Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Dos años para convertirme en alguien imposible

Los dos años siguientes no fueron una transformación elegante.
No desperté una mañana convertida en una mujer segura, poderosa y perfectamente vestida mientras sonaba música inspiradora de fondo.
Ojalá.
Habría ahorrado mucho café.
La realidad fue menos cinematográfica.
Aprendí finanzas cometiendo preguntas que me daban vergüenza. Estudié balances los fines de semana. Me senté con Martín Lozano durante horas hasta que dejé de mirar una proyección de flujo de caja como si estuviera escrita en sánscrito. Hice un programa ejecutivo en gestión empresarial y descubrí que las personas podían cobrar cifras obscenas por utilizar la palabra “disrupción” en una presentación.
—¿Estás pagando por esto? —preguntó Lucía una noche mientras revisaba mis apuntes.
—La empresa.
—Entonces sigue siendo un crimen, pero no contra ti.
Ella también cambió de trabajo durante ese período. Su empresa de arquitectura fue absorbida por un grupo mayor y Lucía, después de seis meses de quejarse de un jefe que respondía correos a las tres de la mañana con la frase “solo para pensar”, renunció.
—No sé qué hacer ahora —dijo sentada en nuestra cocina.
Yo la observé.
—Ven a Virelli.
Lucía casi escupió el café.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eres mi mejor amiga.
—Eso no es una contraindicación médica.
—Trabajar contigo destruiría nuestra amistad.
—Podrías trabajar en otra área.
—Te conozco. Encontrarías una excusa para enviarme correos.
—Solo los necesarios.
—Ayer mandaste un mensaje a las seis de la mañana preguntando si quedaba leche.
—Era importante.
Terminó aceptando un puesto en administración ejecutiva seis meses después.
No reportaba a mí.
Técnicamente.
En la práctica, aparecía en mi oficina sin cita, robaba mis snacks y le decía a cualquier persona que intentara intimidarse por mi cargo que una vez me había encontrado llorando porque no podía abrir un frasco de aceitunas.
—No lloraba.
—Tus ojos estaban húmedos.
—Por esfuerzo físico.
—Claro, jefa.
El apodo se quedó.
Liora regresó lentamente.
Al principio eran palabras aisladas.
*Podemos.*
*Corre.*
*Casa.*

La primera vez que dijo *Lucía*, mi amiga estaba preparando café.
Me quedé mirándola.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás rara.
—Liora dijo tu nombre.
Lucía dejó caer la cuchara.
—¿Puedo hablar con ella?
—No funciona así.
—Dile que hola.
—Lucía.
—Dile.
Suspiré.
*Lucía dice hola.*
Silencio.
Después, muy débilmente:
*Ruidosa.*
Me reí tanto que tuve que sentarme.
—¿Qué dijo?
—Que eres encantadora.
—Mientes fatal.
No podía transformarme todavía. Cada intento terminaba con dolor, miedo y Liora retrocediendo. Dejé de forzarla.
Habíamos pasado años creyendo que sanar significaba regresar exactamente a quien habíamos sido.
Empecé a comprender que quizá no.
Tal vez nunca volvería a ser la Anabella que corría por los bosques de Blackwood creyendo que su futuro estaba escrito.
Eso ya no me parecía una tragedia.
Arthur continuó enviando cartas.
Menos frecuentes.
Más cuidadosas.
No respondí ninguna.
Tatiana no apareció.
Con el tiempo, el miedo disminuyó.
Mi tía Elena y yo hablábamos por videollamada cada semana. Ella evitaba darme noticias de la manada salvo que yo preguntara.
Casi nunca lo hacía.
Una noche, sin embargo, pregunté.
—¿Se casaron?
Elena guardó silencio.
—Sí.
El dolor fue pequeño.
Real.
Pero pequeño.
Eso me sorprendió.
—¿Cuándo?
—Hace ocho meses.
—Ah.
Esperé que algo dentro de mí se rompiera.
Nada lo hizo.
Liora se movió.
No por Arthur.
Solo por mí.
*Casa.*
Miré alrededor.
Nuestro departamento.
La manta de Lucía sobre el sofá.
Mi cactus, milagrosamente vivo, junto a la ventana.
La ciudad extendiéndose debajo.
—Sí —susurré—. Casa.
El día que Eduardo anunció oficialmente su retiro, Virelli Global tenía cuatrocientos treinta y dos empleados y operaciones en nueve países.
La noticia provocó una pequeña crisis interna.
Los rumores comenzaron inmediatamente.
Martín era el candidato lógico para sucederlo. Tenía experiencia, respeto del Consejo y quince años en la compañía.
Yo no esperaba ser elegida.
En realidad, había pasado dos años preparándome para la posibilidad de estar preparada sin convencerme de que el puesto debía ser mío.
La reunión del Consejo duró cinco horas.
Yo no participé.
A las seis y veinte de la tarde estaba en mi oficina revisando un contrato cuando Lucía entró sin golpear.
Estaba pálida.
—¿Qué pasó?
—Te buscan.
Mi estómago cayó.
—¿Quién?
—Todos.
—Eso no suena bien.
—No sé si es bueno. Eduardo tiene cara de haber ganado una guerra y Martín acaba de pedirme whisky.
—Martín no bebe.
—Por eso estoy preocupada.
Caminé hasta la sala del Consejo sintiendo cada paso.
Cuando entré, Eduardo estaba de pie junto a la ventana.
Martín permanecía sentado.
Los demás miembros me observaron.
—Señorita Salvatore —dijo la presidenta del Consejo—. Tome asiento.
Lo hice.
Ella cerró una carpeta.
—Hemos concluido el proceso de sucesión.
Asentí.
—El señor Virelli recomendó su nombramiento como directora ejecutiva hace dieciocho meses.
Miré a Eduardo.
Él no apartó la vista.
—Durante ese tiempo evaluamos su desempeño, sus resultados y su capacidad de liderazgo.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que apenas escuchaba.
—La votación fue favorable.
Silencio.
—A partir del próximo trimestre, usted será la nueva CEO de Virelli Global Language & Contracts.
No respondí.
No podía.
La presidenta sonrió ligeramente.
—Señorita Salvatore.
—Perdón.
Respiré.
—¿Podría repetirlo?
Martín comenzó a reír.
Eduardo también.
La presidenta, para mi sorpresa, hizo lo mismo.
—Es CEO.
—Ah.
Esa fue mi brillante primera respuesta ejecutiva.
Ah.
Horas después, cuando todos se habían ido, me quedé sola en la oficina de Eduardo.
Pronto sería la mía.
La idea todavía resultaba imposible.
Él estaba guardando libros en una caja.
—No tiene que irse hoy —dije.
—Lo sé.
—Podría quedarse seis meses más.
—No.
—Tres.
—Anabella.
—Uno.
—Está negociando mal.
—Estoy emocionalmente comprometida.
Eduardo dejó un libro.
—Ven aquí.
Me abrazó.
Yo cerré los ojos.
—No quiero que se vaya.
—No voy a desaparecer.
—No será lo mismo.
—No.
—Eso no ayuda.
—Las cosas no tienen que ser iguales para seguir siendo buenas.
Me aparté.
—Odio cuando tiene razón.
—Se acostumbrará.
El lunes siguiente, mi nombre apareció en la puerta principal de la empresa.
**ANABELLA SALVATORE**
**CHIEF EXECUTIVE OFFICER**
Lucía se quedó a mi lado leyendo la placa.
—Mira eso.
—Lo estoy mirando.
—La mujer que destruyó una cocina con espuma.
—No vuelvas a contar esa historia.
—Ahora dirige una multinacional.
—No somos una multinacional.
—Déjame tener el momento.
Sonreí.
—Necesito una asistente ejecutiva.
Lucía giró lentamente la cabeza.
—No.
—Todavía no hice la propuesta.
—Te conozco.
—El salario es excelente.
—Continúa.
—Despacho propio.
—Estoy escuchando.
—Y autoridad formal para obligarme a almorzar.
Lucía entrecerró los ojos.
—Eso es mucho poder.
—Demasiado, probablemente.
Aceptó al día siguiente.
Por supuesto.
Tres meses después de asumir como CEO, Virelli Global recibió una invitación privada para competir por el contrato más grande de su historia.
La empresa que lo ofrecía no necesitaba presentación.
Beaumont Crown Holdings.
Tecnología.
Energía.
Infraestructura.
Defensa.
Finanzas.
Operaciones en cuarenta y siete países.
Un conglomerado tan poderoso que los gobiernos negociaban con él con más cuidado que con otros gobiernos.
El correo solicitaba una propuesta integral de asesoría lingüística, contractual y diplomática para una expansión internacional de varios miles de millones de dólares.
Leí el monto estimado del contrato dos veces.
Después una tercera.
Lucía estaba frente a mi escritorio.
—¿Qué pasa?
Le giré la pantalla.
Leyó.
—Eso tiene demasiados ceros.
—Sí.
—¿Es una estafa?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Qué pena. Las estafas son menos estresantes.
Bajé hasta el final del mensaje.
El contacto designado para la negociación era el director de estrategia global y segundo al mando del grupo.
**Niccolas Beaumont.**
Lucía leyó por encima de mi hombro.
—¿Beaumont como la empresa?
—Supongo.
—¿Familia del dueño?
—Probablemente.
—¿Y quién es el dueño?
Abrí la ficha corporativa.
Una fotografía apareció en la pantalla.
Un hombre de cabello oscuro, mandíbula fuerte y expresión severa miraba a la cámara como si el fotógrafo le debiera dinero.
Debajo había un nombre.
**Cassian Beaumont.**
Fundador.
Presidente.
CEO.
Yo no sabía que, en el mundo que había dejado atrás, existía otro título que nunca aparecería en una página corporativa.
Rey Alfa.
Tampoco sabía que, en algún lugar de una torre de vidrio al otro lado de la ciudad, el hombre de la fotografía estaba a meses de entrar en una sala de reuniones, mirarme una sola vez y descubrir algo que yo todavía era incapaz de sentir.
Mate.




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