Los preparativos de la boda comenzaron antes de que el sol tocara los muros del castillo.
Desperté con el sonido de pasos apresurados, puertas cerrándose y órdenes gritadas que rebotaban en la piedra como cuchillos. El aire tenía un olor acre, mezcla de incienso y sangre seca.
La doncella asignada no me habló. Nadie lo hacía.
Era como si todas compartieran el mismo miedo.
Me bañaron en agua tibia que sabía a hierro. Una mezcla de hierbas desconocidas flotaba como pequeños cadáveres sobre la superficie. Cuando pregunté:
—¿Por qué huele así?
La doncella bajó la vista.
—El príncipe... dijo que la ayudará a fortalecerse, su alteza.
Fortalecerme. Prepararme. Ablandarme.
Dependía del tono.
El príncipe entró en mis aposentos sin tocar la puerta; nunca lo hacía. Su presencia llenó la habitación como una nube tóxica. El silencio se estiró entre nosotros como una cuerda lista para estrangular.
—Te estás demorando —dijo con voz suave, casi amable. Era ese tono que usan los depredadores cuando ya han capturado a su presa.
Me puse de pie. Mi vestido verde parecía devorarme entera.
Caminó en círculo a mi alrededor, examinándome como si inspeccionara el estado de un caballo antes de comprarlo.
—No estás tan mal —comentó, levantando mi barbilla con dos dedos fríos—. Para lo que eres.
—¿Y qué soy exactamente? —pregunté, sabiendo que no debía hacerlo.
Una sonrisa le curvó los labios. Una que no tenía nada de humana.
—Una incubadora muy cara —chasqueó los dedos—. Apúrate.
Rodé los ojos. Las sirvientas me arreglaron y decoraron lo más rápido que pudieron. Yo era... la muñeca de todo el continente.
El salón donde elegiría el vestido de novia era demasiado amplio, demasiado frío. El techo se perdía en la oscuridad y las ventanas estrechas dejaban entrar solo fragmentos de un sol débil.
El príncipe ya estaba allí.
De pie, con las manos cruzadas detrás de la espalda, observaba un maniquí cubierto por un vestido blanco de seda que parecía más una mortaja que una prenda nupcial.
—Llegas tarde —dijo, aunque era mentira. Había llegado exactamente cuando me habían traído—. Pero te verás hermosa para mí. Y eso es suficiente.
Clavé las manos en la falda para no temblar.
—¿Qué deseas de mí? —pregunté con voz neutra.
—Un vientre que funcione —respondió él sin pestañear—. Y silencio.
La frase cayó como un golpe. No tenía filo, porque no era un insulto: era un hecho, según él. Una verdad innegociable.
Luego añadió, casi con ternura:
—No necesito nada más.
Tragué saliva.
—¿Ese es mi futuro? ¿Tener tus hijos y callar?
—Oh, Juniper, no exageres —rió, sin humor—. No tendrás que hacer mucho esfuerzo. El cuerpo sabe lo que tiene que hacer. Tú solo... coopera.
Mientras las costureras ajustaban el vestido, él caminaba a mi alrededor como si yo fuera una estatua aún por pulir. Me levantó el mentón con dos dedos. No fue un toque fuerte, pero sí impersonal.
Estudiaba mis rasgos como si estuviera evaluando un caballo.
—Mi padre solía decir —comentó con calma, sin importarle quién escuchaba— que las mujeres nobles son como cajas fuertes: lo único que importa es lo que pueden dar. Y solo sirven si están cerradas hasta que alguien decide abrirlas.
Una costurera contuvo un sollozo. Él la ignoró.
—Sabes... esto me recuerda a una historia muy antigua —prosiguió—. Antes de la peste. Antes de que Thalvorn se convirtiera en la ruina que conoces.
No quería saber. Pero él siguió.
—Un rey, hace muchos años, descubrió que su esposa tenía un amante —dijo casi con tono de fuego de campamento, ligero, entretenido—. Un joven hechicero, según los rumores. Atractivo. Talentoso. Idiota...
Se detuvo detrás de mí. Sentí su respiración en la nuca.
—En lugar de castigar a la reina, el rey le dio un regalo.
—¿Un regalo? —No reconocí mi propia voz.
—Sí —susurró él, divertido—. Frente a ella, eliminó y mató a su amante. Para que supieran qué les pasaba a los que osaban burlarse de él.
Las costureras temblaban.
Tragué saliva.
—¿Qué ocurrió? —pregunté, incapaz de detenerme.
Él sonrió.
—Dicen que el hechicero, antes de morir, lanzó una maldición. Dijo que el reino caería, que sus tierras enfermarían, que la sangre real se pudriría por dentro.
Hizo una pausa, disfrutando del silencio tensado.
—Thalvorn nunca volvió a ser el mismo desde entonces. Pero te diré un secreto, Juniper: no creo en hechizos.
Al caer la noche, dos guardias me escoltaron a la habitación nupcial. La puerta era pesada, hecha de madera oscura con un relieve de serpientes entrelazadas.
El príncipe estaba sentado junto a la chimenea.
No vestía armadura ni túnica ceremonial. Solo una camisa negra, abierta en el cuello. La luz del fuego recortaba su figura, haciéndolo parecer más sombra que hombre.
No avancé.
—Cierra la puerta —ordenó él sin mirarme.
Lo hice.
—Ven.
Di tres pasos. Me detuve antes de llegar a él.
—¿Tienes miedo? —preguntó el príncipe.
—Depende —confesé.
—¿De mí?
Levanté la barbilla.
—No te conozco lo suficiente.
Él rió. No de forma cruel. Peor aún: con genuina diversión.
—Eso cambiará pronto.
El fuego crepitó, lanzando chispas. Él alzó una copa de vino, la giró entre los dedos.
—No voy a lastimarte esta noche, si eso es lo que temes —dijo, casi amable—. No todavía. No hasta que seas mía legalmente. Hay reglas incluso para mí.
Respiré hondo.
—¿Y qué esperas que haga?
Me observó con una calma que helaba.
—Quiero que te sientes ahí.
Señaló un banquillo frente a él. No un lugar para iguales: un lugar para obedecer.
Me senté.
Me miró como si calculara cuánto tardaría en romperme.
—Juniper —murmuró, acariciando el borde de la copa—. No me interesas como persona. No me interesa tu historia, ni tus deseos, ni tus secretos.
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Editado: 11.01.2026