Realidad perdida

Capitulo 4: la verdad

Sábado 3 de noviembre.
Me desperté muy cansado, como si no hubiera dormido nada, con todo el cuerpo dolorido. Los pájaros cantaban y el sol entraba por la ventana, molestándome la vista. Decidí levantarme. Eran las nueve de la mañana.
Fui al baño, me lavé los dientes y me preparé para bañarme. En ese momento me acordé de que tenía que mandarle un mensaje a mi mamá para avisarle que iba a ir a visitarla después de mucho tiempo. Así que prendí el teléfono, entré a la casilla de mensajes, busqué su número y le mandé el siguiente texto:
—Hola, ma. A las 15:30 voy para tu casa(9:00am)✓✓
—Te tengo que contar bastantes cosas que me estuvieron pasando… (9:01 a. m.) ✓✓
Cuando envié esos dos mensajes, me marcaba que estaba en línea y que ya los había visto. Me quedé pensando, ya que mi mamá tenía los peores horarios de sueño: se levantaba muy tarde, cerca de las dos de la tarde. No le di muchas vueltas, así que apagué el celular y me metí a bañar.
Cuando terminé, me sequé, me cambié y encendí mi notebook para ver a qué hora pasaba el colectivo para ir a la casa de mi mamá. Ella aún no respondía. Rarísimo, ya que seguía figurando en línea y como que había visto el mensaje. Eso empezó a molestarme, así que apagué el celular y seguí buscando los horarios.
Encontré uno que salía a las 13:00. Me venía bien, ya que estaba a una hora del barrio de mi mamá. Con todo listo, decidí esperar. Eran apenas las diez de la mañana, así que opté por desayunar.
Hacía mucho que no desayunaba, hacía como diez o quince años más o menos. Entre las facturas, las deudas y el trabajo, se me hacía imposible organizar los tiempos. Pero como era sábado, decidí prepararme algo. Algo sencillo. Tampoco tenía mucho.
Solo había una rebanada de pan. La corté en dos, la puse en la plancha, la tapé y, mientras se tostaba, preparé un café. Puse el agua a calentar y agregué tres cucharadas de café a la taza.
Cuando estuvo todo listo, lo serví en un plato y comencé a comer.
—Toc, toc.
—¿Quién es? —grité.
—Hola, soy Lucía.
Con un tono molesto y cansado respondí:
—Ahí te abro.
Abrí la puerta.
—¿Qué pasó?
—¿Me podrías ayudar a levantar un mueble que está abajo? Recién lo compré… por favor.
—Bueno, dale. Termino de desayunar y voy.
—Muchísimas gracias.
Cerré la puerta, terminé de desayunar rápido, dejé todo para lavar y bajé a ayudar a Lucía con el mueble. Debo admitir que era muy pesado, pero aunque soy demasiado delgado, soy fuerte, así que se me hizo sencillo cargarlo. El problema era que Lucía se tropezaba a cada rato, así que estuvimos casi media hora hasta poder subirlo a su departamento. Después de mucho esfuerzo entre los dos, finalmente lo logramos.
—Gracias por ayudarme, sos muy amable.
—No, no fue la gran cosa, ¿sabés?
—Ah, bueno… tomá, esto es para vos, por ayudarme.
Eran 15$ dólares. Aunque no era mucho, para mí era bastante. Con el desayuno que me había hecho ya se me había acabado toda la comida que tenía y sabía que tendría que pasar 3 días sin comer. Ahora solo sería un día. Eso me puso feliz.
—¡Muchísimas gracias! —respondí con una felicidad sincera.
—Guau… es la primera vez que te veo sonreír así. Se te cambió el rostro —dijo riéndose—. Siempre que te saludo me devolvés el saludo con un tono molesto y triste, pero esta vez fue diferente… y me gustó.
—En serio no lo noto —le dije—. Bueno, gracias de verdad. Nos vemos.
Subí a mi departamento y me quedé dormido.
Mi reloj me despertó a las 12hs. Ya tenía que irme. Me cambié y fui corriendo hacia la parada. Exhausto, llegué justo a tiempo. El colectivo se acercaba desde lejos. Subí, pagué el boleto, me senté en un asiento individual y viajé. El trayecto duró más o menos una hora.
Me bajé y caminé las dos cuadras que faltaban para llegar a la casa de mi mamá.
Cuando llegué, me encontré con una casa abandonada. El pasto estaba alto, como si nadie lo hubiera cortado en años. El árbol del patio estaba roto. La casa de mi infancia estaba destruida, llena de telarañas.
La miraba desde lejos. La reja me impedía entrar. La pintura era de un negro áspero, gastado. Todo era horrible.
No entendía nada. Así que le pregunté a un hombre que pasaba qué les paso a los dueños de esa casa.
—Disculpe, señor… ¿qué le pasó a la familia que vivía acá?
—Ah, sí… me acuerdo. En esa casa vivía una familia: un hombre policía, una mujer ama de casa y dos chicos, el mayor y el menor.
—¿Y qué pasó con ellos? —pregunté.
—La mujer se suicidó. El hijo menor fue secuestrado. El padre crió solo al hijo mayor. Creo que se llamaba Zack el niño.
No podía creer lo que estaba escuchando. Había descrito exactamente todo lo que yo había vivido,además me menciono.
—Gracias por contarme. Que tenga buen día.
—Igualmente, joven.
El sonido del viento se volvía violento. La lluvia caía lentamente. Yo miraba hacia la nada, sentado al costado de lo que alguna vez fue mi casa.
Entonces lo entendí.
Todos los recuerdos de mi mamá pegándome no eran reales. Cuando me distancié de ella, nunca existió tal distanciamiento. El duelo por la muerte de mi padre nunca existió. Todo eso lo había vivido solo yo.
Mi mente había creado esos escenarios.
Saqué el teléfono y entré a la casilla de mensajes.
"Mensaje leído".
"Mensaje leído".
El chat no era de mi mamá.
No era de nadie más.
El número era mío.
Me estaba mandando mensajes a mí mismo. Por eso siempre figuraba en línea. Por eso los mensajes aparecían leídos y nunca respondia.
Cuando la lluvia aflojó un poco, decidí volver a casa. Volvía con la verdad más dura: no me quedaba nada.
Entré a mi departamento, tiré las llaves, me senté en la silla y me tapé los ojos con las manos. Comencé a llorar. Lloré y lloré durante mucho tiempo.
Después de una hora, salí al balcón. Miré al frente y me dije:
—No me queda nada. Si me muero hoy, en 15 días o en 10 años, nadie va a llorar por mí. No vivo para nadie ni por nadie. Nadie me quiere. No tengo nada.
Solo quiero morir. No tiene sentido vivir. Me gustaría sentir el cálido abrazo de mis padres, escuchar el “te quiero” de mi hermanito. Me gustaría recuperar todo lo que tuve. Si me mataran y pudiera ir al cielo con ellos sería feliz, descansar para siempre… eso es lo único que pido. Solo quiero morir....
Me alejé del balcón, me acosté en el colchón y cerré los ojos. No podía dormir. Un nudo de angustia me apretaba la garganta, como si alguien me estuviera ahorcando.
Después de mucho intentar, finalmente me quedé dormido



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En el texto hay: drama, misterio accion, secuestro asesinatos

Editado: 20.01.2026

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