Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La propuesta final

El día de la presentación final amanecí convencida de que había olvidado algo esencial. No sabía qué. Solo tenía la certeza irracional de que, en algún punto entre los anexos financieros, los protocolos de seguridad y las doce versiones lingüísticas, había dejado fuera una cláusula capaz de provocar el colapso de la economía mundial.
Lucía me encontró a las seis y media revisando la presentación en la cocina de nuestro departamento.
—Estás usando el cuchillo de pan como puntero —observó.
Miré mi mano.
—Es ergonómico.
—Es peligroso.
—También comunica liderazgo.
Me quitó el cuchillo y lo dejó lejos.
—Dormiste tres horas.
—Cuatro.
—Te escuché caminar a las dos.
—Estaba pensando.
—Estabas repitiendo una cláusula en alemán frente a la heladera.
—La heladera necesitaba comprender su responsabilidad contractual.
Lucía me sirvió café y se apoyó contra la mesada.
—La propuesta está terminada. El equipo está preparado. Niccolas confirmó que somos uno de los tres finalistas. No puedes mejorar nada más esta mañana.
—Siempre se puede mejorar algo.
—Sí. Tu estabilidad mental, por ejemplo.
A las nueve entramos en la sede de Beaumont Crown con una presentación de ciento doce diapositivas, cinco carpetas de respaldo y un nivel de tensión que habría alimentado una ciudad pequeña. La torre ocupaba una manzana completa en el centro financiero. El vestíbulo tenía techos de veinte metros, piedra oscura y una escultura metálica con forma abstracta que, desde cierto ángulo, parecía un lobo.
Liora se movió inquieta.
Había lobos en todas partes. Algunos ocultaban su naturaleza mejor que otros, pero yo reconocía la forma en que se desplazaban, el control instintivo del espacio y la ligera pausa con que evaluaban a los desconocidos. También había humanos que trabajaban junto a ellos sin saber nada.
Niccolas nos recibió en el piso cuarenta y ocho.
—Señorita Salvatore.
—Señor Beaumont.
—Espero que haya dormido.
Lucía tosió detrás de mí.
—Lo necesario —respondí.
—Eso significa que no —dijo él.
—¿La preocupación por los proveedores forma parte del proceso de evaluación?
—Solo por los que llegan armados.
Miré la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Papel. Muy peligroso.
—Me refería a la expresión de su asistente.
Lucía sonrió con inocencia.
La sala de presentación estaba ocupada por nueve ejecutivos. Reconocí a los representantes de las otras dos empresas competidoras. Una era un gigante europeo con oficinas en treinta países. La otra, una consultora estadounidense cuyo director había dado varias conferencias sobre “liderazgo disruptivo”, una expresión que normalmente significaba que alguien cobraba mucho por reorganizar palabras conocidas.
Nos asignaron el último turno.
Eso nos obligó a esperar casi tres horas.
Cuando por fin entramos, yo ya había pasado por todas las etapas posibles del nerviosismo y había llegado a una calma extraña. Era la misma serenidad que sentía antes de una negociación compleja: el momento en que el miedo dejaba de ser útil y mi mente empezaba a ordenar cada dato.
La presentación avanzó sin errores durante los primeros veinte minutos. Expliqué la estructura de equipos, la segmentación por jurisdicción y el sistema de control terminológico. Martín desarrolló el presupuesto. Celeste presentó los protocolos de seguridad. Lucía administró lostiempos desde un lateral con una mirada que habría detenido un golpe de Estado.
El director de la consultora estadounidense levantó la mano durante la ronda conjunta de preguntas.
—Con todo respeto, Virelli sigue siendo una empresa mediana. ¿Cómo garantiza la señorita Salvatore que podrá administrar un contrato de este tamaño sin comprometer la continuidad?
El “señorita” no sonó como un título. Sonó como una forma de recordar mi edad.
Niccolas no intervino.
Quería escuchar la respuesta.
—No la garantizo —dije.
El hombre sonrió, creyendo que había ganado algo.
—Interesante.
—Garantizar continuidad absoluta sería irresponsable. Lo que ofrecemos es una estructura de redundancia medible, reemplazos previamente capacitados y una reserva operativa del veinte por ciento. Su empresa, según la documentación presentada esta mañana, distribuye el proyecto entre siete oficinas independientes. Eso aumenta la capacidad, pero también multiplica las transferencias de información y los puntos de fallo.
La sonrisa desapareció.
—Nuestra red es una fortaleza.
—Puede serlo. También puede convertirse en siete equipos utilizando criterios distintos para traducir la misma obligación jurídica.
Uno de los ejecutivos de Beaumont abrió el documento de la competencia.
—¿Tiene un ejemplo?
—Página ciento ochenta y cuatro de su propuesta en francés y página doscientos once de la versión española. Tradujeron “best efforts” con dos niveles de obligación diferentes.
El director palideció.
Niccolas bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
La ronda continuó. Nos preguntaron por costos, plazos y responsabilidad. Respondí cada punto sin fingir que no existían riesgos. Cuando no tenía un dato exacto, lo admití y expliqué cómo lo obtendríamos. Al terminar, el presidente del comité cerró su carpeta.
—Recibirán una respuesta dentro de cuarenta y ocho horas.
Salimos de la torre agotados.
Lucía esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
—Página ciento ochenta y cuatro.
—¿Qué?
—Te amo.
—Eso ya lo sabíamos.
—No, en serio. Quiero enmarcar la cara de ese hombre.
Martín se apoyó contra la pared.
—¿Cómo recordaste la página?
—No lo sé.
—Eso es aterrador.
—Gracias.
Las cuarenta y ocho horas siguientes duraron aproximadamente seis meses. Intenté trabajar, pero cada notificación me hacía mirar el teléfono. El viernes, a las cinco y cincuenta y siete de la tarde, el correo llegó.
Virelli Global ha sido seleccionada como proveedora principal para el Proyecto Crown Meridian.
Leí la frase una vez.

Después otra.
Lucía estaba frente a mi escritorio.
—¿Y?
Le giré la pantalla.
Ella gritó.
El sonido atravesó el piso completo. Martín apareció en la puerta, seguido por Celeste y dos personas que probablemente pensaron que alguien había sido asesinado.
—Ganamos —dije.
Durante los siguientes minutos dejé de ser CEO y me convertí en una mujer abrazada por seis compañeros, con lágrimas en los ojos y café derramado sobre una carpeta confidencial. Eduardo llegó media hora después con una botella de champaña que, según explicó, había guardado para una ocasión en la que yo dejara de intentar controlarlo todo.
—Eso nunca ocurrirá —le advertí.
—Por eso decidí usarla hoy.
La celebración continuó hasta que Lucía recibió una llamada de recepción.
—Hay un mensajero de Beaumont Crown.
La caja contenía el contrato preliminar y una carta firmada por Niccolas.
La reunión de inicio se realizará el martes a las diez en la sede central. Participará el comité ejecutivo completo.
Debajo, una línea añadida a mano:
El señor Cassian Beaumont presidirá la reunión personalmente.
Observé el nombre.
—¿El hombre de la fotografía? —preguntó Lucía.
—El dueño de todo.
—¿El que parece que nunca sonríe?
—Ese.
Eduardo leyó por encima de mi hombro.
—Cassian Beaumont no asiste a reuniones operativas.
—Tal vez este proyecto es especial.
Eduardo no respondió inmediatamente. Como humano, no podía percibir el peso sobrenatural de aquel apellido, pero llevaba décadas negociando con personas poderosas y reconocía una anomalía cuando la veía.
—O tal vez quiere saber quién ganó su contrato.
Aquella noche intenté convencerme de que la presencia de Cassian no significaba nada. Beaumont Crown manejaba miles de millones. Era lógico que su fundador supervisara una expansión crítica.
No tenía ningún motivo para pensar que el Rey Alfa más poderoso del continente pudiera interesarse en mí.
Y, sin embargo, mientras guardaba la carta, Liora volvió a moverse.
Esta vez no dijo una palabra.
Solo golpeó una vez contra el silencio, como si algo muy lejano acabara de llamarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.