Realeza Eterna

Capítulo 64.

La primavera floreció a la fuerza.

No olía a flores.

Olía a entierro.

Habían mandado cortar mil flores aunque el reino apenas despertaba del invierno. Los jardines seguían dormidos, tiesos aún por el hielo; pero los sirvientes arrancaron cada capullo que encontraban, saturando los templos con un aroma artificial, dulce y nauseabundo.

Era importante, dijeron, que mi boda fuera recordada.

Como si el amor pudiera nacer de pétalos robados.

Las campanas repicaban con un fervor exagerado, marcando un ritmo que parecía celebrar una victoria ajena... nunca mía. Caminé por el pasillo cubierto de pétalos blancos que parecían nieve muerta. Cada uno se rompía bajo mi peso como si gritara en silencio.

Vestía de blanco.

Un blanco que no significaba pureza, sino rendición.

Rendición de mi corona. De mi nombre. De mi libertad.

La tela del vestido era pesada y tiraba de mí como una cadena hundiéndome al fondo del mar. La corona de hierro frío en mi frente parecía diseñada para quebrar huesos. Los murmullos de los sirvientes se mezclaban con el incienso.

—Qué ángel tan hermoso —susurraban.

Yo no dije nada.

¿Qué hace un ángel cuando sabe que lo empujan al sacrificio?

Seguí avanzando. Mi sonrisa, perfecta y muerta, flotaba en mi rostro. No alcanzaba mis ojos. Nunca lo haría.

El príncipe me esperaba en el altar con una sonrisa de colmillos ocultos.

Cuando tomé su mano enguantada, su aliento me rozó la piel.

—Te ves... comestible, princesa —susurró con suavidad viscosa.

Su sonrisa se extendió como la grieta en una tumba.

Apreté su antebrazo, no por cariño, sino por rabia. Una rabia que ardía en mis costillas como un incendio hermoso. Pensé en el bosque. En la sangre que había visto. En las noches sin estrellas. Pensé en Ossian.

Y en la daga que reposaba, oculta y tibia, contra mi muslo.

La ceremonia fue breve. Fría.

Un espectáculo sin alma.

Nos unieron las manos como si fuéramos dos piezas de un pacto político. Él me besó con la soberbia de quien cree que ya ganó, y quise limpiarme la boca. Pero las princesas no tiemblan.

Mi cuerpo era suyo.

Mi nombre, también.

Mi voz... no por mucho tiempo.

Pronuncié el "sí" como quien lanza una moneda a un pozo y desea que nadie la encuentre jamás.

Los aplausos estallaron como latigazos. La multitud sonreía, embriagada por el espectáculo. Nadie vio mis dedos temblar. Nadie advirtió cómo escaneaba los rostros buscando uno en particular.

El único que podía salvarme.

El único que había dicho que no vendría.

Ossian no estaba.

Ni su sombra.

Solo quedaba el eco de su advertencia:

"No vendré."

El templo entero pareció vaciarse de color.

El banquete era grotescamente magnífico. Lámparas doradas, músicos que sonreían con dientes falsos, candelabros altos como lanzas. Las mesas estaban abarrotadas de carnes bañadas en especias, frutas que no eran de esta estación, vinos que brillaban como sangre fermentada.

Yo me movía como un fantasma obediente.

Sonreía cuando debía.

Reía cuando debía.

Asentía como una reina perfectamente domesticada.

El príncipe hablaba sin parar, encantado consigo mismo.

—Este matrimonio cambiará el rumbo del reino —decía con voz hinchada—. Seremos recordados como la dinastía que trajo prosperidad, fuerza... herederos.

—¿Herederos? —repetí, inclinando la cabeza con suavidad.

—Muchos —sonrió—. Y tú, mi reina, cumplirás con tu deber. Las reinas están para eso.

—Pensé que estaban para gobernar —susurré.

Él rió.

—No, mi dulce esposa. Eso está reservado para los hombres. Tú solo debes lucir hermosa y fértil.

Sus dedos rozaron mi abdomen como si ya fuera territorio reclamado.

Tuve que contener el impulso de usar la copa como arma.

En vez de eso, le devolví una sonrisa tranquila, casi dulce.

—Brindemos entonces. Por nuestro futuro.

—Por nuestro futuro —repitió él, encantado.

Le serví vino con una cortesía impecable. Lo observé beber. Confiado. Presuntuoso. Ajeno a todo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Al tercer sorbo sus labios se tornaron azulados.

Primero fue un parpadeo lento.

Luego una arcada.

Después un gorgoteo.

—¿Qué...? —alcanzó a decir antes de toser sangre sobre la mesa.

Los invitados se levantaron entre gritos.

Las copas se volcaron. Las sillas se arrastraron. Los músicos dejaron caer sus instrumentos.

—¡El rey!

—¡Llamen a los médicos!

—¡El rey está muriendo!

Él se levantó tambaleante, derribó fuentes y candelabros, cayó sobre la mesa con un golpe seco. Yo reaccioné al instante, en la exacta medida de una esposa desesperada.

—¡Mi amor! ¡No! ¡Ayúdenlo! ¡Por favor! —grité, dejando que mis lágrimas cayeran perfectas.

Me arrodillé a su lado, mi vestido blanco arrastrándose por la sangre. Una anciana rompió a llorar al verme.

El obispo balbuceó una bendición.

Los médicos llegaron tarde.

Su último aliento salió en un burbujeo espeso.

Murió con la mirada clavada en mí.

Quizás comprendió.

Quizás no.

Ya no importaba.

Yo ya no era suya.

Era una viuda.

La viuda perfecta.

La reina joven cuya tragedia teñiría las historias del reino.

La corte se congregó en el salón del trono poco después, buscando un sentido a lo que acababa de ocurrir, a la muerte súbita y brutal. Yo, aún con el vestido blanco manchado de rojo, me paré frente al trono vacío con la elegancia de una estatua rota, un fantasma de luto.

Todos me miraban.

Esperaban mi reacción.

Juzgaban mi compostura.

Temían mi próximo movimiento.

Respiré hondo, una respiración profunda que me llenó de la fortaleza de mil años de mi linaje, y hablé, dejando que mi voz temblara en los lugares correctos, que se quebrara justo en el límite de la desolación.




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