Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El hombre que decidió preocuparse como un padre

La carta permaneció cerrada dentro de mi cajón durante toda la mañana.

Yo intenté trabajar. No funcionó. Cada vez que miraba la pantalla, una parte de mi atención regresaba al sobre. No por romanticismo. Ni siquiera por miedo a Arthur. Era la forma en que había llegado.

Mi dirección laboral no era pública. Mi cargo todavía no aparecía en la página de la empresa. Alguien había tenido que buscar. A las doce, Eduardo entró en mi oficina sin golpear.

—No almorzó.

Levanté la vista.

—¿Instalaron un sistema de vigilancia alimentaria?

—Sí. Se llama tener ojos.

—Estoy ocupada.

—También está mirando el mismo párrafo desde hace siete minutos.

Cerré el documento. Eduardo se sentó frente a mí.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Anabella.

Odiaba que las personas aprendieran a decir mi nombre de maneras que hacían inútil mentir.

—Es personal.

—Entonces no me lo cuente.

Parpadeé.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Se levantó.

—Pero si lo personal está afectando su seguridad dentro de mi empresa, entonces deja de ser únicamente personal.

Mi mano se tensó sobre el escritorio. Eduardo lo vio. Su mirada bajó al cajón. No dijo nada. Yo exhalé.

—Recibí una carta.

—Eso suele ser legal.

—De alguien que no debería saber dónde trabajo.

Su expresión cambió. No fue dramático. Eduardo no necesitaba dramatismo. Su rostro simplemente perdió cualquier rastro de humor.

—¿Una amenaza?

—No lo sé. No la abrí.

—¿La persona la ha lastimado antes?

La pregunta me dejó inmóvil.

—No físicamente.

Eduardo asintió una sola vez.

—Seguridad revisará las cámaras y el registro de entrega.

—No hace falta.

—No era una pregunta.

—Eduardo.

—Anabella.

Nos miramos.

Por primera vez comprendí de dónde había aprendido Camila su estilo.

—No quiero convertir esto en algo más grande de lo que es.

—Las personas suelen decir eso justo antes de descubrir que debieron hacerlo más grande.

—Él no es peligroso.

—Eso no puede saberlo si no respeta un límite.

La palabra límite quedó entre nosotros. Pensé en Arthur apareciendo frente a mi taxi. En sus cartas. En mi pedido de que no me llamara Bella.

—Tiene razón —admití.

—Lo sé.

—Podría fingir humildad.

—A mi edad sería deshonesto.

La investigación interna determinó que el sobre había sido entregado por un servicio de mensajería contratado desde otra ciudad. El remitente había pagado en efectivo. Eso no parecía propio de Arthur.

Él era muchas cosas. Discreto no era una de ellas.

Abrí la carta esa noche con Lucía sentada frente a mí.

**Anabella:**

No decía Bella.

Aquello me sorprendió.

**He intentado respetar tu silencio. Sé que probablemente no lo parezca. No sabía si mis cartas llegaban. Jack se negó a confirmar siquiera que estuvieras en Silvercrest. Elena solo me dijo que estabas viva.**

Seguí leyendo.

**No envié esto para pedirte que vuelvas. Necesito advertirte algo. Tatiana ha preguntado por ti. Varias veces. Dice que quiere cerrar asuntos pendientes antes de la ceremonia. No le dije dónde estás porque no lo sé. Pero creo que intentará averiguarlo.**

Lucía dejó de respirar por un segundo.

Yo continué.

**Sé que no confiarás en mí. Aun así, ten cuidado.**

La carta terminaba con una firma.

Arthur. No amor. No tu Mate. No Bella. Solo Arthur.

—¿Quién es Tatiana? —preguntó Lucía.

Me levanté.

—Necesito caminar.

—Eso no responde.

—La mujer por la que me rechazó.

Lucía se puso de pie tan rápido que golpeó la mesa.

—¿ÉL TE RECHAZÓ POR OTRA?

—Los vecinos.

—¡Me importa muy poco la opinión de los vecinos!

—A mí me importa porque vivo aquí.

—Anabella, me dijiste que te había rechazado. No dijiste que había otra mujer.




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