Realidad perdida

Capitulo 2: pesadilla echa realidad

Me levanté del piso con un dolor insoportable en la cabeza. Todo me daba vueltas. Caminé como pude hasta el colchón que usaba para dormir y, con manos temblorosas, encendí el teléfono.
Eran las ocho de la noche.
Había pasado casi todo el día tirado en el piso, inconsciente, sin darme cuenta.
Con el poco aire que me quedaba, llamé a mis jefes de los dos trabajos para explicar mi ausencia. No sabía ni qué decir. Por suerte me entendieron. Me dijeron que no me preocupara, que me tomara unos días, unas mini vacaciones para recuperarme. Les agradecí sin fuerzas y corté.
No lo dudé más. Tenía que ir al hospital.
Salir fue una pesadilla. Ya ni correr podía. Cada paso era una tortura. El dolor en la panza era tan fuerte que sentía que algo dentro mío se estaba rompiendo. Aun así, seguí. Con esfuerzo, llegué al hospital más cercano.
Saqué un número y me senté a esperar.
Fueron los diez peores minutos de mi vida. El cuerpo me ardía, estaba levantando fiebre y la vista se me nublaba. No daba más. Cuando por fin dijeron mi número, me levanté… y todo se apagó.
Oscuridad.
No veía nada. No sentía nada. Hasta que, a lo lejos, apareció una luz. Caminé hacia ella sin saber cómo ni por qué.
De pronto, comenzaron a aparecer recuerdos.
Mi infancia.
Desde los dos hasta los trece años.
Me vi siendo feliz. Con amigos. Con una familia estable. Con risas que ya no recordaba. En ese tiempo fui un chico normal. Un chico que no conocía el dolor, ni el miedo, ni la soledad. Era como ver la vida de otra persona… una vida que alguna vez fue mía.
Después, todo se desvaneció.
Abrí los ojos.
Tenía un suero conectado al brazo, la sangre bajando lentamente por el tubo. Miré a mi alrededor: paredes blancas, luces frías, sonidos de máquinas.
Estaba internado.
Miré a mi costado y vi una mesa con una carta para mí. La abrí. Contenía un texto corto y sencillo:
“Recupérate pronto.
Att: Lucía (la vecina).”
Me sorprendió que alguien viniera a visitarme. No lo voy a negar: me sentí bien. Un simple detalle me hizo sentir, por un momento, un poco feliz. Cerré la carta, la guardé y me quedé dormido.
Al día siguiente llegó el doctor que me estaba atendiendo. Me explicó que cuando me desmayé tenía una deficiencia de glóbulos rojos, pero que no me preocupara, ya que los análisis de sangre habían demostrado la causa y que en dos días podría irme. Dejó un frasco de pastillas sobre la mesa y se fue.
Después de tres días me dieron el alta. Sin un diagnóstico claro, pero con una receta para los medicamentos. Pero bueno, era un hospital público.
No podía pedir mucho.
Volví a mi casa después de una semana, feliz de estar mejor. Entré, me acosté y me quedé dormido.
Fue raro. Hacía mucho que no soñaba.
Soñé con el secuestro de mi hermano.
Aún lo recuerdo con claridad: él tenía once años y yo catorce. Estábamos en una plaza, tomando un jugo y hablando de nuestra vida en el colegio, de cómo nos relacionábamos con los demás. En un momento me contó que hacía poco había conocido a una chica muy alegre, que de la nada le había empezado a hablar.
—Fue raro —me dijo.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Por el padre… tiene una cara siniestra, ¿sabés, hermano?
—Bueno, no te preocupes, es tu imaginación. Seguro es una buena persona.
—Sí, tenés razón. Hoy me viene a buscar ella con el padre. ¿Le podrías avisar a mamá que vuelvo mañana?
—Sí, claro.
—Ahí viene. Nos vemos, hermano.
—Chau.
Y esa fue la última vez que lo vi.
Pasaron uno, dos, tres, cuatro, cinco días sin saber nada de él. Mi mamá me pegó un cachetazo. Mi padre se encerró en el baño a llorar mientras ella me gritaba.
El clima era horrible.
Eso no fue un sueño.
Fue una pesadilla grabada para siempre en la realidad.
No me pude dormir. El silencio no me dejaba. Aún escucho los llantos de mi papá, los gritos de mi mamá. Pero también recuerdo la cara del secuestrador de mi hermano, con una sonrisa espeluznante.
—Toc, toc.
—¿Quién es? —pregunté.
No respondió nadie, así que decidí levantarme para ver quién era. Abrí la puerta y había un sobre amarillo con un pendrive. Entré a mi casa y cerré la puerta.
Saqué una notebook que tenía guardada desde que iba a la secundaria. Conecté el pendrive. Ya se me hacía raro. Pero bueno, decidí abrir el contenido.
Había un video.
No lo podía creer




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.