Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Demasiado cerca nunca era suficiente

Cassian

Anabella aceptó trasladar al equipo del proyecto a la torre. No celebré. Exteriormente. Mi lobo sí. Durante dos días. Niccolas también celebró, aunque por razones diferentes.

—Un piso debajo —dijo mientras revisaba la asignación de espacios—. Muy discreto.

—Es donde había disponibilidad.

—Hay once pisos con disponibilidad.

—Ese tiene mejor seguridad.

—Tres tienen la misma. Lo miré.

—¿No tienes trabajo?

—Mucho.

Pero esto es más entretenido. Ignorarlo era una habilidad que había desarrollado durante décadas. Funcionaba peor desde que apareció Anabella.

La mudanza se completó en tres semanas. Virelli no trasladó toda la empresa. Solo el equipo dedicado a Beaumont Crown.

Cuarenta y dos personas ocuparon parte del piso setenta y siete.

La oficina de Anabella estaba junto a la sala de coordinación ejecutiva. No debajo de la mía. Eso habría sido demasiado evidente. Estaba a treinta y ocho segundos de distancia. Lo había comprobado una vez. Dos. No era relevante.

El primer día que trabajó permanentemente en la torre, llegué antes de las siete. Ella ya estaba allí. La encontré en la cocina del piso intentando hacer funcionar una máquina de café que costaba más que algunos automóviles.

—No responde. Me detuve en la puerta.

—Es una máquina.

—Gracias. Eso explica muchas cosas.

—Presione el sensor.

—Lo hice.

—El de la derecha.

—También.

Me acerqué. Anabella se apartó. Su perfume me alcanzó. Mi lobo empujó. Ignoré el impulso. Toqué la pantalla. La máquina se encendió. Ella me miró.

—Me odia.

—No tiene emociones.

—Eso es exactamente lo que diría una máquina para cubrir a otra.

La observé.

—Son las seis cincuenta y dos.

—Lo sé.

—¿Siempre habla así antes de las siete?

—Generalmente peor.

Preparé su café. No porque fuera necesario. Porque sabía cómo. Anabella lo recibió.

—Gracias.

—De nada.

Se quedó quieta.

—¿Qué?

—Nada.

—Está haciendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar pensando algo que no quiere decir.

—La conozco desde hace menos de dos meses.

—Y usted me observa demasiado.

Mi cuerpo se quedó inmóvil. Anabella pareció darse cuenta de lo que había dicho. Sus mejillas cambiaron de color.

—Profesionalmente —añadió. —Por supuesto.

Bebió café demasiado rápido. Se quemó. No comenté nada. Eso fue afecto. El traslado facilitó el proyecto. También empeoró mi autocontrol. Anabella estaba demasiado cerca. Y no lo suficiente. Podía verla todos los días. Eso significaba que sabía cuándo llegaba tarde porque Lucía la perseguía con una carpeta. Cuándo estaba cansada porque dejaba de recogerse el cabello. Cuándo una reunión había salido mal porque caminaba más rápido. También significaba que otros hombres podían verla. Ese detalle seguía siendo inconveniente.

Adrian Rivas apareció en la torre dos semanas después. No sabía que vendría. De haberlo sabido, quizá habría encontrado una razón perfectamente legítima para trasladar su reunión a otro continente. Estaba entrando al piso setenta y siete cuando escuché la risa de Anabella. Me detuve. No por la risa. Por el hombre que estaba frente a ella. Rivas. Demasiado cerca. No la tocaba. No hacía nada incorrecto. Eso no mejoró mi opinión. Anabella me vio. Su sonrisa cambió. No desapareció. Se volvió diferente. Más pequeña. Consciente. Mi lobo lo notó. Yo también.

—Cassian.

—Anabella.

Rivas se giró.

—Beaumont.

—Rivas.

—Veo que finalmente la sacaron de las salas de reuniones.

—No fue fácil —dijo Anabella.

—Me imagino.

Rivas sonrió. Quería que dejara de hacerlo.

—Tenemos una reunión

—dije. Anabella miró su reloj.

—En veinte minutos.

—Podemos empezar antes. Ella me observó. Rivas también. Niccolas, que acababa de salir de un ascensor detrás de mí, se detuvo. No necesitaba verlo para saber que estaba disfrutando.

—Claro —dijo Anabella lentamente. Rivas levantó una mano.

—Nos vemos después.

—Sí.

—No —dije. Silencio. Anabella giró la cabeza. Yo también me escuché. Demasiado tarde.

—¿No? —preguntó.

—La reunión se extenderá.

—No sabe cuánto.

—Sí.

—Cassian.

Niccolas intervino.

—La reunión se extenderá.

Lo miré. Traidor. Rivas sonrió.

—Otro día. Se marchó. Anabella cruzó los brazos.

—¿Qué fue eso?

—Tenemos trabajo.

—Eso no responde.

—No todo necesita una respuesta.

—Las cosas extrañas sí.

—No fue extraño.

—Dijo “no” a una persona que se estaba despidiendo de mí.

—La reunión se extenderá.

—Todavía no empezó.

—Entonces deberíamos empezar.

Se quedó mirándome. Después soltó una risa incrédula.

—Es imposible.

Entró en la sala. Niccolas se acercó a mí.

—No.

—Cállate.

—Ni siquiera dije nada.

—Tu cara.

—Mi cara es inocente. Lo miré.

—¿Ella te enseñó eso?

—Lucía.

La reunión duró cincuenta minutos. No se extendió. Anabella se marchó sin comentarlo. Eso fue peor. A las cuatro de la tarde, Niccolas entró en mi oficina.

—Necesitamos hablar de Virelli.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—Entonces no necesitamos hablar. Dejó una carpeta.

—El traslado temporal funciona, pero el modelo es ineficiente a largo plazo. Tenemos equipos duplicados, sistemas separados, procesos que dependen de autorizaciones cruzadas y una empresa externa manejando funciones que se están volviendo centrales para nosotros. Lo sabía. Había leído el análisis.

—¿Qué propones?

—Una alianza permanente.

—Ya la tenemos.

—Más permanente. Lo miré. Niccolas se sentó.

—Compra parcial. Participación estratégica. Fusión de unidades. Hay varias opciones.




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