Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Lo que hicieron contigo

Cassian

El informe completo llegó a las dos y cuarenta y siete de la madrugada. No estaba durmiendo. Dormir había dejado de ser una posibilidad razonable aproximadamente veinticuatro horas antes, cuando descubrí que mi Mate había sido rechazada por otro Alfa y que aquel rechazo probablemente explicaba por qué su loba apenas podía acercarse a la superficie. Leí el informe una vez. Después otra. En la tercera lectura dejé de buscar hechos y empecé a buscar una explicación que no me obligara a viajar personalmente al territorio Blackwood para cometer un incidente diplomático. No la encontré.
Arthur Blackwood había reconocido a Anabella a los diecinueve años. Siete años de vínculo. Compromiso formal. Ceremonia de unión programada. Cancelación tres días antes. Designación inmediata de Tatiana Volkov como candidata a Luna. Rechazo público ante el Consejo. Aceptación del rechazo por parte de Anabella. Desvinculación de la manada. Todo estaba escrito con el lenguaje limpio y neutral de los registros
oficiales. No decía que había llorado. No decía cuánto había dolido. No decía qué había sentido su loba cuando el hombre destinado a proteger el vínculo eligió destruirlo frente a una sala llena de personas. Los documentos administrativos eran excelentes para convertir tragedias en fechas. Cerré la carpeta. Mi lobo seguía inquieto.
*Encontrarlo.*
—No.
*Hacer pagar.*
—No.
La respuesta no significaba que no quisiera. Significaba que no podía actuar sobre una historia que Anabella no me había contado. Ella no me pertenecía. Su dolor tampoco. La puerta de mi estudio se abrió. Niccolas entró con dos cafés.
—Son casi las tres.
—Lo sé.
—Entonces sabes que las personas normales duermen.
—Tú estás aquí.
—Nunca afirmé ser normal.
Dejó una taza frente a mí y miró la carpeta.
—¿Cuánto leíste?
—Todo.
—¿Y?
—Blackwood es un idiota.
—Eso no requería un informe.
—Quiero hablar con él.
Niccolas se sentó.
—No.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Eres mi Rey Alfa. Mi primo. Mi jefe. Y, ocasionalmente, una persona razonable. En este asunto voy a priorizar la cuarta versión, aunque aparezca poco.
—Cuidado.
—Si hablas con Blackwood ahora, sabrá que Anabella es importante para ti.
—Lo es.
—Ella no sabe eso.
Silencio.
Niccolas bebió café.
—Tampoco sabes cuánto conoce él de su vida actual. Según el informe, le envió cartas durante años, pero no hay respuestas.
Mi mandíbula se tensó.
—Las cartas terminarán.
—No puedes decidir eso.
Lo sabía. Odiaba saberlo.
—Si la incomoda...
—Si la incomoda, ella decidirá qué hacer. Y si pide ayuda, entonces intervienes.
Mi lobo gruñó. Niccolas ni siquiera pestañeó.
—Puedes intimidarme cuando termine el café.
Me levanté y caminé hacia la ventana. La ciudad estaba casi oscura.
—No la reconoce.
—¿A quién?
—A mí.
—Eso ya lo sabemos.
—No. No me reconoce como Mate. Pero tampoco parece reconocer el rango.
Niccolas pensó.
—Tal vez su loba está demasiado lejos.
—Me sintió cuando la toqué.
—Entonces existe una respuesta.—Débil.
—Sigue siendo una respuesta.
Apoyé las manos en el vidrio.
—¿Qué se supone que haga?
Niccolas tardó tanto en contestar que me giré. Estaba sonriendo.
—Te parece divertido.
—Un poco.
—Niccolas.
—Nunca te escuché preguntar qué hacer con una mujer.
—No es una mujer cualquiera.
—Lo sé.
—Entonces responde.
Se reclinó en la silla.
—Nada.
Lo miré.
—¿Nada?
—Por ahora.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que probablemente no la haga huir.
Mi lobo no estuvo de acuerdo. Yo sí. Eso fue peor.
—Fue rechazada por su primer Mate —continuó—. Perdió a su loba durante años. Se marchó sola, construyó una vida, llegó a dirigir una empresa y no respondió una sola carta del hombre que la rechazó. ¿Crees que su mejor reacción al descubrir que tiene un segundo Mate será agradecer que un Rey Alfa aparezca para explicarle que el destino volvió a decidir por ella?
No. Claramente no.
—No puedo mentirle.
—No te pedí que mintieras.
—Ocultar esto es mentir.
—No necesariamente. Ella no puede sentir el vínculo. Tú todavía no sabes por qué. Darle una verdad que no puede experimentar podría sentirse como una imposición. Cerré los ojos. Lo odiaba. Porque tenía razón.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que confíe en ti.
—Eso puede tardar.—Es una posibilidad.
—No me gusta.
—También es una posibilidad.
Me volví hacia él.
—Estás disfrutando demasiado.
—He esperado treinta y nueve años para verte impaciente por algo que no sea un
balance trimestral.
—Vete.
—Termino el café.
A las siete y media de la mañana estaba en la oficina. A las ocho, Anabella envió el plan de implementación revisado. Dijo que lo enviaría por la tarde. Lo había terminado antes. Leí cada página. No porque fuera necesario. Porque era suyo. Eso comenzó a preocuparme. Durante años, mi vida personal había sido simple por decisión. No tenía tiempo para relaciones. Tampoco interés en mantenerlas. Cuando necesitaba compañía, la buscaba con reglas claras: una noche, consentimiento, discreción, ninguna promesa. No era un santo. Nunca había fingido serlo. Pero desde que había tocado la mano de Anabella, la idea de otra mujer me resultaba absurda. No moralmente. Físicamente. Mi lobo rechazaba incluso el pensamiento. Cancelé una cena que ya estaba acordada para el viernes. La mujer al otro lado del teléfono no pareció sorprendida.
—Finalmente apareció alguien —dijo.
—No es asunto tuyo.
—Eso es un sí.
Corté. A las nueve, convoqué una reunión con el equipo de implementación. Niccolas entró el último. Miró la pantalla. Después el orden del día. Después a mí.
—Veo que ahora tienes un interés intenso en gobernanza lingüística.
—Es un proyecto de cuarenta y siete países.
—Naturalmente.
Anabella llegó con dos miembros de su equipo. Llevaba el cabello suelto. No fue relevante. Mi lobo consideró que sí.
—Buenos días —dijo.
—Anabella.
Sus ojos se detuvieron en mí. Todavía le resultaba extraño que utilizara su nombre. Bien. A mí también. La reunión duró tres horas. Yo intenté limitar mis intervenciones. No funcionó. Cada vez que alguien cuestionaba su plan, quería escuchar su respuesta.
Cada vez que hablaba, encontraba otra razón para mantenerla en la sala. Al final, todos salieron salvo Niccolas. Él cerró la puerta.
—Veintidós.
—¿Qué?
—Intervenciones.
—Estás contando cosas inútiles.
—Me entretengo.
—Busca un pasatiempo.
—Esto es gratis.
Le lancé una carpeta. La atrapó. Desgraciadamente.
—Necesitamos reorganizar el gobierno del proyecto —dije.
—Claro.
—Quiero revisión ejecutiva semanal.
—Mensual era suficiente ayer.
—El alcance cambió.
—No cambió.
—La exposición estratégica sí.
—Tampoco.
Lo miré. Niccolas sonrió.
—¿Quieres verla todas las semanas?
—Quiero controlar el proyecto.
—Puedes controlar el proyecto desde un informe.
—No es igual.
—Eso pensé.
—No necesito tu opinión.
—Entonces no sé por qué sigo viniendo a estas reuniones.
Porque era mi Beta. Porque confiaba en él más que en cualquier otra persona. Porque, sin decirlo, sabía que necesitaba a alguien capaz de recordarme dónde terminaba el instinto y empezaba el derecho de Anabella a vivir sin ser absorbida por mi vida.
—Prepara la revisión semanal —dije.
—Sí, Majestad.
—No me llames así en la oficina.
—Sí, Cassian completamente racional y profesional.
—Fuera.
Durante las siguientes tres semanas, vi a Anabella cuatro veces. Reuniones. Siempre reuniones. Eso era lo que me decía. Aprendí que llevaba café con leche pero olvidaba beberlo cuando trabajaba. Que su asistente tenía una capacidad extraordinaria para entrar en cualquier sala como si le perteneciera. Que Anabella sonreía más con su equipo que conmigo. Ese último detalle me molestó. Irracionalmente. También
descubrí que era capaz de discutir conmigo. No por demostrar fuerza. Por convicción.
—No voy a aprobar esto —dijo en nuestra cuarta reunión.
Estábamos solos. Otra vez. El informe de seguridad del proyecto estaba entre nosotros.
—No le pedí aprobación.
—Entonces no entiendo por qué me llamó.
—Quería su opinión.
—Se la di.
—Y está equivocada.
Sus ojos verdes se estrecharon. Mi lobo se interesó.
—Entonces deje de pedírmela.
—Eso sería poco eficiente.
—¿Le gusta discutir?
—No.
—Podría haberme engañado.
La observé.
—¿Usted siempre habla así con los clientes?
—Solo con los agotadores.
Recordé nuestra primera conversación. Sonreí. Ella me miró con sospecha.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Sonreír cuando estoy intentando estar enojada.
Mi lobo se quedó inmóvil.
—¿La distrae?
Anabella abrió la boca. La cerró. Un leve color apareció en sus mejillas. Algo oscuro y posesivo se movió dentro de mí. No. No podía acercarme más. Todavía no. Me recosté en la silla.
—Su objeción.
Ella tardó un segundo en recuperar el hilo.
Bien.
No era el único afectado.
—El sistema de seguridad permite a Beaumont acceder a todos los dispositivos asignados al proyecto, incluidos equipos de Virelli.
—Por razones de confidencialidad.
—Entonces entregue dispositivos propios.
—Eso duplicaría infraestructura.
—Usted tiene un edificio de setenta y nueve pisos.
—Ese argumento no es técnico.
—Tampoco lo es decir “es caro” cuando su empresa factura más que algunos países.
La miré. Anabella levantó la barbilla.
—Dispositivos separados —dije.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Aprobado.
—Ah.
—¿Eso es todo?
—Tenía otros argumentos.
—Puede guardarlos.
—Qué decepción.
Quería reír. No lo hice.
—Anabella.
—¿Sí?
—¿Se siente segura trabajando aquí?
La pregunta salió sin preparación. Su expresión cambió.
—¿A qué se refiere?
Maldije mentalmente.
—Beaumont Crown maneja información sensible. Quiero saber si las medidas de seguridad interfieren con su trabajo.
No era lo que había preguntado. Ella lo sabía.
—Estoy bien.
La respuesta fue automática. Demasiado rápida. Pensé en el informe. En las cartas de
Blackwood. En Tatiana Volkov. No podía mencionar nada.
—Bien.
Anabella recogió sus cosas. Cuando llegó a la puerta, se detuvo.
—Cassian.
—¿Sí?
—No necesita vigilarme.
Mi cuerpo se tensó.
—No lo hago.
Ella me miró. No me creyó completamente.
—Bien.
Se marchó. Niccolas apareció cinco minutos después.
—Tenemos un problema.
Lo miré.
—¿Qué?
—Eres terrible fingiendo indiferencia.
—Eso no es un problema.
—Para ti, quizá no.
Dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—También hay esto.
Era una propuesta de Virelli para ampliar su equipo dedicado al proyecto. Necesitaban contratar personal, alquilar más espacio y establecer una operación segura permanente. Leí los números.
—Su edificio no tiene capacidad.
—No.
—Podrían trasladar el equipo aquí.
Niccolas se quedó inmóvil.
—Podrían.
Miré la distribución de la torre. El piso setenta y siete tenía espacio libre junto al área ejecutiva. Demasiado cerca. Mi lobo aprobó inmediatamente. Yo debería haber considerado aquello una advertencia.
—Prepara una propuesta.
Niccolas no se movió.
—¿Solo para el equipo del proyecto?
—Sí.
—Por supuesto.
—¿Qué?
—Nada.
—Di lo que estás pensando.
—Estoy pensando que primero asumiste personalmente las negociaciones. Después creaste reuniones semanales. Ahora quieres instalar su empresa un piso debajo de tu oficina.
—Su equipo.
—Naturalmente.
Dejé la carpeta.
—Es eficiente.
—Cassian.
—¿Qué?
—Algún día tendrás que admitir que quieres tenerla cerca.
Mi respuesta fue inmediata.
—Ya lo admití.
Niccolas parpadeó. Eso consiguió callarlo. Por fin. Me levanté.
—La diferencia es que quererla cerca no me da derecho a obligarla.
Miré la propuesta otra vez.
—Así que haremos una oferta que tenga sentido para su empresa.
Niccolas recuperó la voz.
—¿Y si dice que no?
Mi lobo gruñó. Yo pensé en Anabella mirándome a los ojos, rechazando cláusulas, costos y decisiones sin bajar la cabeza.
—Entonces será no.
No me gustaba. Pero empezaba a entender que, con ella, las únicas cosas que valdrían la pena serían las que eligiera libremente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.