Mi nueva vida comenzó con un baño inundado. No era exactamente la señal de renacimiento glorioso que había imaginado, pero era coherente conmigo.
—No, no, no, no.
El agua avanzaba por el piso de mi pequeño departamento. Yo sostenía una toalla. Una sola. Una toalla pequeña. Una decisión estratégica brillante.
—¿Qué clase de persona tiene una sola toalla?
Yo. La respuesta era yo. Después de abandonar la manada había alquilado un departamento amueblado en Silvercrest.
El anuncio decía:
Acogedor. Moderno. Ideal para profesionales.
“Acogedor” significaba que podía abrir la heladera mientras estaba sentada en el sofá.
“Moderno” significaba que habían pintado una pared de gris.
“Ideal para profesionales” significaba caro.
Pero era mío. Temporalmente. Y nadie allí conocía a Arthur Blackwood, nadie sabía que había sido rechazada, nadie esperaba que fuera Luna. Para mis vecinos humanos yo era simplemente Anabella Salvatore, veintiséis años, Licenciada en Relaciones Internacionales, traductora especializada en contratos. Y, aparentemente, enemiga natural de las tuberías.
Golpearon la puerta.
—¡Un segundo!
Miré mi ropa. Pijama, cabello mojado, un calcetín, solo uno, el otro había desaparecido durante la emergencia. Perfecto.
Abrí. Una mujer pelirroja me observó. Yo la observé. Ella miró el agua detrás de mí.
—¿Estás intentando convertir el piso en una piscina?
—Es un concepto abierto.
La desconocida sonrió.
—Soy Lucía. Departamento 4B.
—Anabella. Acuario 4A.
Lucía comenzó a reír. Cinco minutos después estaba dentro de mi baño cerrando una válvula que yo no había encontrado.
—¿Cómo hiciste eso?
—Mi padre es plomero.
—Te amo.
—Nos conocemos hace seis minutos.
—Soy emocionalmente vulnerable.
Lucía volvió a reír. Y algo ocurrió. Algo pequeño. Pero importante.
Yo también reí, de verdad, por primera vez desde el rechazo.
*****
Encontrar trabajo fue más difícil, tenía estudios, experiencia, cinco idiomas, referencias profesionales. Pero también había pasado los últimos años trabajando principalmente para la manada y no podía colocar en mi currículum:
Responsabilidades anteriores: evitar conflictos diplomáticos entre hombres capaces de convertirse en lobos gigantes.
Así que adapté algunas cosas.
“Organización territorial privada.”
“Negociaciones internacionales.”
“Gestión de convenios comerciales.”
Técnicamente era verdad.
Después de diecisiete solicitudes, nueve rechazos y una entrevista en la que un hombre preguntó si pensaba tener hijos pronto —lo cual provocó que tuviera que recordar activamente que morder humanos estaba mal visto— recibí una llamada.
Virelli Global Language & Contracts. La empresa más importante de traducción jurídica y contractual de Silvercrest. Leí el correo tres veces, después llamé a Lucía.
—Tengo una entrevista.
—¡¿Dónde?!
—Virelli.
Silencio.
—¿La Virelli?
—No conozco otra.
—Anabella, trabajan con multinacionales.
—Lo sé.
—Gobiernos.
—Lo sé.
—Fondos de inversión.
—Lucía.
—Te vas a desmayar.
—Probablemente.
—No lo hagas en la entrevista.
—Excelente consejo.
*****
Eduardo Virelli tenía sesenta y ocho años. Cabello completamente blanco, traje azul oscuro, ojos inteligentes y una forma de mirar que hacía imposible mentir.
Leyó mi currículum durante casi un minuto. Yo estaba convencida de que podía escuchar los latidos de mi corazón.
—Habla francés.
—Sí.
—Italiano.
—Sí.
—Español.
—Sí.
—Portugués.
—Sí.
—Alemán.
—Intermedio alto.
—¿Mandarín?
—Estoy aprendiendo.
Levantó la vista.
—¿Por qué?
Parpadeé.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué está aprendiendo mandarín?