Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La Luna perfecta

Arthur Blackwood había imaginado muchas veces cómo sería gobernar junto a la Luna perfecta.
En su imaginación, ella entraba en las reuniones a su lado, comprendía sus decisiones sin cuestionarlas y conseguía que la manada admirara la fuerza de ambos. Serían una pareja imponente. Tendrían herederos fuertes. El Consejo dejaría de discutir cada orden. Su lobo aceptaría finalmente que había tomado la decisión correcta.
Ninguna parte de aquella fantasía incluía a Tatiana arrojando una copa de cristal contra la pared porque el personal había organizado una cena con manteles marfil en lugar de blanco puro.
El golpe resonó en el comedor privado de la residencia Alfa. Una joven omega se sobresaltó y dio un paso atrás. La copa se convirtió en fragmentos sobre el suelo.
—¿Cuántas veces tengo que explicar algo para que lo hagan bien? —preguntó Tatiana.
La omega bajó la cabeza.
—Lo siento, Luna.
—Lo sentirás cuando aprendas a escuchar. Cambien todo antes de que llegue el Consejo.
—La cena comienza en cuarenta minutos —intervino Arthur desde la puerta.
Tatiana se giró. Llevaba un vestido dorado nuevo, el tercero que había comprado aquella semana, y un collar cuyo precio podía haber financiado durante un año la enfermería de la manada.
—Entonces tendrán que trabajar más rápido.
Arthur observó a la joven. Tenía los ojos húmedos, pero no se atrevía a levantar la vista.
—Déjanos —ordenó.
La omega salió casi corriendo. Tatiana esperó hasta que la puerta se cerró para cruzarse de brazos.
—No deberías contradecirme delante del servicio.
—No era necesario romper una copa.
—No era necesario que ignoraran mis instrucciones.
—El marfil y el blanco son prácticamente iguales.
Tatiana lo miró como si hubiera confesado un crimen.
—Por eso nunca comprendes estas cosas.
Arthur sintió a Orion moverse dentro de él. Su lobo ya no gruñía como lo había hecho al principio del matrimonio. Ahora permanecía casi siempre apartado, pesado y silencioso. Desde el rechazo a Anabella, había dejado de responder con entusiasmo a la autoridad de Arthur. En los últimos meses incluso la transformación se había vuelto más dolorosa.
*No es nuestra Luna*, dijo Orion.
Arthur apretó la mandíbula.
*Es la Luna de la manada.*
*No la nuestra.*
La discusión era antigua. Nunca terminaba.
Tatiana se acercó al espejo y corrigió un mechón de cabello.
—El Consejo volverá a hablar del heredero esta noche.
—Lo sé.
—Entonces haz algo.
Arthur la observó a través del reflejo.
—No es una decisión unilateral.
—Llevamos años casados.
—Y llevamos años evitando pasar más de tres noches seguidas en la misma habitación.
Los ojos azules de Tatiana se endurecieron.
—Eso es culpa de tu lobo enfermo.
Orion golpeó con tanta fuerza dentro de él que Arthur tuvo que sujetarse del marco de la puerta.
—No vuelvas a llamarlo así.
Tatiana sonrió sin humor.
—La verdad te molesta. No es mi problema.
La puerta volvió a abrirse. Jack entró con una carpeta en la mano y se detuvo al ver los cristales.
—¿Interrumpo?
—Sí —respondió Tatiana.
—No —dijo Arthur al mismo tiempo.
Jack miró de uno al otro y eligió la opción que garantizaba menos gritos.
—El Consejo ya está llegando. Alfa, necesito su firma en la renovación territorial.
Tatiana salió sin despedirse. Al pasar junto a Jack, le ordenó que alguien reemplazara las flores del salón porque “parecían de funeral”.
Cuando quedaron solos, Jack observó los restos de la copa.
—¿Otra vez?
Arthur tomó la carpeta.
—No empieces.
—No dije nada.
—Tu cara lo dijo.
—Mi cara lleva años intentando conversar contigo.
Arthur firmó sin leer. Jack no se movió.
—¿Qué?
—Deberías revisar las cuentas personales de la Luna.
Arthur levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque los gastos aumentaron un treinta y ocho por ciento este trimestre y varias compras fueron cargadas al fondo comunitario.
—Tatiana supervisa eventos y representación.
—Compró un automóvil deportivo con el fondo de emergencias.
—Dijo que era necesario para las visitas diplomáticas.
Jack tardó varios segundos en responder.
—Es rojo, tiene dos asientos y alcanza trescientos kilómetros por hora.
—Hablaré con ella.
—Eso dijiste el mes pasado.
Arthur cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.
—¿Viniste a cuestionar a tu Alfa?
—Vine a evitar que tu manada pague por algo que no necesita.
Orion emitió un gruñido de aprobación. Arthur lo ignoró.
Jack se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Hoy llegó una revista de negocios para ti.
—No recuerdo estar suscripto.
—No lo estás. El Consejo pidió un artículo sobre nuevas empresas con las que podríamos trabajar.
Dejó la revista sobre una mesa lateral.
Arthur no la tocó hasta que se quedó solo.
La portada mostraba a tres ejecutivos jóvenes bajo el título **NUEVO LIDERAZGO EN SILVERCREST**. Reconoció a Anabella antes de leer su nombre.
No llevaba vestidos sencillos ni la expresión insegura que él recordaba. Aparecía con un traje oscuro, el cabello castaño cayendo sobre un hombro y una mirada serena que parecía atravesar la cámara. Debajo de la fotografía, una breve nota informaba que Anabella Salvatore había sido nombrada CEO de Virelli Global Language & Contracts después de liderar su crecimiento internacional.
Arthur dejó de respirar.
Orion despertó por completo.
*Bella.*
El nombre dolió como la primera noche.
Arthur leyó el artículo dos veces. Después buscó su fotografía en la página interior y pasó los dedos por el papel antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Ella parecía bien.
No solo bien.
Parecía pertenecer a una vida donde él nunca había existido.
—¿Qué estás mirando?
Tatiana había regresado sin que la oyera. Arthur cerró la revista demasiado tarde.
Sus ojos descendieron hacia la página.
La expresión que cruzó su rostro duró apenas un instante: sorpresa, seguida de algo más oscuro.
—Vaya —dijo—. La pequeña Anabella aprendió a usar un traje.
Arthur sintió que Orion mostraba los colmillos.
—No hables de ella así.
Tatiana arqueó una ceja.
—¿Ahora la defiendes?
—No es asunto tuyo.
—Soy tu esposa.
—Y ella no forma parte de nuestra vida.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. Tatiana lo estudió, comprendiendo quizá que la ausencia de Anabella seguía ocupando más espacio en aquella casa que su propia presencia.
—Tienes razón —respondió con una sonrisa tensa—. No forma parte de nada.
Tomó la revista y la arrojó al fuego de la chimenea.
Arthur la vio arder.
No hizo nada para detenerla.
Pero esa noche, mientras el Consejo exigía un heredero y Tatiana hablaba de fiestas de presentación, Arthur no pudo dejar de pensar en los ojos verdes de una fotografía.
En otra habitación, Jack revisaba silenciosamente las cuentas de la Luna.
Entre pagos de joyas, viajes y ropa encontró transferencias periódicas a una antigua empresa de seguridad que había dejado de trabajar para la manada años atrás.
La fecha de la primera transferencia era anterior al rechazo de Anabella.
Jack amplió el registro.
Por primera vez, una sospecha concreta comenzó a tomar forma.




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