El martes llegué a Beaumont Crown con diecisiete minutos de anticipación, un traje azul oscuro y la firme intención de no hacer nada vergonzoso delante del hombre más poderoso de la industria.
A los treinta segundos de entrar, mi credencial provisional quedó atrapada en el torniquete.
—No puede ser —murmuré mientras tiraba discretamente de la cinta.
Lucía, que ya había cruzado, regresó al otro lado del vidrio.
—¿Necesitas ayuda?
—No.
—Estás unida al edificio.
—Es una negociación preliminar.
El guardia de seguridad liberó la credencial con una tarjeta maestra y fingió no sonreír. Le agradecí con la poca dignidad que me quedaba.
—Excelente comienzo —dijo Lucía cuando llegamos al ascensor.
—No volveremos a hablar de esto.
—Voy a contarlo en tu funeral.
—Morirás antes.
—Amenazar a tu asistente tampoco es muy CEO.
—Entonces deja de poner a prueba mi liderazgo.
La sala de reuniones principal ocupaba el extremo oriental del piso cincuenta y dos. Las paredes de vidrio mostraban una vista completa de Silvercrest, y la mesa oscura parecía lo bastante larga para firmar tratados de paz entre países. Niccolas estaba junto a una pantalla conversando con varios directores. Nos recibió con la misma cortesía controlada de siempre.
—Señorita Salvatore. Señorita Méndez.
—¿El comité está completo? —pregunté.
—Casi.
No necesitó explicar quién faltaba.
A las diez en punto, la puerta se abrió.
El aire cambió.
No fue una metáfora. La presión de un Alfa poderoso llenó la sala antes de que el hombre diera el segundo paso. Los lobos presentes bajaron la cabeza apenas, un gesto tan breve que los humanos probablemente no notaron. Yo sentí a Liora levantarse dentro de mí con una violencia que no experimentaba desde hacía años.
Cassian Beaumont entró acompañado por dos asesores.
La fotografía corporativa no le hacía justicia.
Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro. El traje negro estaba hecho para un cuerpo demasiado poderoso para parecer completamente civilizado, y su expresión tenía la dureza de alguien acostumbrado a que una habitación entera reorganizara sus prioridades cuando él aparecía. No era hermoso de la manera casi perfecta de Arthur. Cassian era otra cosa. Más maduro. Más peligroso. El tipo de hombre que no necesitaba demostrar que tenía poder porque todos podían sentirlo.
Sus ojos recorrieron la mesa.
Llegaron a mí.
Y se detuvieron.
Cassian quedó completamente inmóvil.
Solo durante un segundo.
Después su mano se cerró lentamente junto al cuerpo.
Liora lanzó un sonido débil, confuso, y desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado.
Yo no sentí reconocimiento.
No hubo calor, ni vínculo, ni aquella certeza absoluta que había experimentado al conocer a Arthur. Solo una presión extraña en el pecho y la incómoda sensación de que Cassian Beaumont acababa de encontrar algo que no esperaba ver.
Niccolas lo observó.
—Señor Beaumont.
Cassian no respondió de inmediato. Continuaba mirándome.
Tal vez mi credencial estaba torcida.
La corregí discretamente.
Sus ojos descendieron al movimiento de mis dedos y regresaron a mi rostro.
Definitivamente estaba haciendo algo mal.
—Comencemos —ordenó finalmente.
Su voz era profunda y contenida.
Tomó asiento en la cabecera, justo frente a mí.
La reunión empezó con una explicación general del proyecto. Niccolas dirigió los primeros puntos, pero yo podía sentir la mirada de Cassian cada vez que intervenía. No era una mirada distraída. Era intensa, fija, casi irritada.
A los quince minutos estaba convencida de que no le gustaba.
A los treinta, estaba segura de que lamentaba habernos adjudicado el contrato.
Cuando presenté el cronograma inicial, Cassian apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Explique nuevamente la fase de revisión diplomática.
Lo hice.
—¿Quién la dirigirá?
—Yo durante los primeros seis meses.
—¿Personalmente?
—Sí.
Algo oscuro y satisfecho cruzó sus ojos.
—Bien.
Continué. Un director financiero me interrumpió a mitad de una respuesta.
—La señorita Salvatore está subestimando el tiempo necesario para la validación regional.
Antes de que pudiera contestar, Cassian giró la cabeza hacia él.
—No había terminado.
La sala quedó en silencio.
El hombre se reclinó.
—Por supuesto.
Cassian volvió a mirarme.
—Continúe.
Yo continué, aunque ahora estaba aún más confundida. Si quería despedirme, tenía una manera extraña de demostrarlo.
Después de dos horas, Niccolas dio por finalizada la reunión. Los ejecutivos empezaron a guardar sus documentos. Yo cerré mi computadora y me puse de pie.
—Señorita Salvatore.
La voz de Cassian me detuvo.
Lucía me miró. Yo le hice una seña discreta para que continuara.
Cassian esperó hasta que la sala quedó casi vacía. Niccolas permaneció junto a la puerta.
—¿Nos hemos visto antes? —preguntó.
La pregunta no era lo que esperaba.
—No que yo recuerde.
Su mandíbula se tensó.
—¿Está segura?
—Normalmente recuerdo a los hombres que poseen edificios de cincuenta y dos pisos.
Niccolas bajó la mirada. Creí ver una sonrisa.
Cassian, en cambio, me observó con una intensidad que me hizo consciente de cada respiración.
—Salvatore —dijo, como si probara el apellido—. ¿De qué región procede su familia?
El cambio de tema me puso en guardia.
—Del norte.
—¿Manada?
El corazón me dio un golpe.
—Esa información no es relevante para el proyecto.
Sus ojos se endurecieron, pero no por enfado conmigo. Parecía enfadado consigo mismo.
—Tiene razón.
Me sorprendió.
Los Alfas raramente aceptaban un límite con tanta facilidad.
—¿Hay algún problema con nuestra participación? —pregunté.
—No.
—Me ha observado durante toda la reunión.
Niccolas cerró los ojos durante medio segundo, como si acabara de presenciar una colisión inevitable.
Cassian se levantó.
El movimiento lo hizo parecer todavía más grande.
—Observo todo lo que afecta a mi empresa.
—Entiendo.
No entendía nada.
—A partir de ahora participaré personalmente en las negociaciones —añadió.
—Creí que el señor Niccolas era el responsable.
—Lo era.
Niccolas no pareció ofendido. De hecho, parecía divertirse.
—¿Y por qué cambia la estructura?
Cassian dio un paso hacia mí. No invadió mi espacio, pero su presencia lo llenó por completo.
—Porque este contrato requiere mi atención.
La respuesta era perfectamente profesional.
La forma en que pronunció “mi atención” no lo fue.
Me obligué a sostenerle la mirada.
—Entonces enviaré el calendario actualizado a su oficina.
—No será necesario. Mi equipo lo hará.
—Nuestra agenda también debe ser considerada.
Por primera vez, algo cercano a una sonrisa apareció en su boca.
Fue apenas una curva. Peligrosa. Inesperada.
—Considéreme advertido, señorita Salvatore.
Salí de la sala con las piernas demasiado conscientes de sí mismas. Lucía me esperaba junto al ascensor.
—¿Qué quería?
—No lo sé.
—¿Te va a despedir?
—Creo que sí.
Las puertas se cerraron.
En el último instante vi a Cassian todavía de pie al fondo del pasillo, mirándome.
—Bella —dijo Lucía lentamente—, ese hombre no te mira como si quisiera despedirte.
—¿Cómo me mira?
Ella abrió la boca, lo pensó y negó con la cabeza.
—Todavía no estoy segura. Pero deberíamos comprar extintores.