Rebirthia — Volumen 1: El Príncipe Sin Corona

Capítulo 1 — El Príncipe Sin Corona

Las paredes del palacio de Eldoria, capital del imperio de Eridoria, estaban talladas con figuras antiguas que nadie miraba ya del todo. Habían estado ahí desde antes de que existiera el imperio, desde antes de que los Habsburgo se coronaran a sí mismos como los dueños de estas tierras rojas y fértiles. Las imágenes estaban desgastadas por el tiempo, pero todavía se distinguían con claridad: mostraban a una figura de dos rostros, uno blanco como la nieve iluminada por el sol, otro negro como la noche sin estrellas. En su pecho, un símbolo que giraba sin detenerse, como un corazón que latía tallado en piedra viva.

Ese era Rebirthion, el Dios del Equilibrio.

Las nodrizas les contaban a los niños que él no había creado el mundo, sino que había nacido de la magia salvaje que corría por cada rincón de Rebirthia. De su mitad luminosa habían salido los Celestiales: seres de alas blancas y luz dorada que habitaban ciudades flotantes en lo más alto del cielo, observando todo desde su altura distante. De su mitad sombría habían nacido los Ancestrales: criaturas de cambio y sombra, de formas que fluían y se transformaban, que vivían en las profundidades de Nocturne, donde la luz del sol apenas llegaba.

Pero hacía mil años que Rebirthion se había retirado al corazón del mundo, se había convertido en un árbol gigante que sostenía los cielos y la tierra, y se había dormido. Desde entonces, luz y sombra habían olvidado que alguna vez fueron uno solo. Se habían dividido, se habían juzgado, y habían enseñado a las razas mortales a hacer lo mismo.

En Eridoria, la corte había decidido hacía mucho tiempo qué lado era el correcto.

—La pureza de la luz es lo que hace grande a este imperio —decían los nobles, alzando la cabeza con orgullo mientras recorrían los pasillos de mármol rojo—. Nosotros somos los herederos de la luz, los ordenados, los de sangre limpia. Los Ancestrales no son más que una mancha en la historia del mundo, algo que debe ser controlado o eliminado.

Por eso, cuando la Reina Eliana dio a luz a su segundo hijo, el silencio cayó sobre la cámara real como una losa fría y pesada. Las parteras se detuvieron en seco. Las luces de las antorchas parecieron debilitarse por un instante. El bebé lloraba fuerte, sano y vigoroso, con pulmones que prometían una vida larga. Pero su pelo no era del rojo brillante y puro que caracterizaba a los Habsburgo desde hacía generaciones. Tenía mechones negros, profundos y oscuros, que se mezclaban con el rojo como una tinta derramada sobre seda. Y sus ojos, al abrirse por un instante cansado, mostraron un iris rojo rodeado por un anillo negro, como si la sombra hubiera decidido marcarlo desde su primer aliento.

El Rey Aldric se quedó de pie junto a la cama, mirando al niño sin moverse. Su rostro, siempre serio y severo, se había vuelto de piedra gris. No había alegría en sus ojos, ni siquiera sorpresa. Solo frío rechazo.

—No es mío —dijo, y su voz sonó como un corte de espada a través del silencio de la habitación.

Eliana, pálida y temblando, se incorporó lo suficiente para abrazar a su hijo contra el pecho, protegiéndolo incluso de la mirada de su propio esposo. Sabía que no podía decir la verdad entera. No podía contar que, años antes de casarse con Aldric en aquel matrimonio arreglado por política cuando apenas tenía dieciséis años, se había perdido en el borde prohibido del Bosque del Corazón mientras buscaba rarezas botánicas. No podía decir que había encontrado allí a un hombre herido, de pelo negro como la medianoche y ojos de galaxia morada, que huía de Celestiales que lo perseguían por ser "impuro". No podía contar que lo había curado con hierbas y con su propia magia débil, que se habían refugiado en una cueva durante tres días mientras las estrellas giraban distintas en el cielo, que ese hombre se llamaba Nyxar y pertenecía al pueblo que Eridoria llamaba demonios sin conocerlos jamás. Y no podía decir que lo había amado antes de que cada uno debiera volver a su propio mundo.

—Es una maldición —mintió ella, con la voz rota por el miedo y la culpa—. Entré al bosque prohibido cuando era joven sin saber lo que hacía. Rebirthion... me castigó por mi imprudencia.

Aldric la miró con desdén, con esa mirada que pesaba más que cualquier golpe. Sabía que era mentira. Pero no podía matar al hijo de su reina sin causar un escándalo que sacudiría los cimientos del imperio. Y no podía matar a la mujer que, aunque no amaba, le había dado al heredero perfecto, aquel que encarnaba todo lo que él creía que debía ser un Habsburgo.

—Se llamará Aiden —sentenció el rey, dando media vuelta como si ya no quisiera ver ni un segundo más aquella escena—. Que nadie hable de esto fuera de estas paredes. Es el segundo príncipe. Nada más.

Y al salir de la habitación, dejando atrás el llanto del recién nacido y los sollozos de la madre, su mente ya empezaba a tramar planes silenciosos. Ese niño no llevaría el apellido Habsburgo con honor. No heredaría tierras ni títulos. Sería una sombra en su propio palacio. Un recordatorio constante de que la sangre que él consideraba perfecta podía mancharse. Y mientras tanto, se aseguraría de que viviera lo suficientemente lejos del trono para que nadie pensara jamás en reclamarlo.

Aiden creció entre paredes de piedra roja y miradas que se desviaban cuando pasaba.

Desde que tenía memoria, aprendió a leer en los ojos de los demás lo que no se atrevían a decir en voz alta. El manchado. El príncipe bastardo. La vergüenza de la corona. Los sirvientes le hablaban en susurros bajos, sin sostenerle la mirada, y le daban la comida más sencilla, la ropa más vieja que ya nadie usaba, la cama más alejada de las alas reales, en una habitación pequeña cerca de las cocinas donde el frío se colaba por las rendijas de las ventanas.

Los niños nobles que visitaban el palacio con sus padres pronto aprendieron lo que los adultos decían a medias voces. Se burlaban de él en los jardines, le tiraban piedras pequeñas cuando los guardias no miraban, le escondían sus juguetes, le gritaban que no pertenecía ahí, que su lugar estaba en las calles o fuera de los muros. Aiden aprendió rápido a no responder con furia, porque sabía que si lo hacía, la culpa sería siempre suya. Aprendió a no llorar delante de ellos, porque las lágrimas parecían confirmar todo lo que decían. Aprendió a caminar con la cabeza baja, a ocupar el menor espacio posible, a no pedir nada, a no hacer ruido.




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