Cassian
Ver a mi Mate transformarse debería haber sido un momento de alivio.
Lo fue.
También fue una de las pruebas de autocontrol más difíciles de mi vida.
La loba de Anabella apareció en el claro como una criatura que regresaba de la muerte.
Castaña.
Más oscura que su cabello.
Ojos verdes.
Delgada después de años sin poder alcanzar la superficie, pero fuerte de una manera que no dependía del tamaño.
Mi lobo la reconoció antes de que apoyara las cuatro patas en el suelo.
*Mate.*
No necesitaba que me lo recordara.
Lo que necesitaba era impedir que atravesara el espacio entre ambos y la rodeara con el cuerpo como si el mundo entero hubiera estado intentando quitárnosla.
Anabella no sabía.
Su loba tampoco lo comprendía del todo.
Y yo había decidido que no utilizaría el conocimiento que ella no tenía para empujarla hacia una elección.
El problema era que mi lobo no creía en la paciencia.
*Nuestra.*
—No.
El lobo dentro de mí gruñó mientras observábamos a Anabella correr entre los árboles.
*Mate.*
—Sí.
*Nuestra.*
—Cuando ella lo decida.
La respuesta fue una sensación equivalente a un insulto.
Afortunadamente, nadie escuchaba mis discusiones internas.
Niccolas lo habría disfrutado demasiado.
A la mañana siguiente me encontró en la terraza de la propiedad a las seis.
—No dormiste.
—Sí dormí.
—Dos horas no cuentan.
—¿Desde cuándo eres médico?
—Desde que te conozco.
Le entregué una taza de café.
La aceptó.
—¿Ella está bien?
—Sí.
—¿Se transformó?
Lo miré.
Niccolas levantó una mano.
—El sistema de seguridad registró una modificación de perímetro y después vio regresar a dos lobos. No necesito ser adivino.
—No quiero que nadie tenga acceso a esas grabaciones.
—Ya fueron aisladas.
Asentí.
—Gracias.
Niccolas bebió café.
—Eso sí es histórico.
—¿Qué?
—Me agradeciste antes de las siete.
Lo ignoré.
—Necesito hablar con la doctora Elian.
Su expresión cambió.
La doctora Mara Elian llevaba casi cuarenta años tratando casos relacionados con vínculos de Mate, rechazos y alteraciones de transformación. Era una de las pocas personas que podía responder preguntas sin convertirlas en rumores de manada.
—¿Quieres que venga?
—No.
—Cassian.
—Anabella no está enferma. No voy a traer una médica para observarla como un caso.
—Entonces hablarás tú.
—Sí.
Niccolas me estudió.
—¿Vas a decirle quién es?
—No.
—Se transformó junto a tu lobo.
—Eso no significa que esté preparada para saberlo.
—Tal vez sí.
—Tal vez no.
—Nunca te había visto tener tanto cuidado con una verdad.
Miré hacia el bosque.
—La última vez que alguien utilizó un vínculo de Mate para decidir el futuro de Anabella, terminó sin manada, sin loba y convencida de que estaba rota. No seré otro hombre diciéndole lo que debe sentir.
Niccolas permaneció en silencio.
Después asintió.
—Bien.
La conversación con Mara Elian ocurrió esa misma tarde.
No le di el nombre de Anabella.
No fue necesario.
—Una loba rechazada que pierde contacto con su forma lupina puede recuperar completamente la conexión —explicó la doctora—. Depende del daño psicológico, del vínculo original y de si hubo complicaciones físicas.
—¿Puede existir un segundo Mate?
Mara me observó a través de la pantalla.
Tenía setenta años y la capacidad irritante de hacer que incluso un Rey Alfa sintiera que estaba siendo interrogado por una abuela demasiado inteligente.
—Sabes que sí.
—Quiero saber cómo funciona.
—No funciona de una sola manera.
—Eso no es útil.
—La biología raramente se adapta a tus preferencias administrativas.
Apreté la mandíbula.
Mara sonrió.
—En algunos casos, el segundo vínculo aparece cuando el primero se rompe. En otros, siempre estuvo previsto como una posibilidad. Hay rechazos que destruyen la capacidad de reconocimiento temporalmente. El cuerpo puede saber antes que la mente. La loba puede responder antes que la mujer.
Pensé en Anabella tocando mi mano dentro del ascensor.
En su loba corriendo junto a la mía.
—Ella no me reconoce.
Mara dejó de sonreír.
—Entonces no la apresures.
—No lo haré.
—Lo dices como si fuera sencillo.
—No lo es.
—¿Tu lobo?
—Insoportable.
Ella soltó una risa.
—Eso es una buena señal.
—Para usted.
—Para ambos. Si la loba de ella está regresando, el vínculo puede ayudarla a
reconstruirse. Pero escucha bien, Cassian: también puede asustarla. Un vínculo nuevo no borra el daño anterior.
—Lo sé.
—No. Lo entiendes intelectualmente. Es diferente.
Silencio.
—¿Qué debo hacer?
Mara se recostó en su silla.
—Lo mismo que parece que ya estás haciendo.
—¿Esperar?
—Dejarla elegir.
La llamada terminó veinte minutos después.
No me sentí mejor.
Pero tenía una certeza.
Anabella podía reconocerme algún día.
No sabía cuándo.
No sabía cómo.
Y por primera vez en mi vida, esperar no era una estrategia.
Era una forma de respeto.
Regresamos a Silvercrest el domingo.
El lunes, Anabella apareció en mi oficina a las ocho y cinco.
La puerta interna.
Sin golpear.
Mi lobo se levantó inmediatamente.
Ella llevaba un traje gris claro y el cabello suelto.
—Buenos días.
—Buenos días.
Dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—El plan de contingencia de Bruselas.
—Podía enviarlo.
—Podía.
Esperé.
Anabella también.
—¿Algo más?
—No.
No se fue.
—Anabella.
—Quería agradecerle.