Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La oferta que nadie pidió

Me enteré de que Cassian quería comprar Virelli a las ocho y veintidós de la mañana.

A las ocho y veintitrés llamé a Martín.

A las ocho y veintiséis llamé a Eduardo.

A las ocho y treinta y uno descubrí que ambos ya lo sabían.

A las ocho y treinta y dos consideré seriamente la posibilidad de cometer un crimen.

—Anabella —dijo Eduardo por teléfono—, escucha.

—¿Hace cuánto?

—Dos días.

—¿Dos días?

—No había una oferta formal.

—¿Y eso hace que sea mejor?

—Sí.

—No en mi cabeza.

—Tu cabeza está enfadada.

—Mi cabeza dirige la empresa.

—Precisamente por eso deberías esperar antes de incendiar algo.

No incendié nada. Quiero dejarlo claro.

Fui a la torre Beaumont.

Eso era diferente.

A las nueve y trece entré en la oficina de Cassian con la propuesta impresa en una carpeta.

—¿Quiere comprar mi empresa?

Cassian estaba de pie detrás del escritorio.

Niccolas estaba sentado frente a él.

Ambos me miraron.

—Buenos días —dijo Niccolas.

—No.

Se levantó.

—Me voy.

—Cobarde —dije.

—Estratega.

Salió.

La puerta se cerró.

Cassian señaló una silla.

—Siéntese.

—No.

—Anabella.

—No use mi nombre como si fuera un tranquilizante.

Algo cambió en sus ojos.

—No lo hago.

—Llevo semanas trabajando aquí porque su empresa contrató a la mía. Primero usted toma personalmente un proyecto que no iba a dirigir. Después quiere trasladar a mi equipo a su edificio. Ahora descubro que pretende comprar Virelli.

—No pretendo.

—Hay una propuesta de ciento cuarenta y siete páginas.

—Eso suele indicar intención.

Lo miré.

—No haga bromas.

—No estaba bromeando.

Peor.

Caminé hasta el escritorio.

—¿Qué quiere?

Cassian permaneció inmóvil.

—Virelli.

—No.

—Preguntó.

—No responda como abogado.

—No soy abogado.

—Eso es lo más preocupante.

Su boca se movió.

—Anabella.

—¿Por qué?

Esta vez no hubo una respuesta rápida.

Bien.

Yo quería la verdadera.

—Porque Beaumont Crown necesita la capacidad que Virelli ha construido.

—Puede contratarla.

—Ya lo hacemos.

—Entonces siga.

—No es suficiente.

La frase produjo un silencio extraño.

Cassian pareció escucharse.

Yo también.

—¿No es suficiente? —repetí.

—El programa está creciendo. Necesitamos una unidad permanente de estrategia contractual, relaciones internacionales y coordinación lingüística.

—Puede crearla.

—Tardaría años.

—Eso no es mi problema.

—Podría convertirse en su oportunidad.

Me reí.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La frase que utilizan los hombres poderosos antes de explicar por qué deberían controlar algo que otra persona construyó.

Su expresión se endureció.

—No quiero controlar Virelli de esa manera.

—Quiere comprarla.

—No es lo mismo.

—Para la persona comprada, suele parecerse bastante.

La presión en la habitación aumentó.

Liora se movió.

No asustada.

Atenta.

Cassian rodeó el escritorio.

Se detuvo a varios pasos.

—Usted no está a la venta.

Mi respiración cambió.

—No dije que lo estuviera.

—Lo insinuó.

—Dije que Virelli…

—Dijo "para la persona comprada".

—Era una forma de hablar.

—Entonces hablemos con precisión.

Su voz era baja.

Demasiado.

—No estoy intentando comprarla.

Lo miré.

La frase debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

—Bien.

—Bien.

—Sigue intentando comprar la empresa que dirijo.

—Sí.

—Entonces seguimos teniendo un problema.

Algo parecido a una sonrisa apareció.

—Eso es más manejable.

—No sonría.

—No estoy…

—Sí está.

Cassian se dio la vuelta.

—Siéntese.

Esta vez lo hice.

No porque me lo ordenara.

Porque llevaba veinte minutos de pie y mis zapatos eran una traición de la industria de la moda.

Cassian tomó otra copia de la propuesta.

—La operación no elimina Virelli. La fusiona con nuestra división de estrategia internacional.

—Palabras bonitas.

—Lea.

—Leí.

—Entonces sabe que mantendría autonomía operativa.

—Mientras el accionista mayoritario sería Beaumont Crown.

—Sí.

—Usted.

—Sí.

—Eso se llama control.

—También se llama responsabilidad de capital.

—No me impresiona el vocabulario financiero.

—Lo sé.

Lo odié un poco.

—No habrá despidos por la fusión —continuó.

—Eso dice durante veinticuatro meses.

—Podemos extenderlo.

—Cinco años.

Cassian arqueó una ceja.

—Eso no es razonable.

—Entonces no hay acuerdo.

Me sostuvo la mirada.

—Tres.

—Cinco.

—Cuatro.

—Cinco.

—Cuatro con fondo de recolocación y compensación reforzada después.

Pensé.

—Cinco para personal actual. Tres para futuras incorporaciones.

—Aceptado.

Parpadeé.

No esperaba que cediera tan rápido.

—La marca Virelli permanece.

—Como unidad.

—Con identidad propia.

—Sí.

—Presupuesto independiente.

—Dentro del plan general.

—No.

—Anabella.

—Cassian.

Nos miramos.

A lo lejos, en algún lugar del piso, sonó un teléfono.

—Presupuesto aprobado anualmente por un comité conjunto —dijo.

—Con voto igualitario.

—Otra vez.

—Me funcionó antes.

Cassian exhaló.

—Voto igualitario en asignación operativa. Inversiones extraordinarias pasan al comité ejecutivo.

—Y yo tengo asiento.

—Sí.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Tendría asiento en el comité ejecutivo de Beaumont Crown.

—Eso no estaba en el resumen.

—Está en la página noventa y dos.




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