Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El cliente más insoportable del planeta

Trabajar con Cassian Beaumont era como trabajar con una tormenta que sabía usar traje. No gritaba. Eso habría sido más sencillo. Las personas que gritaban te permitían enojarte con ellas. Cassian hacía preguntas. Muchas. Precisas. Incómodas. La clase de preguntas que obligaban a revisar una decisión que cinco minutos antes parecía perfecta. Y, para mi desgracia, casi siempre escuchaba las respuestas.
—No sé si lo odio o lo respeto —le dije a Lucía un jueves por la noche.
Ella estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, revisando mi agenda del día siguiente.
—Puedes hacer ambas cosas.
—Eso parece agotador.
—Tu relación con ese hombre ya es agotadora y ni siquiera tienen una relación.
Le lancé un almohadón. No llegó. Cayó a medio metro. Lucía miró el almohadón. Después a mí.
—Loba.
—Fue un mal ángulo.
—Claro.
El proyecto Beaumont llevaba seis semanas en funcionamiento y había cambiado prácticamente cada rutina de mi vida. Tres días trabajábamos desde Virelli. Dos, desde la torre Beaumont. Algunas reuniones comenzaban a las siete de la mañana para coordinar con Asia. Otras terminaban demasiado tarde porque alguien en Londres consideraba que la diferencia horaria era un problema filosófico de otros. Cassian
asistía a más reuniones de las necesarias. Yo había dejado de fingir que eso era normal. No sabía por qué lo hacía. Tampoco sabía por qué yo lo notaba tanto. Lo peor era que se estaba volviendo difícil mantener mi opinión inicial de que me detestaba. Las personas que te detestaban no recordaban cómo tomabas el café.
Cassian sí. La primera vez pensé que era casualidad. Entré a una reunión a las ocho y cinco después de haber atravesado cuarenta minutos de tráfico. Había una taza junto a mi lugar. Café con leche. Sin azúcar.
—¿Esto es mío?
Cassian no levantó la vista del informe.
—No.
Miré la única silla vacía. Después la taza.
—Entonces alguien tiene una relación peligrosa con la propiedad ajena.
Niccolas tosió. Yo lo miré. Él miró a Cassian. Cassian pasó una página.
—Es suyo.
—Acaba de decir que no.
—Preguntó si era suyo. Técnicamente es de Beaumont Crown hasta que lo beba.
Lo observé.
—Eso fue innecesariamente complicado.
—Llegó tarde.
—Cinco minutos.
—Por eso el café sigue caliente.
Me senté. No pregunté cómo sabía lo que bebía. Porque la respuesta me inquietaba más de lo razonable. Liora también reaccionaba a él. Cada vez que Cassian entraba en una habitación, mi loba se acercaba. No completamente. Nunca lo suficiente para transformarme. Pero estaba allí. Atenta. El primer mes pensé que era por su rango. Aunque yo no conocía oficialmente su título sobrenatural, ya no tenía dudas de que
Cassian era un Alfa. Uno extraordinariamente poderoso. Los lobos reaccionaban al poder. Eso era normal. Lo que no era normal era la calma. Arthur había llenado mi vínculo de intensidad. Deseo. Necesidad. Ansiedad. Con Cassian, cuando mi loba aparecía, sentía algo distinto.
Silencio.
No vacío. Silencio seguro. No quería analizarlo. Así que, naturalmente, Lucía lo analizaba por mí.
—Tu loba gusta de él.
—Mi loba no habla suficiente para confirmar eso.
—Se acerca cuando él está.
—Porque es un Alfa.
—También Niccolas.
—Cassian es más poderoso.
—Ah.
La miré.
—¿Qué significa “ah”?
—Nada.
—Lucía.
—Solo que llevas seis semanas buscando explicaciones científicas para por qué el multimillonario gruñón te altera el sistema nervioso.
—No me altera el sistema nervioso.
—Ayer te cambiaste de blusa tres veces antes de una reunión.
—La primera estaba arrugada.
—La segunda.
—Demasiado clara.
—La tercera.
—Era la correcta.
Lucía sonrió.
—Ciencia.
Me fui a dormir. O lo intenté. A la mañana siguiente, Beaumont Crown organizó una recepción privada para los directivos de las empresas asociadas al programa de expansión. No era una fiesta, insistieron. Había un cuarteto de cuerdas. Champaña.
Ciento cincuenta invitados. Pero no era una fiesta. Era “una instancia de vinculación estratégica”. Las corporaciones tenían un talento admirable para convertir cualquier cosa en una frase que sonara menos divertida. Elegí un vestido negro sencillo. Lucía lo rechazó.
—Pareces una viuda millonaria.
—Eso suena bastante bien.
—Verde.
—No.
—Verde oscuro.
—No quiero combinar con mis ojos.
—¿Por qué?
—Porque tú lo mencionaste.
—Tu lógica es infantil.
—Mi vestido es negro.
Al final usé verde. No por ella. El negro tenía una costura suelta. Esa es mi versión y pienso mantenerla. La recepción se realizó en el último piso de un hotel propiedad de Beaumont Crown. La ciudad brillaba detrás de las ventanas. Yo llevaba cuarenta minutos hablando con un representante chileno cuando sentí la presencia de Cassian antes de verlo. No era sobrenatural. Probablemente. Tal vez. Me negaba a investigar.
—Señora Salvatore.
El hombre frente a mí sonrió.
—Me han hablado mucho de usted.
—Espero que bien.
—Principalmente.
—Eso suena peligroso.
Se llamaba Adrian Rivas. Director regional de una empresa de infraestructura asociada. Humano. Treinta y tantos. Encantador de una manera muy consciente de ser encantadora. Hablamos de logística, regulación y un proyecto en Perú. Después dejó de hablar de trabajo.
—¿Siempre es así de seria?
—No soy seria.
—No ha dejado de hablar de contratos.
—Estamos en una recepción de trabajo.
—Eso es una excusa terrible.
Sonreí.
—No conozco otra.
—Podríamos encontrarla.
Algo en su tono fue claro. No desagradable. Simplemente claro. Habían pasado casi cuatro años desde Arthur. No había salido con nadie. No porque siguiera esperándolo. No porque todavía estuviera enamorada. Simplemente nunca había sentido que quisiera. Adrian era atractivo. Amable. Disponible. La clase de hombre con el que una mujer normal podía aceptar una cena sin convertirla en una crisis existencial.
—Podríamos empezar con...
—Salvatore.
La voz de Cassian llegó detrás de mí. No Anabella. Salvatore. Me giré. Estaba de pie a menos de dos metros. Traje negro. Sin corbata. Expresión completamente ilegible.
—Cassian.
Sus ojos pasaron de mí a Adrian.
—Rivas.
—Beaumont.
El ambiente se enfrió aproximadamente diez grados. Adrian sonrió.
—Estaba intentando convencer a su socia de que una conversación puede existir sin cláusulas.
Cassian me miró.
—¿Lo consiguió?
—Todavía no.
—No me sorprende.
Fruncí el ceño.
—No sé si sentirme insultada.
—No fue un insulto.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Adrian soltó una risa. Cassian no.
—Niccolas la está buscando —dijo.
—¿Para qué?
—Un asunto del proyecto.
Miré alrededor. Niccolas estaba a quince metros hablando con dos personas. No parecía buscarme. Miré a Cassian. Él me sostuvo la mirada.
—Claro —dije lentamente.
Adrian levantó su copa.
—Continuamos después.
—Por supuesto.
Cassian se quedó inmóvil mientras él se alejaba.
—¿Qué asunto?
—¿Qué?
—Del proyecto.
Silencio.
—Necesito revisar una fecha con usted.
Lo miré.
—¿Interrumpió una conversación para preguntarme una fecha?
—Es una fecha importante.
—¿Cuál?
Cassian tardó dos segundos. Dos.
—La reunión de Singapur.
—Está en el calendario.
—Quería confirmar.
—Lucía también la confirmó esta mañana.
Su mandíbula se tensó. Yo crucé los brazos.
—Cassian.
—¿Sí?
—No había ningún asunto.
—Sí lo había.
—No.
—La fecha.
—Que ya sabía.
Nos miramos. Algo extraño apareció en sus ojos. No vergüenza. Cassian Beaumont probablemente no experimentaba ese concepto. Molestia. Consigo mismo.
—Rivas habla demasiado —dijo.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Nada.
Se dio la vuelta.
—¿Eso era todo?
—Sí.
—Es el cliente más insoportable del planeta.
Cassian se detuvo. No se giró.
—Y, sin embargo, sigue trabajando conmigo.
—Tengo un contrato.
—Por supuesto.
Se alejó. Yo me quedé mirándolo. Liora se movió.
Enojado.
—Sí —susurré.
No sabía por qué. La respuesta llegó dos días después. O algo parecido a una respuesta. Estábamos en una reunión con el equipo de tecnología cuando Cassian cuestionó una estimación. Yo respondí. Él insistió. Discutimos durante diez minutos. Al finalizar, todos salieron demasiado rápido. Niccolas fue el último. Antes de cerrar la puerta, me miró. Después miró a Cassian.
—Maduren.
La puerta se cerró. Yo abrí la boca. Cassian habló primero.
—Ignórelo.
—No sé qué acaba de insinuar.
—Mejor.
Recogí mis documentos.
—¿Está enojado conmigo?
—No.
—Lleva dos días más insoportable de lo normal.
—No sabía que tenía una escala.
—La estoy desarrollando.
—Estoy bien.
—Eso es exactamente lo que dice la gente que no está bien.
Cassian me miró.
—¿Rivas la invitó a salir?
Me quedé inmóvil. Ah.
—¿Qué?
—En la recepción.
—¿Eso es relevante para el proyecto?
—No.
—Entonces...
—Olvídelo.
No.
No iba a olvidarlo. Porque de repente muchas cosas empezaban a adquirir una forma que no quería mirar directamente.
—Sí —dije.
Cassian se quedó quieto.
—¿Sí qué?
—Me invitó a cenar.
Su expresión no cambió. Pero algo en la habitación sí. Presión. Una corriente invisible. El instinto de una loba reconociendo a un Alfa al borde de perder paciencia. Liora levantó la cabeza. Cassian apartó la mirada.
—Entiendo.
—No acepté.
Sus ojos regresaron a mí. Demasiado rápido.
—No pregunté.
—No.
—No es asunto mío.
—Correcto.
—Puede salir con quien quiera.
—Gracias por la autorización.
La mandíbula de Cassian se endureció. Yo no debería haber disfrutado aquello. Lo hice un poco.
—No necesita mi autorización.
—Eso espero.
—Anabella.
—Cassian.
Nos miramos. Después ocurrió algo inesperado. Me reí. No porque fuera gracioso. Porque era absurdo. El hombre más poderoso que había conocido estaba discutiendo conmigo sobre una cita que no había ocurrido mientras insistía en que no le importaba. Cassian me observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso no fue nada.
—Estoy empezando a comprender por qué Niccolas nos dijo que maduremos.
Por un segundo pareció ofendido. Después, contra toda lógica, se rió. No una sonrisa.
Una risa breve. Profunda. Real. Me quedé mirándolo. Cassian dejó de reír.
—No haga eso.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Mirarme así.
Mi respiración cambió.
—¿Así cómo?
No respondió. El silencio dejó de ser cómodo. Algo se instaló entre nosotros. Algo cálido. Peligroso. Demasiado consciente. Liora se acercó. Más de lo habitual. Sentí su presencia detrás de mis ojos.
*Fuerte.*
Sí.
Eso ya lo sabíamos. Cassian dio un paso atrás. Físicamente. Como si hubiera decidido
que la distancia importaba.
—La reunión de Singapur es el martes —dijo.
Lo miré.
—Ya lo sé.
—Bien.
Salí de la sala. En el ascensor, me apoyé contra la pared. Mi corazón estaba demasiado
rápido.
—No —me dije.
La mujer que aparecía reflejada en las puertas metálicas tenía las mejillas levemente
rojas.
—Absolutamente no.
Liora permaneció en silencio. Pero, por primera vez en años, sentí algo parecido a diversión proveniente de ella. Traición. Una semana después, recibí una propuesta formal de Beaumont Crown. Querían trasladar al equipo permanente del proyecto a su torre. Un piso completo. Infraestructura propia. Seguridad. Acceso directo a las áreas ejecutivas. La propuesta tenía sentido. Era generosa. Y colocaría mi oficina exactamente un piso debajo de la de Cassian. Lucía leyó el plano. Después me miró.
—No digas nada.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Mi cara es inocente.
La señalé.
—Esa es mi frase.
—La robé.
Volví a mirar el plano. Era una decisión empresarial. Completamente. Perfectamente. Absolutamente. Liora se movió dentro de mí. Más cerca.
Cerré el documento. No quería saber por qué la idea no me desagradaba tanto como debería.




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