, solo el cansancio de tres días de huida—. Busca algo seco. Mantas, sacos, lo que sea. Yo me encargaré de la bestia.

Mientras él frotaba al caballo con un puñado de paja seca que encontró en un rincón, yo subí por una escalera de mano hacia el desván. El lugar olía a polvo antiguo, a heno dulce y a la humedad que se filtraba por las grietas. Me dejé caer sobre un montón de paja, sintiendo cómo los tallos secos me pinchaban la espalda a través de la tela mojada, pero no me importó. Por primera vez en horas, estábamos quietos.

Ossian subió poco después. Traía consigo el olor a cuero mojado, a caballo y a la lluvia fría. Se arrodilló cerca de mí y comenzó a apilar restos de madera y paja seca. Sus manos se movían con una destreza hipnótica; manos que sabían matar, pero que también sabían crear calor de la nada.

Observé su perfil a la luz de la chispa que intentaba provocar con el pedernal. Tenía el ceño fruncido, una línea de concentración absoluta.

—Tu ojo se está poniendo del color de una ciruela —dije, rompiendo el silencio.

Él se detuvo un instante, tocó la piel hinchada bajo su pómulo izquierdo y soltó un resoplido seco.

—Y tú, con ese vestido arrastrándose por el suelo y el barro hasta las rodillas... pareces una estafadora de alta sociedad intentando pasar desapercibida, mi lady.

La calidez del fuego nos golpeó a ambos. Nos acercamos instintivamente a la luz. Me abracé las rodillas, mirando las llamas. La risa breve de nuestro intercambio anterior murió despacio, devorada por la realidad de nuestra situación. Mañana llegaríamos a la frontera. Mañana, mi libertad terminaba.

—¿Qué harías si mañana muriera? —pregunté de repente. La pregunta flotó en el aire, pesada y oscura.

Ossian no me miró. Siguió alimentando el fuego, rompiendo una tablilla con un crujido seco.

—Celebrar —respondió sin dudar, con ese tono cínico que usaba como escudo—. Menos drama en mi día. Menos gritos, menos huidas a caballo y definitivamente menos vestidos de seda arruinados.

Solté una risa suave, amarga. Lo miré de lado. Bajo la luz anaranjada y trémula, su rostro parecía tallado en piedra, un mapa de cicatrices y grietas de guerras que no quería contar. Pero vi cómo se tensaba su mandíbula. Mentía. Y saber que mentía me dio un valor que no sabía que tenía.

—¿Y si te dijera que nunca he hecho nada que realmente haya querido? —susurré.

Él se detuvo. Dejó caer el último trozo de madera y, por fin, me miró. Sus ojos oscuros me recorrieron, no como al principio del viaje, con fastidio, sino con una intensidad que me hizo sentir desnuda a pesar de las capas de ropa.

—Eres una princesa, Juniper. Tienes el mundo en bandeja de plata.

—Tengo una jaula de oro —corregí—. Me dicen qué comer, qué vestir, a quién sonreír y con quién casarme. Incluso esta huida... no fue idea mía. Fue el caos del destino.

Me acerqué un poco más. El calor del fuego se mezclaba ahora con el calor que irradiaba su cuerpo. Primero me moví con descaro, desafiando el espacio entre nosotros. Luego con miedo, al notar cómo su respiración se alteraba. Finalmente, con decisión.

—Quédate —susurré.

Extendí la mano y le tomé la suya, grande y callosa, que descansaba sobre su rodilla. Me temblaban los dedos, pero no me aparté. Su piel era áspera, un contraste violento con la mía, y esa diferencia me fascinó.

Él no respondió. Lo miré a los ojos buscando un rechazo, pero solo encontré un abismo. Sus pupilas eran sombras dilatadas, tensas, luchando contra un instinto primario.

—Van a entregarme como si fuera una moneda de cambio para sellar un tratado —dije, y mi voz se quebró, dejando que el alma colgara de cada sílaba—. Mañana seré la esposa de un extraño. Quiero que, antes de eso, alguien me quiera... o por lo menos, finja hacerlo por esta noche. Quiero elegir. Por una vez, quiero ser yo quien elija.

Sus pupilas se dilataron. Su pecho subió y bajó con un ritmo irregular, como si hubiera empezado a correr sin moverse.

—¿Y me eliges a mí? —su voz sonó rota, incrédula, casi furiosa.

—Sí —susurré—. A ti. Porque me miras como si supieras exactamente lo que soy. Y aun así no te apartas.

Tomé su mano y la llevé a mi cintura. Él tragó saliva. Sus dedos temblaron. Solo un poco... pero temblaron.

—No sabes lo que me pides —gruñó, con la voz clavándose en mi piel como una caricia afilada.

—Lo sé muy bien.

Ossian tragó saliva. El movimiento de su garganta fue visible incluso en la penumbra. Se giró ligeramente, como si buscara una salida que no existía, una excusa táctica para no caer, pero lo detuve antes de que pudiera levantar sus muros.

Le tomé el rostro con ambas manos. Su barba de tres días me raspó las palmas, una sensación eléctrica. Su respiración se volvió pesada, errática. Sus ojos bajaron. No a mis labios, sino a mi cuello, a mi pulso acelerado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.