Realeza Eterna

Capítulo 62.

El alba llegó sin gloria.

Una línea gris, tenue, que apenas lograba abrirse paso entre las nubes bajas. No había color, ni canto de aves, ni ese brillo cálido que otras mañanas me había dado esperanza. Solo un gris cansado que se derramaba por los campos como si también estuviera agotado de huir.

El caballo avanzaba despacio, sacudiendo gotas secas de la lluvia de anoche. Olía a heno húmedo y a piel caliente. Yo iba montada detrás de Ossian, mi frente rozando la base de su cuello, mis brazos rodeando su torso. Quizás demasiado fuerte.

—Si apretas más, me vas a partir en dos —murmuró, sin volverse.

—No miento si digo que lo consideré —respondí, aunque no solté.

Sentí cuando exhaló una risa breve, sin humor. Una parte de mí quiso grabar ese sonido. Otra quiso llorar.

Durante un largo rato, solo se escuchó el roce de las riendas y el suave resoplido del caballo. Hasta que la mano de Ossian, sin intención consciente, buscó la mía. Sus dedos rozaron los míos apenas un segundo, como un accidente... o un permiso.

Ese mínimo gesto me perforó el pecho.

El camino se volvió pedregoso. Las ramas desnudas de los árboles parecían dedos extendidos hacia nosotros, como si quisieran retenernos. Un presagio. Un aviso. Una despedida.

Y entonces, lo vi.

El castillo.

No como un hogar, sino como una sentencia.
Una mole negra de piedra, clavada en la cima de la colina como un monstruo que esperaba mi llegada desde hacía siglos. Ventanas angostas como ojos vigilantes. Torres que se perdían en la bruma. Murallas que parecían fauces cerrándose.

Ossian aflojó las riendas. No dijo nada, pero su espalda se tensó bajo mis manos.

—Ahí lo tienes, princesa —murmuró. Esta vez, sin burla. Casi con... compasión.

Nos recibieron los guardias, acero en la mano y ojos sin alma. Nos rodearon como perros que olfateaban carne noble.

Ossian desmontó primero. Me ayudó a bajar sin mirarme. Aún podía sentir sus dedos en mi cintura. Pero no duraron. Me soltó como si al hacerlo pudiera arrancarme de su pecho.

—No te muevas —susurró Ossian, aunque sabía que yo no iba a hacerlo.

Desmontó primero. Cuando me ayudó a bajar, sus dedos se cerraron sobre mi cintura con una suavidad que no correspondía al momento. Por un instante, pensé que no iba a soltarme.

Pero lo hizo.

Como quien arranca un pedazo de sí mismo.

—La princesa está viva —anunció en voz firme.

Hubo murmullos. Un capitán se acercó, me tomó el rostro entre sus dedos fríos y callosos, inclinándolo hacia la luz. Como si examinara un objeto recién encontrado.

—El príncipe estará complacido.

Ossian recibió una bolsa de monedas. El tintineo metálico fue un golpe directo a mis entrañas. Quise gritar. Quise arrebatarla y tirarla al barro.

No tuve tiempo.

Porque entonces apareció él.

Mi prometido.

El príncipe caminaba como si la tierra misma le apartara el paso. Alto, impecable. Su rostro era tan perfecto que parecía una máscara. Cabello oscuro, piel pálida, ojos azules... vacíos. Ni afecto, ni ira, ni interés real. Solo un brillo calculador.

—Está menos sucia de lo que esperaba —dijo, mirándome como si fuera una adquisición valiosa.

Me tomó del brazo sin pedir permiso, sin suavidad. Su agarre fue firme, frío, casi humillante. No como el de Ossian, que la noche anterior me había sostenido como si temiera perderme.

Intenté no romperme.

Intenté.

Ossian no me miró. Yo tampoco lo busqué.

Si lo hacía, tal vez me arrojaría a sus brazos.

Tal vez él haría algo estúpido.

Tal vez yo también.

El príncipe habló, como si diera órdenes al viento.

—Cazador, has cumplido. Tendrás una habitación esta noche. Mañana al amanecer, quiero que desaparezcas. Sin ruido.

—Como usted diga —respondió Ossian, sin inclinar la cabeza. Un pequeño acto de rebelión.

El príncipe no lo notó. O no le importó.

Las horas siguientes se disolvieron entre sirvientas que me bañaban con agua demasiado fría, telas que me vestían como una muñeca, murmullos que me envolvían sin tocarme. Mi mente estaba lejos de ahí. Estaba aún en el granero. En su respiración contra mi cuello. En la forma en que sus manos temblaron cuando me tocó.

Cuando el castillo por fin quedó en silencio, el reloj marcó la hora de los muertos: ese momento en que solo caminan los valientes o los condenados.

Yo no sabía cuál era.

Salí sin zapatos para no hacer ruido, corriendo entre corredores interminables, guiándome por un presentimiento más que por un plan. Lo encontré en las caballerizas.

Ossian estaba de espaldas, ajustando la montura de su caballo bajo la luz tenue de una lámpara. Sus hombros se tensaron apenas cuando me escuchó.

—¿Te vas? —pregunté. Mi voz era un hilo delgado, invisible.

Asintió. Sin volverse.

—¿Vienes a despedirte? —Su tono era neutro, pero había una grieta en él.

Me acerqué. Paso a paso. Con manos temblorosas.

—Si te llamo —dije apenas audible—. Si grito tu nombre... cuando ya no pueda más... ¿vendrías?

Él se giró.

Su mirada...

Ni el fuego del mundo podía compararse.

—Juniper... —su voz era un susurro quebrado—. No hagas esto.

—Si logro liberarme del príncipe... si rompo este compromiso... ¿volverías por mí?

Su respiración se agitó. Bajó la mirada. Luego la subió. Y fue entonces cuando comprendí:

Quería decir que sí.

Quería mentir para aliviarme.

Quería decirlo todo.

Pero no podía.

En lugar de responder, sacó de su cinturón una pequeña daga. La empuñadura era oscura, elegante. La hoja, afilada como una promesa.

Me la entregó.

—No grites. No busques ayuda. Si te sientes en peligro... úsala —susurró—. Pero no me llames.

Mi garganta ardió.

—¿Por qué?

Ossian dio un paso hacia mí. Uno pequeño, pero suficiente para sentir su calor.

—Porque si vuelvo por ti... —tragó saliva— no creo que podré dejarte otra vez.




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