El sol apenas empezaba a teñir de dorado las cimas de las colinas cuando salieron de la academia, camino hacia la ciudad donde se alzaba la sede principal del Gremio de Aventureros. El aire olía a pino y tierra húmeda, y el viento soplaba suave, como si el mundo mismo estuviera despertando despacio.
Aiden caminaba delante, con paso seguro, como alguien que ya ha recorrido ese camino varias veces. Sora y Kazuki iban detrás, con las manos en los bolsillos, mirando a los lados con esa mezcla de emoción y nervios que se siente cuando estás a punto de cruzar una puerta que ya no se puede volver a cerrar.
Kazuki se adelantó un paso para caminar a su altura.
—Nos debes la historia, ¿no? Dijiste que ya habías hecho una misión tú solo. Cuéntanos cómo te fue.
Aiden sonrió con esa media sonrisa suave que pocas veces le salía de verdad.
—Fue rango F, tranquilo. No esperen peleas épicas ni monstruos gigantes. Mi primera misión en solitario fue llevar cajas con suministros: medicinas, semillas, herramientas sencillas, desde la ciudad hasta la aldea de Arroyo Blanco. Parece mentira, pero hay lugares tan pequeños que a veces se quedan sin lo básico y nadie se acuerda de ellos.
Sora inclinó la cabeza.
—¿Y te fue bien? ¿Llegaste a tiempo?
—Llegué —asintió Aiden, aunque su tono se volvió un poco más serio—. Pero no como yo quería. Llovió mucho, el camino se embarró, las ruedas del carromato se atascaron en el barro… Perdí casi una hora intentando sacarlo yo solo hasta que pasó un campesino con su buey y me ayudó. Llegué cuando ya estaba oscureciendo. Los aldeanos me recibieron igual, me dieron las gracias, me dieron pan caliente y miel… pero yo me sentí mal. Porque pensé que era una misión fácil y la complicación me tomó por sorpresa.
Kazuki le dio un golpecito suave en el hombro.
—Pero entregaste todo. Eso es lo que importa, ¿no?
—Sí, lo entregué todo bien, nada se perdió ni se rompió. Pero aprendí algo importante: incluso lo que parece sencillo puede tener trucos. Y el verdadero trabajo de un aventurero no es solo pelear cuando las cosas se ponen feas, es cumplir tu palabra aunque nadie te esté mirando. Aunque llueva, aunque el camino se rompa, aunque tengas que pedir ayuda.
Sora asintió despacio.
—Eso suena mucho más difícil que pelear con espadas.
—Lo es —convino Aiden—. Y prepárense: cuando entren al gremio, empiezan todos en rango F. Cada misión bien hecha les da puntos, experiencia y confianza. Y la confianza es lo más difícil de ganar y lo más fácil de perder.
Caminaron el resto del trayecto hablando de cómo funcionaba el sistema de misiones y las reglas de seguridad que el gremio imponía para proteger tanto a los aventureros como a la gente que vivía cerca de las zonas peligrosas. Cuando finalmente las murallas de la ciudad aparecieron frente a ellos, el sol ya estaba más alto y las calles empezaban a llenarse de gente.
El edificio del gremio no era el palacio más grande ni el más lujoso de la ciudad, pero imponía respeto: piedra gris sólida, grandes puertas de madera con el emblema grabado —un escudo cruzado por una espada y una rama— y gente entrando y saliendo constantemente, con ropas de viaje, armas al cinto, mochilas pesadas y miradas que ya habían visto mundo.
Aiden se detuvo justo antes de cruzar el umbral y miró a los hermanos.
—¿Listos?
—Más listos que nunca —Kazuki enderezó la espalda, aunque se le notaba un poco tenso en la postura.
Sora sonrió y le puso una mano en el hombro.
—Vamos a hacer esto bien, hermano. Paso a paso.
Estaban a punto de entrar cuando la puerta se abrió desde dentro con un empujón apresurado y alguien salió de golpe, chocando suavemente contra Kazuki.
—¡Ay, perdón! —exclamó una voz femenina, dulce y rápida a la vez—. No miré por dónde iba, lo siento mucho.
Kazuki dio un paso atrás, recuperando el equilibrio, y bajó la mirada. Frente a él, recogiendo unos pergaminos que se le habían caído al suelo, había una chica de su edad, tal vez un año mayor. Tenía el cabello largo y suelto, de un tono que parecía mezclar el castaño con destellos dorados cuando le daba la luz del sol, y unos ojos grandes y claros que brillaban con una intensidad cálida. Vestía ropa de viaje práctica, pero sencilla, y no llevaba armas visibles.
—No te preocupes —le dijo Kazuki, agachándose para ayudarle a recoger los papeles—. No me hiciste daño. Yo tampoco estaba prestando atención.
—Gracias —se levantó ella, guardando los últimos pergaminos en una bolsa de tela que llevaba al hombro, y sonrió—. Soy Estelaria. Vengo de bastante lejos.
—Kazuki. Y este es mi hermano, Sora. Y él es Aiden.
—Mucho gusto —los saludó con un gesto amable—. ¿Vienen a inscribirse también?
Sora arqueó una ceja con curiosidad.
—¿También? ¿Tú también vas a entrar?
—Sí. Quiero empezar como aventurera. No conozco bien la zona todavía, pero aprendo rápido. Y necesito recorrer este territorio.
—¿Y por qué saliste corriendo? —preguntó Aiden con naturalidad.
Estelaria se tocó la nuca, un poco apenada.
—Me di cuenta de que me faltaban unos documentos que necesitaban. Fui corriendo a buscar… y casi me olvido de lo que iba a hacer al chocar contigo —le dijo a Kazuki con una sonrisa traviesa—. Pero ya los tengo, así que ahora sí, voy a entrar de verdad.
—Pues entremos juntos —propuso Sora—. Cuatro personas llenando papeles a la vez puede que sea más rápido que uno solo. O más lento, quién sabe.
—Ese fue un chiste, ¿verdad? —los ojos de Estelaria se iluminaron con diversión.
—Pasable, ¿no crees?
—Seis sobre diez. Tienes potencial.
Kazuki soltó una risa.
—Cuidado, que a él le encanta que le rían los chistes. Ahora no va a parar.
—No me importa —abrió de nuevo la puerta ella—. Me gustan las personas que saben reírse. Vamos.
Dentro, el salón principal era amplio y ruidoso. Había mostradores de madera, mesas llenas de mapas y papeles, un gran tablero de madera lleno de notas clavadas con alfileres de distintos colores, y gente conversando en grupos, leyendo, entregando informes o esperando su turno. El olor a cera, tinta y café caliente lo llenaba todo.