Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El Alfa eligió

No lloré cuando suspendieron mi boda. Lloré cuando guardé el vestido. Existe una diferencia. Una suspensión era una decisión administrativa, el vestido era un sueño. Lo metí cuidadosamente dentro de su funda, después cerré el armario. Me senté en el suelo y lloré durante una hora. Sin elegancia, sin dignidad, con mocos.

Porque nadie te explica que el corazón roto no es cinematográfico, no te ves hermosa. No cae una lágrima perfecta por tu mejilla, tienes la nariz roja, te duele la cabeza y en algún momento te preguntas si puedes pedir pizza mientras atraviesas una crisis existencial. La respuesta es sí. Siempre se puede pedir pizza.

Mi teléfono vibró. Arthur. Lo dejé sonar, volvió a llamar, otra vez. A la cuarta llamada respondí.

—¿Qué?

—Necesitamos hablar.

—Has tenido aproximadamente siete años para practicar. Te escucho.

—Personalmente.

—No.

Silencio.

—Anabella.

—Estoy cansada de que utilices mi nombre como si fuera una orden.

—Mañana. Diez de la mañana. Salón del Consejo.

Mi estómago se contrajo.

—¿Por qué?

Arthur respiró.

—Habrá una reunión.

—Eso no responde.

—Asiste.

Cortó. Miré el teléfono.

—Encantador. —Liora no respondió. —¿Liora?

Silencio. Me puse de pie.

—Vamos. No puedes abandonarme tú también.

Nada. Sentí miedo. Mi loba nunca había permanecido tanto tiempo en silencio.

*****

A las diez de la mañana entré al Salón del Consejo. Arthur estaba en el centro, Tatiana a su derecha, Jack a su izquierda y los ancianos alrededor.

Mi tía Elena estaba en una esquina. Cuando me vio, su rostro palideció. Lo supe. Antes de que Arthur hablara. Lo supe.

—¿Qué ocurre?

Arthur dio un paso adelante, parecía no haber dormido. Por primera vez en años no era perfecto, eso debería haberme dado satisfacción, no me dio ninguna.

—Anabella.

—Arthur.

—La manada está atravesando un periodo de transición.

Lo miré.

—No necesito un discurso político.

Su mandíbula se tensó.

—Déjame terminar.

—No.

Varios miembros del Consejo murmuraron. No me importó.

—Dime por qué estoy aquí.

Arthur cerró los ojos. Después los abrió.

—He decidido que la ceremonia no continuará.

Mi corazón se detuvo. Liora.Nada.

—Entiendo.

Arthur pareció sorprendido.

—Bella…

—¿Terminamos?

—No. —Por supuesto. Porque aparentemente todavía quedaba algo de mí que destruir. —El Consejo necesita estabilidad.

—¿Y?

—Una Luna preparada para las amenazas que enfrentaremos.

Miré a Tatiana. Ella mantenía la cabeza baja. La víctima perfecta.

—Entiendo.

—No creo que lo hagas.

Me reí. Suavemente.

—Créeme, Arthur. Creo que finalmente estoy entendiendo muchas cosas.

Su lobo empujó contra el vínculo. Dolor, conflicto.

—Tatiana será nombrada candidata a Luna.

Mi tía soltó una exclamación. Jack cerró los ojos. Y yo… Yo no sentí nada, durante un segundo. Dos. Después llegó el dolor, no como una herida, como una explosión. Liora despertó con un aullido tan fuerte que mis rodillas cedieron. Me sujeté de una silla. Arthur avanzó.

—¡Anabella!

Levanté una mano.

—No. —Se detuvo. Respiré. Una vez.Dos. —¿Cuánto tiempo?

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

Tatiana levantó la cabeza, Arthur palideció. Ah. Entonces había acertado.

—No estamos…

—No me mientas.

—No somos amantes.

—No pregunté eso. —Silencio. —¿Cuánto tiempo llevas amándola?

Arthur cerró los ojos, mi corazón terminó de romperse.

—No lo sé.

La honestidad fue peor que cualquier mentira.

—Bien. —Me incorporé. —Bien.

—Bella…

—No me llames así. —Arthur abrió los ojos. Liora arañaba dentro de mí. Mate. Mate. Mate. —¿Por qué? —Mi voz salió rota. —¿Por qué esperaste?

—Intenté que funcionara.




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