Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Cuatro platos y una habitación de invitados

El penthouse de Cassian no parecía el hogar de un hombre que controlaba empresas en cuarenta y siete países.

Eso fue lo primero que pensé.

Esperaba mármol. Obras de arte imposibles de comprender. Muebles tan minimalistas que sentarse fuera considerado una agresión estética.

Había algunas de esas cosas, por supuesto. La vista desde el piso más alto convertía Silvercrest en una maqueta iluminada, y el ventanal del salón probablemente costaba más que todo mi antiguo departamento.

Pero también había libros. Muchos. Una manta doblada sobre un sofá. Fotografías familiares. Una planta enorme que, a diferencia de las mías, estaba viva.

Me acerqué.

—¿La cuidas tú?

Cassian dejó mi abrigo sobre una silla.

—Sí.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Nadie puede tener empresas, una Corona Alfa y una planta saludable al mismo tiempo. Hay límites naturales.

—Tengo un sistema de riego automático.

—Ah. Ahí está la corrupción.

Se quitó el saco. Mi cerebro perdió dos segundos. No debía seguir sorprendiéndome por los hombros de un hombre al que había visto convertirse en un lobo gigante, pero aparentemente mi inteligencia tenía áreas sin coordinación.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Mientes.

—Estoy admirando la tecnología de riego.

—Naturalmente.

La cocina era abierta y demasiado limpia.

—¿Realmente cocinas aquí?

—Sí.

—¿Sin personal?

—Anabella.

—Estoy investigando.

—Hay personal durante el día. Por la noche prefiero estar solo.

La respuesta cambió el tono de la conversación. Miré alrededor otra vez. De pronto, la amplitud del lugar pareció distinta.

—Debe ser muy silencioso.

Cassian abrió un cajón.

—Lo era.

Lo miré. Él no añadió nada.

Mi corazón decidió interpretar demasiado.

—¿Qué puedo hacer?

—Sentarte.

—Eso no es ayudar.

—Exactamente.

—Puedo cortar algo.

—No.

—Cassian.

—He leído el informe del incendio de la cocina.

Me quedé inmóvil.

—¿Existe un informe?

—Lucía lo documentó con fotografías.

—Voy a despedirla.

—No puedes.

—La frase está perdiendo gracia.

Finalmente me permitió cortar tomates bajo una supervisión ofensivamente cercana. Yo protesté. Él dijo que valoraba su seguro.

Después de diez minutos, ambos estábamos discutiendo sobre el tamaño correcto de un diente de ajo.

—Eso es demasiado —dije.

—No.

—Huele desde aquí.

—Es ajo. Ese es el objetivo.

—Mañana tienes una reunión.

—Ellos sobrevivirán.

—El liderazgo moderno es inspirador.

Cassian sonrió mientras removía la salsa.

Era extraño verlo así. Sin traje. Sin personas esperando decisiones. Con una camisa oscura arremangada y una cuchara de madera en la mano.

Solo Cassian.

La frase del bosque volvió a mí. *Aquí soy solo Cassian.*

Entendí que quizá aquel lugar era uno de los pocos donde podía serlo.

—¿Por qué vives solo? —pregunté.

La pregunta salió demasiado directa.

—Porque no tengo esposa, hijos ni compañeros de habitación.

—Gracias por el informe demográfico.

—Preguntaste.

—Sabes a qué me refiero.

Cassian dejó la cuchara.

—He vivido solo desde los veinticinco.

—¿Nunca quisiste otra cosa?

Su mirada encontró la mía.

—No hasta hace poco.

El cuchillo quedó inmóvil en mi mano.

—Eso fue…

—¿Qué?

—Muy directo.

—Puedo intentarlo de nuevo con una presentación.

—No.

—Gráficos.

—Peor.

—Una matriz de riesgo.

Me reí.

El teléfono de Cassian sonó sobre la encimera. Miró la pantalla y frunció el ceño.

—Mi madre.

—Atiende.

—La llamaré después.

—Cassian.

—¿Qué?

—Es tu madre.

—Exactamente.

Volvió a sonar.

—Ahora quiero conocerla.

—Eso confirma que no sabes lo que pides.

Tomó el teléfono y respondió en francés. Yo hablaba el idioma, pero fingí no hacerlo durante los primeros veinte segundos por razones que todavía no comprendo.

—*Bonsoir, maman.*

La voz femenina llegó desde el altavoz antes de que Cassian pudiera alejarse.

—*Tu réponds enfin. Je commençais à croire que tu étais mort ou, pire, en réunion.*

Me tapé la boca. Cassian me miró.

—No te rías.

La voz se detuvo.

—*Qui est là?*

—Nadie.

Lo miré con indignación.

—Eso fue grosero.

Silencio al otro lado. Después:

—Cassian.

Una sola palabra. Su madre había aprendido el mismo método que todos nosotros.

Él cerró los ojos.

—*Maman*, te presento a Anabella.

—¿Anabella?

La alegría en la voz fue instantánea y profundamente sospechosa.

Cassian intentó cortar la conversación. No lo logró.

Cinco minutos después estaba hablando por videollamada con Élodie Beaumont, una mujer elegante de cabello oscuro con algunas hebras plateadas y una sonrisa capaz de desarmar la mitad del carácter de su hijo.

—Así que tú eres Anabella.

—Mamá.

—¿Qué? Solo dije su nombre.

—De una manera.

—Tengo muchas maneras.

Me agradó inmediatamente.

—Mucho gusto, señora Beaumont.

—Élodie. Y no le hagas caso a mi hijo. Lleva demasiados años creyendo que puede organizar a las personas como organiza sus empresas.

—Eso explica muchas cosas.

Cassian me miró como si estuviera reconsiderando la cena.

—Me agrada —dijo Élodie.

—Llevan tres minutos.

—Dos fueron suficientes.

La llamada terminó después de que ella me invitara a Francia sin consultar a Cassian y me advirtiera que su hijo cocinaba bien únicamente cuando seguía instrucciones escritas.

—Tu madre es maravillosa.

—No la animes.

—Demasiado tarde.

La pasta estaba, para mi sorpresa, excelente.

Cenamos junto al ventanal y hablamos durante horas. No de empresas. De ciudades favoritas, libros, música y pequeñas cosas que parecían insignificantes hasta que comprendí que nunca las había sabido sobre Arthur.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.