Cassian
Ragnar reconoció a Anabella antes que yo.
La puerta de la sala todavía no se había cerrado cuando mi lobo se lanzó contra mis costillas con una fuerza que me hizo detenerme frente a doce ejecutivos.
*Mate.*
La palabra no fue un susurro. Fue un rugido.
Durante cuarenta años había escuchado historias sobre aquel instante. Reyes, Alfas y guerreros describían el reconocimiento como una certeza inmediata, una unión trazada por la Diosa mucho antes del nacimiento. Yo nunca había confiado demasiado en las versiones románticas. Había visto vínculos destruir manadas, convertir hombres sensatos en idiotas y justificar decisiones que ningún gobernante debería tomar.
Aun así, nada me había preparado para ella.
Cabello castaño. Ojos verdes. Piel clara. Una expresión profesional que intentaba ocultar nervios y una energía luminosa que no pertenecía a aquella sala llena de hombres que medían su valor en cifras.
Mía, dijo Ragnar.
No respondí.
Porque Anabella no reaccionó.
No levantó la cabeza con reconocimiento. No buscó mi olor. No mostró sorpresa, deseo ni dolor. Corrigió su credencial, como si creyera que yo la miraba porque estaba mal colocada.
Y cuando intenté percibir a su loba, encontré silencio.
No ausencia.
Silencio.
Era diferente. Una loba muerta dejaba un vacío frío. La suya estaba allí, escondida detrás de algo que no pude atravesar sin invadirla.
Me senté antes de que alguien notara cuánto esfuerzo requería mantenerme inmóvil.
Niccolas lo notó.
Por supuesto.
Mi Beta había pasado treinta años interpretando cada variación de mi respiración. Durante la reunión evitó mirarme directamente, lo cual era su forma de anunciar que ya sabía demasiado.
Yo escuché la presentación, hice preguntas y memoricé cada palabra que pronunciaba Anabella. También memoricé la manera en que mordía apenas el interior de su mejilla antes de responder algo complejo. La forma en que sus dedos rodeaban el bolígrafo. La paciencia con que esperaba a que un ejecutivo terminara de explicar algo que ella claramente ya había comprendido.
Cuando Hargrove la interrumpió, Ragnar mostró los colmillos.
*Arráncale la garganta.*
*Por interrumpirla no podemos arrancarle la garganta.*
*Podemos.*
La lógica de mi lobo era sencilla y, en ocasiones, atractiva.
Me limité a ordenar que la dejara hablar.
Después de la reunión, retuve a Anabella porque necesitaba escuchar su voz sin una mesa llena de personas entre nosotros. Fue un error. De cerca, su olor era suave, cálido, con un fondo de lluvia y hojas. No contenía el aroma pleno de una loba activa, pero era suficiente para volver a Ragnar imposible.
Le pregunté si nos habíamos visto antes.
Una pregunta estúpida.
La respuesta era evidente.
Si me hubiera visto, yo la habría recordado.
Cuando mencioné su manada, se cerró inmediatamente. Había dolor allí. También orgullo. Retrocedí porque no quería que mi primer acto consciente hacia mi Mate fuera obligarla a responder.
Ella notó que la observaba.
Me lo dijo directamente.
Nadie hacía eso.
La mayoría de las personas pasaba años aprendiendo a evitar mi mirada. Anabella la sostuvo y exigió una explicación como si yo fuera simplemente otro hombre ocupando demasiado espacio en una reunión.
Ragnar quedó fascinado.
Yo también.
—Vas a romper la mesa —dijo Niccolas cuando el ascensor se llevó a Anabella.
Miré mi mano. Tenía los dedos cerrados sobre el borde de madera.
La solté.
—Cierra la puerta.
Niccolas obedeció. Se apoyó contra ella con los brazos cruzados.
—¿Quieres que finja que no ocurrió?
—No.
—Excelente, porque no podría.
—Es ella.
Mi voz sonó más grave de lo normal.
Niccolas dejó de sonreír.
—¿Tu Mate?
Ragnar volvió a golpear dentro de mí.
—Sí.
Mi Beta respiró lentamente.
—No te reconoció.
—Lo sé.
—Y no pude sentir a su loba con claridad cuando la conocí.
—Está ahí.
—¿Herida?
—No lo sé.
La incertidumbre era una sensación que detestaba. Había construido un imperio precisamente para reducirla. Si existía una amenaza, la identificaba. Si había un problema, lo dividía en partes y encontraba una solución. Pero no podía analizar a Anabella como a una empresa ni ordenar a su loba que despertara.
—Necesito saber qué ocurrió —dije.
Niccolas me recordó mi propio mensaje.
—Me ordenaste no invadir su vida privada.
—Ahora existe una razón de seguridad.
—Para ella o para ti.
Lo miré.
—Ambos.
Niccolas tardó un instante en asentir.
—Haré una investigación limitada. Antecedentes de manada, salud y cualquier vínculo previo. Nada que no sea necesario.
—No la contactes.
—Cassian, acabas de apropiarte de las negociaciones para verla tres veces por semana.
—Eso es distinto.
—Por supuesto.
—Cuidado.
—Soy muy cuidadoso. Por eso todavía tengo cabeza.
Se marchó con una sonrisa que prometía convertirse en un problema.
Yo pasé el resto del día intentando trabajar. Firmé adquisiciones, respondí a dos ministros y rechacé una inversión minera. Nada consiguió apartar de mi mente la imagen de Anabella alejándose hacia el ascensor.
Durante años había utilizado el sexo como otros hombres utilizaban el alcohol: una descarga ocasional, sin promesas, sin repeticiones y sin espacio para confusiones. Nunca llevaba a una mujer a mi residencia privada. Nunca permitía que una relación interfiriera con el trabajo. No era desprecio. Era falta de tiempo y de interés.
Desde el instante en que vi a Anabella, la idea de tocar a otra mujer me produjo rechazo.
Ragnar se instaló cerca de la superficie.
*Ve por ella.*
*No sabe quién soy.*
*Mate.*
*Está asustada de los Alfas.*
Mi lobo gruñó.
Había percibido lo mismo.
Aquella noche cancelé una cena, regresé al ático y permanecí frente a la ventana hasta que las luces de Silvercrest se encendieron bajo la lluvia. A las once y treinta y siete, Niccolas llamó.
—Encontré el registro de su antigua manada.
—Habla.
—Blackwood.
Conocía el nombre. Arthur Blackwood, Alfa de una manada mediana del norte, ambicioso, orgulloso y con más reputación social que poder real.
—Continúa.
Niccolas guardó silencio.
—Anabella Salvatore fue su Mate destinada.
Ragnar quedó inmóvil.
—Fue.
—Blackwood la rechazó hace siete años. Se vinculó después con otra loba, Tatiana Hale. Anabella aceptó el rechazo y abandonó la manada al día siguiente.
El vidrio de la ventana crujió bajo mi mano.
—¿Por qué?
—Los registros públicos de la manada dicen incompatibilidad con las responsabilidades de Luna.
—Eso no significa nada.
—No. También encontré una referencia médica cerrada poco después. Pérdida de conexión con su loba tras ruptura traumática del vínculo.
La furia llegó fría.
No grité. Nunca lo hacía. El silencio era mucho más útil para quienes me conocían.
—¿Dónde está Blackwood?
—Cassian.
—Pregunté dónde está.
—En su territorio, casado con la otra loba. Antes de que hagas algo irreversible, recuerda que Anabella construyó una vida lejos de él. No sabemos qué quiere.
Tenía razón.
Lo odié por eso.
Ragnar arañó mi interior, exigiendo sangre, territorio y reparación. Yo cerré los ojos y vi a Anabella sosteniendo mi mirada, orgullosa incluso cuando una pregunta sobre su manada le había causado dolor.
No necesitaba otro Alfa decidiendo por ella.
—No contactes a Blackwood —ordené.
Niccolas exhaló.
—Bien.
—Y nadie le dirá que es mi Mate.
—¿Estás seguro?
—La rechazaron, perdió a su loba y pasó años reconstruyéndose. No voy a entrar en su vida reclamando un vínculo que ella ni siquiera puede sentir.
33
Ragnar protestó.
—Esperaré —dije, para mi Beta y para mi lobo—. Hasta que confíe en mí. Hasta que pueda elegir.
—Eso podría llevar tiempo.
Miré la ciudad.
—Tengo tiempo.
Era una mentira.
Después de un solo día, la idea de mantenerme lejos de ella ya me resultaba insoportable.