Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El hombre detrás del Rey

Al día siguiente del incidente en el ascensor llegué a la oficina decidida a comportarme como una adulta razonable.

Era un plan excelente.

Duró aproximadamente cuatro minutos.

A las siete y treinta y seis, la puerta interna se abrió y Cassian apareció con dos cafés.

Yo levanté la vista demasiado rápido, recordé mi mano sobre la suya en la oscuridad, la voz de Liora diciendo él y derramé tinta sobre el informe que estaba firmando.

No café.

Tinta.

Una pluma fuente.

Porque, aparentemente, el universo consideraba que mi humillación necesitaba una estética más clásica.

—No diga nada —advertí.

Cassian miró la mancha azul extendiéndose sobre el papel.

—No iba a hacerlo.

—Su cara sí.

—Mi cara no habla.

—La suya, sí.

Dejó uno de los vasos sobre mi escritorio.

—Buenos días, Anabella.

—Eso está por determinarse.

La comisura de su boca se movió.

No era una sonrisa completa.

Cassian parecía administrar sus sonrisas como si fueran activos escasos de la empresa.

Me entregó una servilleta.

—¿Durmió?

—Sí.

Mentira.

Había pasado una parte considerable de la noche interrogando mentalmente a una loba que, después de dos años de silencio, había decidido regresar convertida en la peor comunicadora de la historia.

Él.

Eso había dicho.

¿Él qué?

Él era alto.

Él era insoportable.

Él cerraba computadoras ajenas sin autorización.

Él tenía una voz capaz de hacer que una mujer adulta olvidara temporalmente por qué estaba enfadada.

Las posibilidades eran demasiadas.

—Está mintiendo —dijo Cassian.

Lo miré.

—¿Perdón?

—Durmió mal.

—¿Ahora también lee pensamientos?

—Tiene una marca de almohada en la mejilla.

Me llevé una mano al rostro.

Él sonrió.

Esta vez de verdad.

—Lo odio.

—No parece.

La respuesta fue tan tranquila que me quedé inmóvil.

Cassian también.

Algo cambió en sus ojos.

No coqueteo exactamente.

No sabía si Cassian Beaumont era capaz de coquetear de una forma reconocible para los seres humanos.

Parecía más probable que adquiriera una empresa y esperara que una comprendiera el mensaje.

Tomé el café.

—Tenemos una reunión en veinte minutos.

—Lo sé.

—Entonces debería irse.

—Esta es mi torre.

—Empieza a abusar de ese argumento.

—Sigue funcionando.

Se marchó por la puerta interna.

Yo me quedé mirando la madera durante cinco segundos.

Después escuché la voz de Liora.

Contento.

Cerré los ojos.

—No empieces.

Contento.

—Sí, sonrió. Las personas hacen eso.

Silencio.

—No significa nada.

La puerta principal se abrió.

Lucía entró con una tableta en la mano.

—¿Con quién hablas?

—Con nadie.

—Eso antes significaba que hablabas sola. Ahora puede significar que hablas con una loba dentro de tu cabeza. Mi vida se ha vuelto muy confusa.

—La mía también.

Miró el café.

—¿Otra vez?

—Es café.

—Es cortejo corporativo.

—No existe eso.

—Trabajas para un hombre que resolvió la distancia entre sus oficinas comprando tu empresa.

—No compró mi empresa por mí.

Lucía me miró.

Yo la miré.

—No digas nada.

—No hace falta.

La reunión de aquella mañana era sobre la integración de los equipos regionales.

Debería haber sido aburrida.

Lo habría sido, si uno de los nuevos vicepresidentes no hubiera decidido explicar mi propio departamento como si yo no estuviera sentada a dos lugares de distancia.

—Lo que necesitamos —dijo Marcus Hale, un hombre de cincuenta años con una corbata demasiado brillante y una confianza que había sobrevivido a demasiadas reuniones— es que el equipo Virelli comprenda la cultura de una organización de esta escala.

Yo dejé el bolígrafo.

Cassian me miró.

Recordé nuestra discusión.

La primera vez, él había respondido antes que yo.

Esta vez no lo hizo.

Esperó.

Aquello me sorprendió más de lo que debería.

—Señor Hale —dije—, mi equipo lleva años trabajando con organizaciones más grandes que Virelli.

—No quise sugerir…

—Sí quiso.

Silencio.

Marcus parpadeó.

—Lo que intento decir es que Beaumont Crown tiene protocolos consolidados.

—Y nosotros también. La fusión no convierte automáticamente cada proceso anterior de Beaumont en el mejor proceso posible. Si ese fuera el objetivo, no habría una integración. Habría una absorción.

Marcus miró a Cassian.

Fue un error.

Yo también lo hice.

Cassian permanecía recostado en su silla, completamente tranquilo.

—La señora Salvatore le está hablando —dijo.

Nada más.

No me defendió.

No habló por mí.

Simplemente devolvió la conversación al lugar al que pertenecía.

Algo cálido se instaló en mi pecho.

Liora se movió.

Bien.

Sí.

Bien.

La discusión continuó durante veinte minutos.

Al final acordamos un modelo híbrido y Marcus salió de la sala con una expresión que sugería que había descubierto, con gran sorpresa, que yo tenía opiniones.

Mientras guardaba mis documentos, Cassian se acercó.

—Esperé.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Me pidió que esperara antes de intervenir.

Tardé un segundo.

Después sonreí.

—Lo hizo.

—Fue difícil.

—Sobrevivió.

—Apenas.

—Estoy orgullosa.

La frase salió en tono de broma.

Cassian se quedó quieto.

Yo también.

Había algo ridículo en lo fácil que una conversación con él podía cambiar de temperatura.

—No vuelva a decir eso —murmuró.

—¿Por qué?

—Podría acostumbrarme.

Y se marchó.

Me quedé en la sala vacía con una carpeta contra el pecho y la certeza de que el hombre más irritante que había conocido desde Arthur acababa de convertirse en un problema de una naturaleza completamente diferente.




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