Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Una cena que no era trabajo

Cassian me invitó a cenar un jueves. Sin carpeta, sin agenda y sin la palabra estrategia. Por eso tardé tanto en comprender.

Estábamos en la sala entre nuestras oficinas. Yo había ido a devolverle un informe y él estaba terminando una llamada. Esperé junto a la ventana hasta que colgó.

—¿Tiene planes mañana?

—Sí.

Su expresión cambió.

—¿Qué planes?

Arqueé una ceja.

—Eso sonó invasivo.

—Tiene razón.

Hubo un silencio breve.

—¿Tiene planes que le impidan cenar conmigo?

Lo miré.

—¿Por trabajo?

—No.

Ah.

Mi cerebro abandonó el edificio.

—¿Una cena?

—Generalmente eso significa cenar.

—Sé qué significa la palabra.

—No parecía.

Lo odiaba. Mucho. Mi corazón estaba golpeando demasiado rápido para respaldar esa afirmación.

—¿Es una cita?

La pregunta salió. Perfecto. Directa. Sin dignidad defensiva.

Cassian no apartó la mirada.

—Sí.

Peor. Mucho peor. Porque una parte de mí esperaba que retrocediera o buscara una explicación profesional.

No lo hizo.

—Ah.

Mi respuesta ejecutiva favorita.

—Puede decir que no —dijo.

La frase cambió algo. No había desafío ni presión. Podía decir que no y él seguiría siendo Cassian: mi jefe superior, Rey Alfa, dueño de la torre y hombre incapaz de respetar la propiedad privada de una computadora. La elección era mía.

Liora se acercó.

Sí.

Traición interna.

—Sí —dije.

Cassian permaneció inmóvil.

—¿Sí qué?

—No arruine el momento.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Mañana a las ocho.

—¿Dónde?

—La recogeré.

—Puedo llegar sola.

—Lo sé.

—Entonces...

—Quiero recogerla.

Mi corazón hizo otra cosa estúpida.

—Bien.

Salí de la sala con una calma admirable. Cerré la puerta de mi oficina y descubrí a Lucía sentada en mi sofá. No sabía de dónde había salido.

—¿Por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La de alguien que acaba de descubrir que existe el sexo.

—¡Lucía!

—Estoy preguntando profesionalmente.

—Nada de eso es profesional.

Se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—Cassian me invitó a cenar.

Silencio. Después gritó.

—¡Sabía!

—Baja la voz.

—¡Sabía que comprar una empresa era cortejo corporativo!

—No compró Virelli por mí.

—Eso es exactamente lo que diría una mujer cuya empresa fue comprada durante un proceso de apareamiento capitalista.

—Voy a despedirte.

—Mañana. Hoy tenemos que elegir ropa.

La cena era el viernes. A las siete y cincuenta y ocho yo estaba lista. A las siete y cincuenta y nueve consideré cancelar. A las ocho exactas sonó el timbre. Lucía abrió antes que yo.

Cassian permaneció en la puerta con traje oscuro sin corbata y abrigo negro. Demasiado atractivo. Ilegalmente.

—Lucía —saludó.

—Cassian. La devuelves antes de las dos. Y come.

—Soy una mujer adulta —protesté.

—Eso está en revisión.

Cassian me miró.

—Lo tendré en cuenta.

—No la anime.

Salimos. El auto esperaba abajo. No había chofer. Cassian abrió la puerta del acompañante.

—¿Conduce? —pregunté.

—Sí.

—Pensé que los multimillonarios olvidaban cómo hacerlo después del primer helicóptero.

—Tengo tres.

—Eso no responde.

—Conduzco.

El restaurante no era lo que esperaba. No había fotógrafos ni candelabros de cristal ni una sala llena de personas intentando que Cassian las viera. Era pequeño, italiano, con doce mesas y una cocina abierta. El dueño saludó a Cassian por su nombre y a mí como si no tuviera idea de quién era.




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