Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Reuniones que podían ser correos

Durante las dos semanas siguientes, Cassian Beaumont descubrió una cantidad sorprendente de razones para convocarme a su oficina.
La primera reunión fue para revisar el calendario general. Duró cuarenta minutos.
La segunda, para discutir la terminología de tres cláusulas que Niccolas y yo ya habíamos aprobado. Duró una hora.
La tercera fue sobre un informe de riesgos que podía haberse resuelto con un correo de cinco líneas, pero Cassian insistió en analizar personalmente cada escenario mientras yo permanecía sentada frente a su escritorio preguntándome qué crimen profesional había cometido para merecer semejante supervisión.
El viernes de la segunda semana, Lucía dejó caer una carpeta sobre mi mesa.
—Tu novio corporativo quiere verte a las cuatro.
Casi derramé el café.
—No es mi novio.
—Por supuesto.
—Es el cliente.
—Un cliente que cambió tres reuniones para adaptarse a tu agenda.
—El proyecto es importante.
—Un cliente que preguntó ayer por qué no habías almorzado.
—Eso fue control operativo.
—Un cliente que envió comida para todo el equipo quince minutos después.
—Responsabilidad social empresarial.
Lucía se sentó frente a mí.
—Bella, ese hombre te mira como si estuviera intentando recordar cómo se respira.
—Me mira como si estuviera evaluando dónde esconder mi cuerpo.
—También es posible. Es muy intenso.
Liora se movió dentro de mí.
*No odia.*
La respuesta fue tan clara que dejé de sonreír.
*¿Qué?*
Silencio.
Esperé. Nada.
Lucía chasqueó los dedos frente a mi cara.
—¿Liora?
—Dijo que no me odia.
—Tu loba tiene ojos.
—Eso no explica nada.
—Explica bastante.
A las cuatro llegué a la oficina de Cassian. Su asistente me hizo pasar sin anunciarme, lo cual empezaba a ocurrir con una frecuencia inquietante. El despacho ocupaba la esquina más alta de la torre, con paredes de vidrio, una mesa de reuniones y una biblioteca que demostraba que alguien había comprado libros por razones distintas a decorar.
Cassian estaba de pie junto a la ventana, sin saco y con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos.
Mi cerebro, que en teoría estaba entrenado para interpretar tratados internacionales, dejó de funcionar durante un segundo.
Él se giró.
Sus ojos descendieron por mi rostro con una lentitud contenida.
—Llegó temprano.
—Dos minutos.
—Sigue siendo temprano.
—¿Prefiere que espere afuera para preservar el orden del universo?
La esquina de su boca se movió.
—Siéntese, Anabella.
Era la primera vez que utilizaba mi nombre.
No “señorita Salvatore”. Anabella.
Algo cálido se deslizó por mi espalda.
Me senté antes de que mis piernas decidieran participar en la conversación.
Sobre la mesa había dos cafés. Tomé el que estaba más cerca y lo probé. Tenía exactamente la cantidad de leche y azúcar que yo prefería.
—¿Cómo sabe cómo tomo el café?
Cassian abrió una carpeta.
—Observación.
—Eso suena menos tranquilizador de lo que cree.
—No pretendía tranquilizarla.
—Lo está haciendo muy bien.
Esta vez sonrió de verdad. Fue breve y transformó completamente su rostro. Por un instante dejó de parecer un rey dispuesto a declarar una guerra y se convirtió en un hombre demasiado atractivo sentado a menos de un metro de mí.
Aparté la vista hacia la carpeta.
—¿Qué revisamos hoy?
—La asignación de oficinas.
—¿Oficinas?
—El proyecto requiere acceso permanente a nuestros equipos. He dispuesto una planta operativa para Virelli dentro de esta torre.
—Nuestros analistas pueden trabajar desde nuestra sede con una conexión segura.
—Pueden. No lo harán.
Levanté la mirada.
—Eso no estaba en el contrato.
—Está dentro de las facultades logísticas del cliente.
—Y sujeto a coordinación con el proveedor.
Cassian se reclinó lentamente.
Ragnar —aunque yo todavía no conocía su nombre— pareció asomarse detrás de sus ojos.
—Coordine conmigo.
—No traslado equipos enteros porque usted lo ordene en una reunión improvisada.
—No es improvisada.
—Tiene razón. Estaba programada para discutir algo que podría haber enviado por correo.
El silencio duró dos segundos.
Después Cassian soltó una risa baja.
Fue un sonido inesperado, áspero por falta de uso. Yo me quedé mirándolo.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Está sorprendida.
—No sabía que podía reír.
—No ocurre con frecuencia.
—Debería practicar. Reduce la impresión de que planea adquisiciones hostiles durante el desayuno.
Su sonrisa desapareció lentamente, pero sus ojos conservaron algo cálido.
—Aceptaré un equipo mixto —dijo—. La mitad aquí, la mitad en Virelli. Usted trabajará desde esta sede tres días por semana.
—Dos.
—Tres.
—Dos y medio.
—Eso no existe.
—Acaba de existir.
Cassian me observó. Yo sostuve la mirada.
—Tres, pero conservaré autoridad total sobre mi equipo —concedí—. Y cualquier cambio de personal se discutirá conmigo, no se ordenará.
—Aceptado.
—Eso fue demasiado fácil.
—No todo tiene que ser una batalla.
—Usted comenzó con una orden.
—Y usted respondió con una amenaza contractual.
—Funcionó.
—Lo sé.
La forma en que lo dijo hizo que el aire se volviera más denso.
Un golpe en la puerta interrumpió el momento. Entró Daniel Mercer, director de desarrollo regional. Era humano, joven y excesivamente consciente de su propio encanto. Habíamos trabajado juntos durante la primera semana y ya me había invitado a cenar dos veces.
—Cassian, necesito tu firma en… —Se detuvo al verme—. Anabella. No sabía que estabas aquí.
—Eso suele ocurrir cuando una persona entra sin esperar respuesta —dijo Cassian.
Daniel ignoró el tono.
—¿Sigue en pie lo de esta noche?
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—La cena del equipo. Te envié un mensaje.
—No lo vi.
—Podemos ir nosotros y que el resto se sume después.
La temperatura de la oficina descendió varios grados.
Cassian dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—La señorita Salvatore tiene una jornada extensa mañana.
Daniel lo miró.
—Puede responder por sí misma.
—Sí —intervine antes de que uno de los dos decidiera demostrar dominancia en una oficina llena de vidrio—. Y mi respuesta es que no puedo esta noche. Gracias.
Daniel sonrió.
—Otro día.
Cassian no habló hasta que la puerta se cerró.
—Mercer no es adecuado para usted.
Parpadeé.
—¿Disculpe?
—Tiene un historial de relaciones con personal subordinado.
—No soy su subordinada.
—Eso no mejora su criterio.
—Mi vida personal no forma parte del Proyecto Crown Meridian.
La mandíbula de Cassian se endureció.
—No.
—Entonces no la evalúe.
Durante un momento creí que discutiría. En cambio, bajó la mirada.
—Tiene razón.
Otra vez.
La facilidad con que reconocía un límite empezaba a desarmarme más que su arrogancia.
Recogí mi carpeta.
—Enviaré mañana el plan de traslado parcial.
—Anabella.
Me detuve junto a la puerta.
—No pretendía ofenderla.
La disculpa parecía costarle físicamente.
—Lo sé.
—Mercer realmente no es adecuado.
Lo miré.
Cassian mantuvo una expresión completamente seria.
Me reí antes de poder evitarlo.
—Buenas tardes, señor Beaumont.
—Cassian.
Mi mano quedó sobre el picaporte.
—Buenas tardes, Cassian.
Salí con una sonrisa que desapareció en cuanto vi a Niccolas apoyado contra la pared del pasillo.
—¿Algo divertido? —preguntó.
—Su jefe necesita aprender límites.
—Llevo décadas intentándolo.
—No ha tenido éxito.
—Hoy se disculpó. Considero eso un avance histórico.
Regresé a Virelli convencida de que Cassian era arrogante, controlador, irritante y peligrosamente difícil de ignorar.
Esa noche, mientras intentaba dormir, Liora pronunció una sola palabra.
*Seguro.*
No entendí si se refería al edificio, al proyecto o al hombre que había intentado organizar mi vida personal sin permiso.
Pero fue la primera vez que mi loba utilizó esa palabra desde Arthur.




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