Rebirthia — Volumen 1: El Príncipe Sin Corona

CAPÍTULO 6 — EL ASCENSO Y LA PUERTA QUE SE ABRE

El sol de la mañana entraba por las ventanas de la posada con esa luz dorada y suave que solo tienen los días en que algo importante va a pasar. Aiden despertó antes que los demás, como siempre, y se sentó en el borde de la cama mirando su espada oxidada apoyada contra la pared. Hacía años que la llevaba consigo, y aunque ya no era la única arma que tenía, nunca se desprendía de ella. Era su recordatorio: de dónde venía, de lo que había perdido, y de lo que no quería volver a ser.

Se lavó la cara, se puso su armadura ligera y bajó al comedor. Sora ya estaba ahí, sentado en una mesa larga con una taza de humeante té de hierbas que Estelaria le había preparado. Kazuki estaba de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados, mirando la calle como si en cualquier momento fuera a aparecer un enemigo. Estelaria repartía pan caliente y mermelada de frutos rojos con una naturalidad que hacía que la posada se sintiera casi como un verdadero hogar.

—Buenos días —saludó Aiden, tomando asiento—. ¿Listos para hoy?

—Más que listos —dijo Sora con una sonrisa—. Tres misiones completadas. Hoy subimos de rango.

—No se confíen —murmuró Kazuki sin apartar la mirada de la ventana—. La evaluación no es un trámite. Nos van a poner a prueba de verdad.

—Kazuki tiene razón —dijo Aiden—. Pero también es verdad que hemos trabajado para esto. La primera fue la recolección de hierbas: ahí fue cuando nosotros tres ya nos conocíamos, y fue cuando conocimos a Estelaria. Luego la patrulla de caminos, donde recorrimos toda la ruta comercial retirando árboles caídos y ahuyentando animales. Y después el refuerzo de defensas en el pueblo de Piedralta. Tres misiones. Tres veces que salimos y volvimos enteros. Eso cuenta.

—Y aprendimos cosas en cada una —dijo Estelaria con su voz suave—. En la patrulla reconocí plantas venenosas que crecían cerca del camino y pudimos retirarlas antes de que lastimaran a alguien. En el pueblo fortalecí las cercas con raíces para que aguantaran mejor las tormentas. No soy fuerte como ustedes, pero… soy útil.

—Eres más que útil —dijo Sora—. Sin ti, en la patrulla nos habríamos perdido tres veces. Y en Piedralta los aldeanos te adoraban.

Estelaria bajó la mirada, con una sonrisa tímida. Aiden la miró y pensó, como hacía a menudo, en lo mucho que había cambiado desde aquel día en que se habían tropezado al salir del gremio. Él, Sora y Kazuki ya se conocían, pero aquel día fue cuando la conocieron a ella. Llegó sola, desconfiada, con los ojos llenos de secretos que no quería contar. Ahora reía, hablaba, se preocupaba por ellos. Todavía guardaba cosas para sí, pero ya no era una extraña. Era parte del grupo.

Terminaron de desayunar y caminaron juntos hacia el Gremio de Aventureros. Las calles de Oakhaven estaban llenas de vida: mercaderes pregonando sus productos, carretas con mercancía, grupos de aventureros con armaduras gastadas entrando y saliendo del edificio principal. Al ver pasar al grupo, algunos los miraron con curiosidad. Cuatro jóvenes que caminaban juntos, con paso firme y propósito claro, ya no eran invisibles.

La recepcionista los reconoció en cuanto entraron y les hizo una seña para acercarse.

—Veo que volvieron —dijo, revisando sus registros de cuero—. Tengo aquí las tres misiones: recolección de hierbas, patrulla de caminos y refuerzo de defensas en Piedralta. Todo en orden, sin incidentes graves. Bien hecho.

—¿Entonces podemos presentarnos a la evaluación? —preguntó Aiden.

—Pueden. Pero antes de que vayan, déjenme explicarles algo, porque al subir de rango el mundo cambia. —Se apoyó en el mostrador y habló con seriedad—. Hasta ahora han hecho misiones de rango F: cosas seguras, dentro de zonas habitadas, sin riesgos reales. Al subir a rango E, se les abren dos tipos de trabajo nuevos: mazmorras y portales.

—¿Mazmorras y portales? —preguntó Sora, inclinándose hacia adelante.

—Las mazmorras son lugares estables. Ruinas antiguas, minas, templos olvidados donde la magia se acumuló y dio vida a criaturas y trampas. Siempre están en el mismo sitio, se pueden estudiar, prepararse. Tienen niveles, y si derrotas al guardián principal, se limpian y se reinician tras unos días. Son predecibles. —Hizo una pausa—. Los portales son otra cosa. Son grietas en la realidad, puertas que se abren solas en cualquier lugar: un bosque, una montaña, incluso cerca de una aldea. No sabes qué hay del otro lado. Puede ser un lugar vacío, puede ser una guarida de monstruos, puede ser algo mucho peor. Se clasifican por rango igual que nosotros: E, D, C, B, A, S. Si derrotas al guardián del otro lado, el portal se cierra. Si no, sigue abierto, crece, y salen cosas cada vez más fuertes.

—¿Y los aventureros entran a los portales? —preguntó Kazuki.

—Los de rango suficiente. Un portal de rango E ya es peligroso para novatos, pero manejable con equipo. El gremio los monitorea constantemente. —La recepcionista los miró a los cuatro—. Su primera misión de rango E, si aprueban la evaluación, será de monitoreo. No van a entrar. Van a ir con un equipo de tres aventureros de rango D a un portal que apareció cerca de la frontera de Eridoria. Su trabajo será observar, medir la energía, reportar. Nada más. ¿Entendido?

—Entendido —dijeron los cuatro.

La recepcionista asintió y les entregó cuatro placas de madera.

—Vayan al patio de entrenamiento trasero. Allí los espera el maestro Kaelen. Buena suerte.

Cruzaron el pasillo de piedra y salieron al patio amplio rodeado de muros altos. En el centro estaba Kaelen: un hombre de hombros anchos, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y una mirada que parecía verlo todo. Llevaba armadura ligera de cuero y una espada recta envainada. No era grande, pero su sola presencia llenaba el patio.

—Así que ustedes son los que quieren subir a rango E —dijo con voz grave—. No les voy a dar discursos. El rango no es un regalo. Es una responsabilidad. Si suben, el mundo confía en ustedes para trabajos que pueden costar vidas. Hoy voy a ver si se lo merecen. Primero, uno por uno. Van a pelear conmigo. No tengo intención de lastimarlos, pero sí voy a presionarlos de verdad. Quiero ver cómo pelean solos, sin que nadie los cubra. ¿Quién empieza?




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