Rebirthia — Volumen 1: El Príncipe Sin Corona

Capítulo 4 — Tres Caminos, un Mismo Techo

El camino duró todo lo que quedaba de tarde y parte de la noche. Satoru Gojo caminaba delante con las manos metidas en los bolsillos, como si estuviera dando un paseo cualquiera, mientras que Sora y Kazuki iban detrás, mirando a cada lado con los ojos muy abiertos, como dos pájaros que por primera vez salían de su jaula sin que nadie los estuviera persiguiendo.

—Oye, Sora —susurró Kazuki cuando ya llevaban un buen rato en silencio—, ¿crees que de verdad vamos a volver?

—¿Al pueblo?

—Sí.

Sora miró hacia atrás una última vez, pero las luces de las casas ya se habían perdido entre los árboles y la oscuridad.

—No lo sé, hermano. Pero si volvemos, quiero que sea porque nosotros decidimos hacerlo, no porque no teníamos otro lugar a donde ir.

—Sabias palabras, "bendecido" —dijo Kazuki con una media sonrisa—. A ver, dime otro chiste de esos tuyos para que el camino se haga más corto.

—¿Sabes por qué los poderes de luz y sombra nunca pelean?

—¿Por qué?

—Porque aprendieron a compartir el mismo cielo.

Kazuki soltó una carcajada tan fuerte que Gojo, adelante, movió apenas la cabeza y sonrió por debajo del cuello de su chaqueta.

—Eso fue horrible, te lo advierto. Tendré que pensar en perdonarte durante todo el viaje.

—Pues tienes camino de sobra para pensarlo.

Y así, entre bromas y silencios, llegaron.

La academia no estaba escondida en una montaña inalcanzable ni flotaba en las nubes como algunos templos de leyenda. Estaba enclavada en un valle amplio y verde, rodeada de bosques bajos y colinas suaves, con un río que corría cristalino cerca de los edificios. No era ostentosa, pero se veía sólida. Paredes de piedra blanca y madera oscura, torres cuadradas sin adornos exagerados, grandes puertas de hierro que en ese momento estaban abiertas de par en par.

—Bienvenidos —dijo Gojo deteniéndose justo en el umbral—. Esto no es un palacio, ni un templo, ni una prisión. Es un lugar donde aprenden a ser quienes son. Aquí nadie les va a decir qué deben ser. Aquí solo les van a enseñar a controlar lo que ya tienen.

Cruzaron las puertas y el patio principal se abrió ante ellos. Y allí, de pie, entrenando solo con unos maniquíes de madera, estaba él.

Un chico de unos dieciséis años, con porte serio, postura erguida y esa mirada que parecía cargar con el peso de algo mucho más grande que él mismo. Llevaba ropas sencillas de entrenamiento, pero había algo en su forma de estar, en la forma en que mantenía la barbilla levantada, que delataba su origen.

Aiden se detuvo al verlos. No esperaba a nadie. Gojo no le había mandado ningún mensaje, ni le había dicho que vendrían nuevos alumnos ese día. Simplemente aparecieron.

—¿Gojo? —preguntó Aiden, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. No me dijiste que vendrías con compañía.

—Porque a veces las mejores sorpresas no se anuncian —respondió él con su tono tranquilo de siempre—. Aiden, te presento a Sora y a Kazuki. A partir de hoy entrenan contigo. No les hablé de ti antes, ni les dije quién eres. Prefiero que se conozcan ustedes mismos, sin que nadie les meta ideas en la cabeza.

Aiden dio un paso adelante, sin sonreír del todo, pero sin ser hostil tampoco.

—Hola —dijo simplemente, con voz firme pero suave a la vez—. Soy Aiden.

—¿Y tú eres el que va a entrenar con nosotros? —preguntó Kazuki sin rodeos, cruzándose de brazos—. ¿O ya eres algún tipo de maestro?

Sora le dio un codazo suave.

—Kazuki, por favor, saluda bien.

—No te preocupes —dijo Aiden, y por primera vez se le dibujó algo parecido a una sonrisa, leve pero sincera—. A mí también me suelen mirar con desconfianza al principio. Como si fuera algo que hay que vigilar.

Kazuki lo miró de arriba abajo, evaluándolo.

—¿Y por qué tendrían que vigilarte?

—Esa es una historia larga —respondió Aiden sin bajar la mirada, sin avergonzarse—. Pero aquí, al menos, intento ser solo Aiden. Nada más.

—Pues bien, "solo Aiden" —dijo Kazuki con ese tono que tenía entre desafiante y bromista—, espero que sepas cubrirte bien, porque cuando mi sombra se engancha en algo, no suelta fácil.

—Y espero que sepas recibir un golpe de frente sin quejarte —respondió Aiden, y ahora sí la sonrisa se le hizo un poco más amplia—, porque yo no tengo sombra que me sujete, pero tengo fuerza suficiente para mover montañas si me lo propongo.

Sora intervino antes de que la cosa subiera de tono.

—Disculpen los dos, ¿podemos ser amigos primero y rivales después? Yo voto por amigos primero. Soy Sora, por cierto. Y este terco que me acompaña es mi hermano, Kazuki.

—Amigos primero —dijo Aiden extendiendo la mano.

—Amigos primero —asintió Kazuki estrechándola con firmeza—. Pero en el entrenamiento no me voy a ir suave contigo.

—Ni yo contigo.

Gojo los observaba desde un lado, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que nunca llegaba a sus ojos ocultos tras las gafas oscuras.

—Muy bien. Aiden, enséñales las instalaciones y diles dónde van a dormir. Mañana, antes de que salga el sol, empieza lo serio. Y una cosa más: aquí no hay rangos nobiliarios, ni linajes especiales, ni etiquetas. El que trabaja, avanza. El que se queda quieto, se queda atrás. ¿Entendido?

—¡Sí! —respondieron los tres al unísono.

Los días siguientes pasaron como agua de río: rápidos, frescos y siempre en movimiento.

Las mañanas empezaban antes de que el sol tiñera de dorado las cimas de las colinas. Gojo los recibía en el patio principal con ejercicios que no siempre eran de combate: carreras por el bosque cargando piedras, meditación bajo las cascadas, control de la respiración hasta que podían mantenerla igual de profunda y tranquila aunque alguien estuviera gritando a su lado.

—El poder no es solo fuerza —les decía Gojo—. Es control. Es saber cuánto dar y cuánto guardar. El que lo gasta todo de golpe, se queda vacío antes de que termine la pelea.




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