Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Un contrato con demasiados ceros

El lunes siguiente a mi nombramiento como CEO descubrí que dirigir una empresa no consistía, como yo había imaginado ingenuamente, en sentarse detrás de un escritorio elegante y tomar decisiones importantes con expresión serena. Consistía en responder ciento cuarenta y siete correos antes de las nueve de la mañana, fingir que entendía por qué la impresora del piso cuatro se había declarado enemiga de la humanidad y evitar que dos directores adultos discutieran durante veinte minutos por el color de una diapositiva.
A las nueve y cuarto, Lucía entró en mi oficina sin golpear, dejó un café a mi derecha y una carpeta de casi cuatro centímetros de espesor frente a mí.
—Tu agenda está en llamas, pero traje cafeína.
—¿Por qué la carpeta parece capaz de matarme si cae desde una altura razonable?
—Porque contiene la invitación completa de Beaumont Crown, anexos técnicos, requisitos de confidencialidad, matriz de evaluación y un acuerdo preliminar que probablemente fue redactado por un ejército de abogados sin afecto familiar.
Observé la carpeta. La carpeta me observó a mí. Decidí que nuestra relación empezaba mal.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Diez días para entregar la propuesta inicial. Si pasamos la primera evaluación, habrá entrevistas, una revisión técnica y una presentación final ante el comité ejecutivo.
—Diez días.
—Nueve y medio, si sigues mirándola en lugar de abrirla.
Levanté la vista.
—A veces extraño cuando eras solo mi vecina.
—Mentira. Tu baño seguiría inundado.
Sonrió y se sentó frente a mí mientras abría la carpeta. El contrato potencial era mayor que cualquier proyecto que Virelli hubiera administrado en sus cuarenta años de existencia. No se trataba únicamente de traducir documentos. Beaumont Crown necesitaba un equipo capaz de revisar acuerdos de inversión, contratos energéticos, licencias tecnológicas, adquisiciones, protocolos diplomáticos y documentación de
seguridad en doce idiomas. La expansión abarcaría siete países y debía coordinarse con gobiernos, empresas privadas y organismos internacionales.
Era el tipo de proyecto que podía consolidar nuestra empresa durante una década.
También era el tipo de proyecto que podía destruirla si calculábamos mal una sola obligación.
—Necesito a Martín, Celeste y al equipo jurídico en la sala grande dentro de media hora —dije mientras avanzaba por el índice—. Quiero un análisis de riesgos por área, una estimación realista de personal y un listado de todo lo que no sabemos hacer.
Lucía arqueó una ceja.
—¿No deberíamos empezar por lo que sí sabemos?
—Lo que sabemos hacer es la parte fácil. Quiero encontrar las razones por las que podrían descartarnos antes de que ellos las encuentren.
Su sonrisa cambió. Ya no era la sonrisa de mi amiga, sino la de mi asistente ejecutiva cuando yo decía algo que consideraba digno de ser anotado.
—Eso sonó muy CEO.
—No te acostumbres. Hace doce minutos intenté abrir la puerta del archivo con la tarjeta del supermercado.
Lucía se levantó riendo, pero se detuvo antes de salir.
—Bella.
—¿Sí?
—Vas a conseguir este contrato.
La seguridad de su voz me produjo una presión inesperada en el pecho.
—Todavía no leí ni la mitad.
—No importa. Cuando pones esa cara, alguien termina firmando algo.
—No sé si eso es un cumplido.
—Lo es en el mundo corporativo.
La reunión de preparación duró tres horas. Repartimos responsabilidades, discutimos costos, identificamos debilidades y descartamos una propuesta absurda de Martín que incluía contratar treinta traductores externos en una semana. Cuando todos salieron a almorzar, me quedé sola revisando los anexos confidenciales.
Fue entonces cuando encontré la primera cláusula extraña.
No estaba oculta. Simplemente había sido redactada con el lenguaje deliberadamente ambiguo que utilizaban las manadas cuando necesitaban incluir reglas sobrenaturales dentro de documentos humanos. Hablaba de “incidentes biológicos excepcionales”,
“protocolos territoriales de convivencia” y “personal sujeto a ciclos fisiológicos de naturaleza reservada”.
Leí el párrafo dos veces.
Luego una tercera.
Dentro de mí, Liora levantó la cabeza.
*Lobos.*
La palabra llegó débil, pero clara.
Me quedé inmóvil.
Durante los últimos años, la voz de mi loba había vuelto de forma irregular. A veces era apenas una sensación. Otras, una palabra breve que desaparecía antes de que pudiera responder. Eduardo y Lucía sabían que estaba mejorando, pero yo todavía evitaba hablar del miedo que sentía cada vez que Liora volvía a callar.
*¿Estás segura?*
Una presión suave contra mi conciencia.
Sí.
Beaumont Crown no era solamente una multinacional humana. Al menos una parte importante de su estructura estaba vinculada con nuestro mundo.
Cerré la carpeta y me alejé del escritorio.
Los recuerdos llegaron antes de que pudiera detenerlos. El salón del Consejo. Tatiana a la derecha de Arthur. La voz de él pronunciando mi rechazo. El vacío posterior. Durante años había trabajado en una ciudad donde nadie conocía mi especie ni mi pasado. Había construido un lugar seguro precisamente porque los lobos no formaban parte de él.
Ahora el proyecto más importante de mi carrera podía devolverme directamente a ese mundo.
Mi primer impulso fue rechazar la invitación.
El segundo fue odiarme por considerarlo.
Tomé el teléfono y llamé a Eduardo.
Contestó al tercer tono.
—Si es por la impresora, ya estoy retirado.
—La impresora sobrevivirá sin usted.
—Entonces es grave.
Le expliqué lo que había encontrado. Eduardo guardó silencio durante unos segundos.
—¿Quieres abandonar la competencia?
—No lo sé.
—Esa no es una respuesta que suelas dar.
—Es una empresa vinculada con lobos. Puede haber Alfas, manadas, jerarquías. Pasé años intentando salir de ese sistema.
—Saliste de una manada, Anabella. No saliste de tu especie.
Cerré los ojos.
—No quiero que lo que ocurrió vuelva a definirme.
—Entonces no permitas que te quite también este contrato.
—Es fácil decirlo desde una casa frente al mar.
—La vista ayuda mucho.
Sonreí a pesar de mí misma.
Eduardo continuó con una voz más suave.
—No tienes que demostrarle nada a Arthur, a Tatiana ni a ningún Alfa. Pero tampoco debes regalarles territorios de tu vida que nunca les pertenecieron. Revisa el proyecto. Si es malo para la empresa, recházalo. Si es bueno, compite. Que la decisión sea tuya, no de tu miedo.
Después de cortar, permanecí varios minutos observando la ciudad desde la ventana. Había pasado demasiado tiempo creyendo que ser fuerte significaba no sentir temor. Ahora sabía que la fortaleza era algo menos elegante: sentirlo, reconocerlo y continuar de todos modos.
Volví al escritorio.
Abrí la carpeta.
A las siete de la tarde, cuando casi todo el edificio estaba vacío, Lucía apareció con dos porciones de pizza.
—¿Seguimos compitiendo?
—Seguimos.
—Bien. Porque ya prometí a Martín que, si ganamos, vas a permitirle cambiar el color de la diapositiva.
—Eso jamás ocurrirá.
—Entonces no le digamos todavía.
Comimos frente a la pantalla mientras reorganizábamos el equipo. A las diez y veinte envié la confirmación formal de participación. La respuesta llegó menos de un minuto después.
No era un mensaje automático.
Señorita Salvatore:
He revisado personalmente la aceptación de Virelli Global. Necesito reunirme con usted mañana a las ocho. La conversación será confidencial.
Niccolas Beaumont
Director de Estrategia Global
Le mostré el correo a Lucía.
—¿Mañana a las ocho? —preguntó—. ¿Ese hombre no duerme?
—Tal vez se alimenta del miedo de los proveedores.
Liora se movió dentro de mí.
No fue temor lo que sentí en ella.
Fue cautela.
Y, por alguna razón que todavía no comprendía, la certeza de que aquella reunión no era simplemente el siguiente paso de una negociación.
Era la primera puerta hacia algo mucho más grande.




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