Arthur
Tatiana estaba desayunando cuando dejé la tableta frente a ella.
El video estaba detenido en el segundo exacto anterior a la bofetada. Su mano levantada. Anabella frente a ella, inmóvil. El lago al fondo.
Tatiana miró la pantalla.
Después me miró a mí.
—¿Qué es esto?
La pregunta fue tan tranquila que, durante un instante, comprendí por qué le había creído tantas veces. Tatiana no reaccionaba como alguien sorprendido por una mentira descubierta. Reaccionaba como una persona que todavía esperaba controlar la interpretación de los hechos.
Jack permanecía junto a la puerta. Yo le había pedido que estuviera allí porque ya no confiaba en mí mismo para distinguir una explicación de otra manipulación.
—Reprodúcelo —dije.
Tatiana no tocó la pantalla.
—Arthur.
—Reprodúcelo.
Mi voz llevaba poder Alfa. La mesa vibró ligeramente.
Ella apretó la mandíbula y pulsó el video.
La escena duraba menos de dos minutos. Sin audio. No hacía falta.
Tatiana hablando con Anabella.
Tatiana acercándose.
Su propia mano golpeando su propia cara.
El retroceso.
Mi llegada.
La forma en que fui directamente hacia ella.
La forma en que miré a mi Mate como si la culpabilidad ya estuviera decidida antes de escuchar una sola palabra.
Cuando terminó, nadie habló.
—Está fuera de contexto —dijo Tatiana.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No porque siguiera creyéndole.
Porque reconocí la frase.
Durante años, cada vez que Anabella señalaba algo que me incomodaba, yo había encontrado una versión más cómoda. Contexto. Inseguridad. Confusión. Malentendido.
Siempre una palabra que me permitiera no mirar.
—¿Qué contexto convierte esto en otra cosa? —pregunté.
—Estábamos discutiendo.
—Lo veo.
—Ella me provocó.
Jack cerró los ojos un segundo.
Yo no.
—¿Y por eso te golpeaste?
Tatiana se puso de pie.
—No fue así.
—Estoy viendo cómo fue.
—¡No escuchas lo que me dijo!
—Entonces dime qué dijo.
Silencio.
—Dime —repetí.
Tatiana cruzó los brazos. La dulzura había desaparecido de su rostro.
—Me dijo que tú eras suyo. Que nunca tendría un lugar a tu lado.
La memoria llegó inmediatamente. No de aquella conversación, porque no la había escuchado, sino de Anabella diciéndome después que había recordado a Tatiana que yo era su Mate.
Yo había exigido que se disculpara.
—¿Te amenazó?
—No directamente.
—¿Te tocó?
—No.
—¿Te golpeó?
Tatiana no respondió.
—¿Anabella te golpeó alguna vez?
—No importa.
El aire se volvió pesado.
—Importa.
—¡No entiendes lo que era vivir con ella ocupando un lugar que no merecía!
Jack se quedó completamente inmóvil.
Yo también.
Ahí estaba.
No la víctima.
No la amiga preocupada.
No la mujer que me había dicho durante años que solo intentaba ayudar.
La verdad, finalmente cansada de esconderse.
—¿Qué dijiste?
Tatiana se rió sin humor.
—Vamos, Arthur. No finjas que nunca lo pensaste. Anabella era débil. No sabía luchar como una Luna. El Consejo dudaba de ella. Tú dudabas de ella.
Cada palabra encontró un lugar donde doler.
Porque algunas eran mentira.
Y otras no.
Yo había dudado.
—Eso no responde.
—Yo estaba a tu lado antes de que ella apareciera. Entrenaba contigo. Conocía la manada. Sabía lo que necesitabas. Todos sabían que habríamos sido una pareja perfecta.
—No éramos Mates.
—¿Y qué? —escupió—. Mira dónde te llevó tu precioso vínculo destinado.
Mi lobo rugió.
Tatiana dio un paso atrás, pero continuó.
—Ella apareció y de repente todo lo que yo había construido dejó de importar porque una niña con ojos verdes recibió una palabra de la Diosa. Mate. Eso fue todo. No tuvo que demostrar nada.