Rebirthia — Volumen 1: El Príncipe Sin Corona

CAPÍTULO 2 — EL TIEMPO DE CRECER

El camino con Gojo no se pareció en nada a los días que Aiden pasó caminando solo.

No había hambre que doliera en el estómago, ni frío que se metiera en los huesos, ni miradas que se desviaban cuando pasaba. Gojo caminaba a su lado con paso relajado, como si no tuvieran prisa por llegar a ningún lado, y de vez en cuando le contaba historias extrañas sobre lugares que Aiden no podía ni imaginar: ciudades flotantes donde la luz nunca se apagaba, bosques donde los árboles hablaban, mares donde las olas cantaban canciones antiguas.

Aiden al principio apenas hablaba. Caminaba con la cabeza baja, las manos en los bolsillos de su capa vieja, esperando que en cualquier momento el hombre de pelo blanco y gafas oscuras se diera cuenta de que no valía la pena y lo dejara ahí. Pero Gojo nunca lo hacía.

—¿Te gusta comer pan con miel? —le preguntó un día, sentados junto a un fuego al atardecer.

Aiden asintió tímidamente. Gojo sacó un trozo de pan y un frasco pequeño de miel de su bolsa y se lo entregó.

—Bueno, porque en el lugar donde vamos hay una señora que prepara la mejor miel de toda la región. Vas a ver.

Aiden mordió el pan despacio. El sabor dulce le llenó la boca y algo cálido se le instaló en el pecho, algo que no sentía desde las últimas veces que su madre le había dado comida en secreto.

—¿Por qué lo haces? —preguntó en voz baja, sin mirarlo a los ojos.

—¿Hacer qué?

—Ayudarme. No me conoce. No sabe quién soy.

Gojo se reclinó contra un tronco, mirando las llamas bailar.

—Sé suficiente. Sé que te echaron de tu casa por ser diferente. Sé que llevas una energía dentro que te da miedo porque nadie te enseñó a controlarla. Sé que la gente te ha mirado como si fueras una mancha toda tu vida.

Aiden se puso rígido. ¿Cómo lo sabía?

—No te preocupes —continuó Gojo, sonriendo—. Yo también soy diferente. Y la gente también me miró mal por ello. La diferencia es que yo aprendí que lo que ellos llaman "mancha" a veces es lo que te hace más fuerte que todos ellos.

Aiden levantó la mirada. Por primera vez en su vida, alguien no hablaba de su sangre mezclada como algo vergonzoso.

—¿De verdad? —susurró.

—De verdad. Y te voy a enseñar a usarla. Para que algún día, cuando vuelvas a mirar a esos que te echaron, no tengas que bajar la cabeza. Tengan que bajarla ellos.

El viaje duró semanas. Atravesaron bosques, cruzaron ríos, subieron colinas hasta que llegaron a un valle escondido, protegido por montañas y árboles antiguos. Allí estaba la academia: no un palacio, no una fortaleza, sino un conjunto de edificios sencillos de piedra y madera, con patios amplios y zonas de entrenamiento al aire libre. Había pocos alumnos, quizás una docena, de distintas edades y orígenes, pero todos tenían algo en común en la mirada: la marca de quien alguna vez no encajó.

—Bienvenido a casa —dijo Gojo, dándole una palmada en el hombro.

Aiden miró a su alrededor. El aire olía a vino y a pan recién horneado. Nadie lo miraba con desprecio. Nadie susurraba a sus espaldas.

Por primera vez en diez años, sintió que podía respirar tranquilo.

En el palacio de Eridoria, nada había cambiado. Y todo había cambiado.

Kael caminaba por los pasillos de mármol rojo con la espalda recta, la mirada firme, como todos esperaban de él. Los nobles lo saludaban con respeto, los guardias se ponían firmes a su paso, los sirvientes bajaban la cabeza con reverencia. Era el príncipe perfecto, el heredero ideal, la promesa del futuro de los Habsburgo.

Y se sentía más solo que nunca.

—Kael —la voz de su madre lo alcanzó cuando se dirigía a los salones de entrenamiento.

Se detuvo y se volvió. Eliana estaba pálida, más delgada que antes, con ojeras marcadas bajo los ojos. Desde que Aiden se fue, apenas sonreía. Pasaba los días encerrada en sus aposentos o en la capilla, y solo salía para cumplir con sus deberes de reina.

—Madre —dijo Kael, inclinando la cabeza con respeto.

Ella se acercó y le acarició la mejilla con una mano temblorosa.

—Has crecido tanto. Ya casi eres un hombre.

—Tengo que estar listo para cuando sea rey —respondió él, aunque las palabras le supieran amargas.

—Tu padre te exige demasiado. No te escucha. Solo quiere que seas lo que él desea.

Kael apretó los dientes. Su padre, el Rey Aldric, lo había puesto bajo la tutela de los instructores más duros del imperio. Desde el amanecer hasta el anochecer: espada, estrategia, leyes, historia, etiqueta. No tenía un minuto libre. Cada error era castigado con una regañada fría, cada acierto recibía un asentimiento breve y una nueva exigencia.

—Lo hace por el imperio —dijo Kael, repitiendo lo que todos le decían.

—Lo hace por su obsesión —corrigió ella, con voz quebrada—. Por su miedo a que algo manche su "pureza". Y nos hizo pagar el precio a nosotros. A ti, que tienes que cargar con todo el peso del trono solo. A Aiden...

El nombre colgó en el aire como una herida abierta. Kael desvió la mirada. No había pronunciado ese nombre en voz alta en el palacio desde el día del exilio. Nadie se atrevía a hacerlo.

—Lo encontraré —dijo con firmeza, mirando de nuevo a su madre—. Lo prometo. Cuando sea rey, cambiaré las leyes. Buscaré por todo Rebirthia si hace falta. Y volverá aquí. Y nadie se atreverá a llamarlo mancha nunca más.

Eliana lo abrazó con fuerza, sollozando en silencio contra su hombro. Kael la sostuvo, cerrando los ojos, sintiendo cómo el nudo en su garganta le apretaba más cada día.

Más tarde, esa misma tarde, tuvo una audiencia con su padre en el salón del trono. Aldric lo miraba desde lo alto, con esa mirada fría y calculadora que Kael conocía tan bien.

—Tu progreso es aceptable —dijo el rey—. Pero aceptable no es suficiente. Un Habsburgo debe ser impecable. Mañana empezarás el entrenamiento con la espada pesada. Y no descansarás hasta dominarla.

—Sí, padre —respondió Kael, bajando la cabeza.




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