Rebirthia — Volumen 1: El Príncipe Sin Corona

Capítulo 3 — El Equilibrio y la Llama que Mueve Sombras

El bosque rodeaba el pueblo como un muro verde y silencioso, respirando con un ritmo propio que los habitantes de la aldea aprendieron a respetar y a temer desde que tenían uso de razón. Allí, donde los árboles eran tan antiguos que sus raíces parecían sostener el cielo mismo, existía un rincón pequeño, oculto a miradas curiosas, donde dos niños solían jugar sin que nadie les dijera quién debían ser.

Eran tiempos en que las etiquetas todavía no pesaban sobre sus hombros.

Sora y Kazuki tenían unos seis o siete años. El primero llevaba el pelo dividido entre blanco y negro, como si alguien hubiera tomado las dos mitades del mundo y las hubiera puesto sobre su cabeza. El segundo tenía el cabello completamente blanco, contrastando con unos ojos rojos que parecían guardar el calor de una llama que nunca se apagaba.

—Mira, Kazuki —dijo Sora, extendiendo ambas manos hacia adelante—. ¿Ves esto?

En su palma derecha nació una luz suave, cálida, que iluminó las hojas secas del suelo con un brillo dorado. En la izquierda, una sombra densa y oscura se formó con la misma facilidad, envolviendo su mano sin consumirla ni hacerle daño. Ambas fuerzas flotaban a la par, sin luchar, sin una intentando dominar a la otra. Eran simplemente… dos.

—¿Y eso qué tiene de especial? —preguntó Kazuki, con una sonrisa traviesa.

—Pues que las dos puedo usar a la vez. Dicen que en todo Rebirthia, la gente normal solo tiene un poder. Uno solo. O fuego, o agua, o luz… o sombra. Pero yo tengo las dos. ¿Significa que soy el doble de genial?

Kazuki soltó una carcajada.

—Significa que eres el doble de raro, más bien. Mira lo que hago yo.

Kazuki frotó sus palmas y una llama pequeña, brillante y danzante, apareció sobre sus dedos. No quemaba el aire con violencia; parecía más bien una pequeña estrella que había caído del cielo. Pero lo que llamaba la atención no era solo el fuego. Si uno miraba hacia el suelo, vería que la sombra de Kazuki, en lugar de quedarse quieta y pegada a sus pies como la de cualquier otra persona, se había alargado, deslizándose por la tierra como una serpiente oscura, subiendo por el tronco de un árbol cercano hasta alcanzar una rama donde descansaba una fruta roja y madura. La sombra tomó forma de dedos, la agarró con cuidado y la trajo de vuelta hasta la mano de Kazuki.

—¿Y eso? —preguntó Sora, con los ojos muy abiertos—. ¿Desde cuándo haces eso?

—Desde ayer. Intenté alcanzar la fruta saltando y me cansé, y pensé… ¿y si le pido a mi sombra que salte por mí? Y lo hizo.

—Eso es increíble, Kazuki.

—Sí, pero no se lo digas a nadie del pueblo. Si se enteran, van a decir que soy brujo o que tengo demonios dentro. Ya me miran raro cuando prendo fuego a las leñas sin usar yesca.

Sora se rió, dándole un empujón suave con el hombro.

—Eres un miedoso. Tu sombra no hace daño a nadie. Solo… es perezosa, como tú. ¿Ves? No quiere caminar, prefiere deslizarse.

—¡Oye! —Kazuki fingió indignación, aunque se le escapaba la risa—. Mi sombra es muy trabajadora, ¿sabes? Ayer me trajo tres nueces y una manzana. ¿Qué ha hecho tu luz por ti? ¿Iluminarme el camino? ¡Guau, qué útil!

—Pues mi sombra también puede traerte cosas, ¿sabes? —replicó Sora, cruzándose de brazos—. Pero no lo hago porque tengo educación. No como tú, que mandas a tu sombra a hacer el trabajo sucio mientras tú te quedas ahí parado comiendo fruta.

—Pues claro que sí, para eso tengo sombra —dijo Kazuki con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Para qué más la quieres? ¿Para que te acompañe? Ya te acompaño yo.

Se quedaron mirándose un segundo y luego estallaron en risas juntos, con esa risa limpia y sin peso que solo tienen los niños que todavía no saben lo que el mundo pensará de ellos. Comieron la fruta sentados sobre la hierba, compartiendo el momento sin saber que, muy cerca, alguien los había estado observando desde entre los arbustos.

Era una de las ancianas del pueblo, una mujer de rostro arrugado y mirada desconfiada que solía decir que todo lo que no entendía era obra de algo maligno. Al ver la sombra de Kazuki moverse por su cuenta y las dos luces distintas en las manos de Sora, hizo una señal contra el mal y se marchó apresurada, con paso rápido y murmurando oraciones que no llegaban a nadie.

A partir de ese día, las cosas cambiaron. No de golpe, pero sí de forma silenciosa y constante, como el agua que desgasta la piedra.

Años después, el pueblo seguía allí, igual de tranquilo por fuera, igual de dividido por dentro.

Caminar por sus calles era como caminar sobre una línea invisible que separaba dos mundos. A un lado, Sora era recibido con reverencia, con respeto casi sagrado. La gente le hacía reverencias, le pedía bendiciones, le ofrecía regalos y comida. Pero nunca le preguntaban cómo se sentía. Nunca le preguntaban qué quería hacer. Solo esperaban que fuera… perfecto. Un símbolo viviente, no un chico.

Al otro lado, Kazuki pasaba y la gente se apartaba. Las madres recogían a sus hijos y los llevaban dentro de las casas. Los hombres cruzaban la calle para no encontrarse con él. Si algo se rompía, si algo se quemaba, si algo salía mal… siempre era culpa suya. No importaba si él no había estado ahí. La sospecha caminaba siempre a su lado, más fiel que cualquier amigo.

—Oye, "bendecido" —la voz de Kazuki lo sacó de sus pensamientos—. ¿Estás esperando que el cielo te haga una entrevista o vamos a terminar de arreglar la cerca del granjero Tomás? Me dijo que si la dejamos bien nos da un pan de miel. Y yo no pienso comérmelo solo, aunque me lo merezca todo.

Sora suspiró, mirando a su hermano con una media sonrisa. Estaban en el borde del pueblo, reparando una cerca de madera que se había caído con la última tormenta. Era una de las pocas tareas que les permitían hacer juntos sin que nadie se quejara.

—Sabes, Kazuki, a veces me pregunto si nos trataran diferente si fuéramos normales —dijo Sora, martillando un clavo con cuidado—. Si yo solo tuviera luz, y tú solo fuego… ¿crees que nos verían como a los demás?




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