Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La hija que nunca tuvo

Eduardo no estaba muriendo. Eso fue lo primero que dijo cuando abrió los ojos en la habitación del hospital.

—No estoy muriendo.

Yo llevaba dos horas sentada junto a su cama y estaba tan enfadada que mi miedo había adquirido forma humana.

—Excelente —respondí—. Entonces puedo matarlo yo.

Él sonrió.

—Ahí está mi niña amable.

Me quedé inmóvil. Mi niña. No dijo empleada. No dijo Anabella. Mi niña.

El monitor cardíaco continuó marcando un ritmo constante mientras yo miraba hacia la ventana porque, de repente, el estacionamiento del hospital me parecía fascinante.

—Fue agotamiento —continuó—. Y una arritmia que ya está controlada.

—Se desmayó.

—Me informaron.

—En medio de una reunión.

—También estaba presente.

—Deje de hacer bromas.

Eduardo suspiró.

—Anabella.

Me volví hacia él.

—Me asustó.

La frase salió más pequeña de lo que quería.

Su expresión cambió.

—Lo sé.

—No vuelva a hacerlo.

—Haré lo posible por controlar mi sistema eléctrico.

—Eduardo.

—Está bien.

Extendió la mano. Yo la tomé.

—Lo siento.

Y allí, en una habitación demasiado blanca, comprendí algo que había estado creciendo entre nosotros sin que ninguno lo nombrara.

Yo había perdido a mis padres. Él nunca había tenido hijos.

La vida, con su sentido del humor extraño y a veces cruel, nos había dejado dos espacios vacíos que encajaban de una forma imperfecta.

No era mi padre. Yo no era su hija.

Pero nos queríamos en un lugar muy parecido.

Eduardo estuvo fuera de la oficina durante tres semanas.

Fueron las tres semanas más largas de mi carrera.

La empresa siguió funcionando, pero su ausencia se sentía en cada reunión. Los directores comenzaron a tomar decisiones por separado. Dos clientes importantes exigieron garantías sobre la continuidad de los proyectos. Un rumor sobre la salud de Eduardo llegó a la prensa económica.

El Consejo Directivo se reunió un martes. Yo no formaba parte. A las nueve y media, me llamaron.

Entré en una sala con ocho personas que tenían, en conjunto, más años de experiencia que toda mi vida multiplicada por cuatro.

—Señorita Salvatore —dijo Martín Lozano, director financiero—. Necesitamos que asuma temporalmente la coordinación de las áreas internacionales.

—¿Temporalmente?

—Hasta que Eduardo regrese.

—¿Por qué yo?

Martín me miró.

—Porque él lo pidió.

Mi estómago se contrajo.

—¿Cuántas áreas?

—Cuatro.

—¿Cuántas personas?

—Ciento tres.

Respiré. Una vez. Dos.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿No necesita tiempo para pensarlo?

Miré a las personas alrededor de la mesa. Tenía miedo. Mucho. Pero el miedo ya no era una señal para retroceder.

—El trabajo no va a esperar mientras pienso.

Las siguientes semanas fueron brutales.

Llegaba antes de las siete y salía después de las nueve. Aprendí sobre presupuestos, recursos humanos, operaciones y problemas que nunca había imaginado que podían existir. Una mañana tuve que mediar una discusión entre dos gerentes por la temperatura del aire acondicionado.

—Uno dice que veintidós grados reducen la productividad —le conté a Lucía esa noche.

—¿Y el otro?

—Que veinticuatro violan sus derechos humanos.

—¿Qué hiciste?

—Veintitrés.

Lucía me miró con respeto.

—Liderazgo.

No todo era gracioso. Cometí errores.

Confié en un proveedor que no cumplió. Aprobé una planificación demasiado optimista y tuvimos que trabajar un fin de semana para corregirla. Perdí la paciencia en una reunión y me disculpé frente a todo el equipo.

Eso último generó más respeto que fingir que no había ocurrido. Al final del mes, Eduardo regresó.

Entró caminando más despacio y con órdenes médicas que ignoró durante exactamente cuarenta minutos antes de que yo se las pegara en la puerta de su oficina.

**NO MÁS DE OCHO HORAS.**




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