Mi nueva oficina tenía una vista espectacular.
También tenía una puerta interna.
Eso fue lo primero que vi.
No el escritorio de madera oscura. No las ventanas. No la biblioteca.
La puerta.
La señalé.
—¿Qué es eso?
Lucía miró.
—Una puerta.
—Gracias.
—Estoy aquí para ayudarte.
—¿Adónde va?
Ella hizo una pausa. Demasiado dramática.
—A una pequeña sala privada de reuniones.
Respiré.
Bien.
—Que tiene otra puerta.
Cerré los ojos.
—¿Adónde?
—A la oficina de Cassian.
Por supuesto.
El universo me odiaba.
—No.
—¿No qué?
—Ciérrala.
—Tiene cerradura.
—Con ladrillos.
—Eso podría afectar la estética.
Me giré hacia ella.
Lucía sonreía.
—No digas nada.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Inocente.
—Voy a despedirte.
—No puedes. Negocié mi contrato con Martín.
La traición estaba en todas partes.
La fusión había convertido mi rutina en algo nuevo antes de que pudiera acostumbrarme al nombre de la división: Beaumont Virelli Global Affairs.
Seguía siendo CEO. Seguía dirigiendo a mi gente. Pero ahora formaba parte de un grupo con más de cien mil empleados y una estructura ejecutiva donde cada decisión parecía tener consecuencias en cuatro países.
Mi primera semana estuvo llena de presentaciones. Comités. Presupuestos. Reuniones.
Y Cassian.
Demasiado Cassian.
La puerta interna permaneció cerrada.
Durante exactamente un día.
El martes, a las siete y cuarenta de la mañana, alguien golpeó.
No la puerta principal.
La otra.
Me quedé mirándola.
Volvieron a golpear.
—No existe —murmuré.
—Anabella.
La voz de Cassian atravesó la madera.
Traición arquitectónica.
Abrí.
Estaba de pie en la sala intermedia con una taza.
—Buenos días.
—¿Por qué utiliza esa puerta?
—Es más rápido.
—Hay un pasillo.
—Esta puerta también.
Me entregó el café.
Lo miré.
—¿Qué quiere?
—Nada.
—No confío en las personas que aparecen con café y dicen que no quieren nada.
—Tiene una reunión a las ocho.
—Lo sé.
—No había desayunado.
—Eso no es café.
—También hay comida.
Señaló una bolsa sobre la mesa.
Lo observé.
—¿Instaló un sistema de vigilancia alimentaria?
Cassian frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada. Historia larga.
Tomé el café.
—Gracias.
—De nada.
No se fue.
—¿Algo más?
Sus ojos se detuvieron en mi rostro.
—No.
Se marchó por la puerta de su oficina.
La cerré.
Lucía entró treinta segundos después por la otra.
Miró el café.
Miró la puerta.
Me miró.
—No.
—No dije nada.
—Estabas a punto.
—Solo iba a preguntar si el CEO del conglomerado prepara el desayuno de todos los ejecutivos.
—No lo preparó él.
—Ah. Entonces es menos romántico.
—No es romántico.
—Claro.
—Es un gesto profesional.
—Naturalmente.
—Lucía.
—Tengo una reunión.
Se fue.
Cobarde.
La proximidad produjo cambios pequeños.
Cassian dejó de convocarme formalmente para algunas cosas. Simplemente golpeaba la puerta interna.
Yo hice lo mismo.
Al principio solo por trabajo.
Después, una tarde, entré para preguntarle si tenía aspirinas.
Eso fue un error.
—¿Por qué?
—Porque me duele la cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Cassian.
—¿Comió?
—No necesito un interrogatorio.
Se levantó.
—¿Dónde está Lucía?
—En otra reunión.
—Eso explica mucho.
—No necesito supervisión.
—Lo sé.
—Entonces deje de supervisarme.
—Siéntese.
—No.
Me miró.
—Anabella.
—No use esa voz.
—¿Qué voz?
—La de Alfa.
Silencio.
Cassian se quedó completamente inmóvil.
Yo también.
Había dicho la palabra.
Por primera vez.
Sus ojos cambiaron.
—Sabe lo que soy.
No era una pregunta.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primer día.
—¿Cómo?
Me encogí de hombros.
—No soy humana.
La frase quedó entre nosotros.
Cassian no reaccionó como esperaba.
No fingió sorpresa.
No preguntó.
Simplemente me miró con una intensidad que hizo que Liora despertara.
—Lo sabía —dije.
—¿Qué?
—Sabía que usted sabía.
—Niccolas me lo dijo.
—Traidor.
—Eso parece común en esta empresa.
Cassian dio un paso.
—¿De verdad no tiene manada?
La pregunta me cerró el pecho.
—No.
Su expresión se endureció.
—No necesito lástima.
—No es lástima.
—Entonces no ponga esa cara.
—¿Qué cara?
—La de querer resolverlo.
Cassian se detuvo.
Había acertado.
—No todo se puede resolver —dije.
—Lo sé.
Su voz cambió.
Más baja.
—Eso no significa que me guste.
Liora se acercó.
Seguro.
Mi respiración se detuvo.
Cassian lo notó.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Anabella.
Seguro.
La palabra volvió.
Clara.
Mi loba.
Hablando de él.
No.
No necesariamente.
Podía hablar de la habitación. Del lugar. De la torre. De la aspirina.
Probablemente no de la aspirina.
—Mi loba —dije antes de decidir si quería hacerlo.
Cassian no se movió.
—¿Qué pasa con ella?
—Está… volviendo.
Algo apareció en su rostro.
Emoción.
Tan rápida que casi no la vi.
—Eso es bueno.
—Sí.
—¿Puede transformarse?
—No.
—Todavía.
La palabra me golpeó.
Todavía.
No nunca.
No rota.
Todavía.
Tragué saliva.
—Todavía.