Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Una Luna sin trono

Tatiana

La residencia este tenía nueve habitaciones, una piscina interior y una vista privilegiada del bosque.

La odiaba.

No porque fuera pequeña. Cualquier humano habría considerado aquel lugar una mansión.

La odiaba porque todos sabían por qué estaba allí.

Suspendida.

Investigada.

Observada.

La palabra *Luna* seguía delante de mi nombre en los documentos oficiales, pero ya no abría puertas de la misma manera.

El personal respondía a la administración del Consejo.

Mis cuentas estaban limitadas.

Dos guardias acompañaban cada desplazamiento fuera de la residencia y fingían que era por seguridad.

Era humillación.

Arthur no había vuelto a dormir conmigo desde la noche del video.

No había venido a gritar.

Eso habría sido mejor.

La furia podía manipularse.

El silencio era más difícil.

Abrí el armario y miré vestidos que no tenía dónde usar.

Una semana antes había encargado tres.

El Consejo canceló dos pagos.

Dos.

Como si yo fuera una empleada.

El teléfono vibró.

Otra notificación sobre la investigación.

*Se solicita su comparecencia ante el tribunal interno el lunes a las 10:00.*

Arrojé el teléfono sobre la cama.

Todo por Anabella.

Incluso ausente seguía arruinando mi vida.

Había ocurrido desde el principio.

Antes de ella, Arthur y yo encajábamos.

Todos lo sabían.

Él era el futuro Alfa.

Yo, hija de una de las familias guerreras más respetadas.

Entrenábamos juntos.

Viajábamos con el Consejo.

Las personas esperaban que termináramos unidos.

Después apareció la Mate.

La dulce Anabella.

La inteligente Anabella.

La huérfana de sangre Beta a la que todos debían proteger.

Nunca comprendí qué veían en ella.

No era débil exactamente.

Eso habría sido más sencillo.

Tenía una forma diferente de ser fuerte y, precisamente por eso, resultaba insoportable.

Sonreía.

Escuchaba.

Conseguía que las personas quisieran ayudarla sin pedirlo.

Yo había tenido que luchar por cada espacio.

Ella entraba y era querida.

Arthur la miraba como si el vínculo hubiera convertido el resto del mundo en ruido.

Al principio.

Después aprendí.

No era necesario vencer a Anabella.

Solo hacer que dudara de sí misma.

Y hacer que Arthur creyera que esas dudas eran una prueba de que no estaba preparada.

No había sido difícil.

Eso era lo que Arthur se negaba a admitir.

Yo había empujado.

Él había caminado.

La puerta se abrió.

Arthur entró sin anunciarse.

Por un instante odié que una parte de mí todavía reaccionara al verlo.

Rubio.

Musculoso.

Hermoso de esa forma irritante que había hecho que media manada lo deseara desde adolescente.

Pero estaba diferente.

Más delgado.

Cansado.

Su lobo casi no aparecía en sus ojos.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—El tribunal necesita tu declaración completa antes del lunes.

—Ya hablé con el abogado.

—No es suficiente.

—Entonces que se conformen.

Arthur me observó.

No había cariño.

Tampoco odio.

Era peor.

—Mara declaró.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Quién?

—No hagas eso.

—Hay muchas Maras.

—Trabajó en mi casa treinta años.

—Renunció porque era demasiado vieja para el puesto.

—Dijo que la golpeaste.

Silencio.

—Miente.

—Hay una fotografía del día siguiente y un informe médico de su hija.

Maldita vieja.

—Me provocó.

Arthur cerró los ojos.

—Siempre la misma palabra.

—¿Qué?

—Provocó. Confundió. Exageró. Es increíble cuántas palabras encontramos cuando no queremos decir «hice algo malo».

Me reí.

—Ahora eres un filósofo.

—No. Ahora estoy intentando no ser un cobarde.

—Demasiado tarde.

El golpe funcionó.

Lo vi.

Bien.

—¿Crees que Anabella va a volver porque te castigas? —continué—. ¿Crees que va a correr hacia ti porque finalmente descubriste que yo no era perfecta?

—No.

La rapidez me molestó.

—Mientes.

—No.

—La quieres.

Arthur respiró.

—Sí.

La palabra me atravesó.

Después de todo.

Después de la boda.

Después de elegirme.

—Entonces eres más patético de lo que pensaba.

—Probablemente.

No estaba reaccionando como debía.

—Está con Cassian Beaumont —dije.

Esta vez su lobo apareció.

Ahí.

Dolor.

Furia.

—No lo sabes.

—Leo.

—Trabajan juntos.

—¿Eso te tranquiliza?

Arthur apretó la mandíbula.

No.

Claro que no.

—No voy a discutir sobre Anabella contigo.

—¿Porque finalmente entendiste que siempre fui mejor para ti?

Me miró.

—No.

Una sola palabra.

—¿Entonces?

—Porque tú y yo dejamos de tener derecho a convertir su vida en una competencia hace años.

Se dirigió hacia la puerta.

—El lunes, diez de la mañana. Si no compareces voluntariamente, el Consejo solicitará una orden soberana.

—¿Soberana?

Se detuvo.

—La investigación pasó a revisión externa.

Comprendí.

Cassian.

—Él.

Arthur no respondió.

—¿El Rey está interviniendo por ella?

—No lo sé.

Mentía mal.

O quizá realmente no sabía.

—Vete.

Arthur salió.

Esperé hasta que la puerta se cerró antes de tomar el teléfono.

Busqué el nombre de Anabella.

Había aprendido a no hacerlo todos los días.

No porque no quisiera.

Porque cada nuevo resultado era peor.

CEO.

Fusión.

Eventos.

Cassian.

Esa tarde apareció una noticia nueva.

**BEAUMONT Y VALMONT: ¿BODA A LA VISTA?**

Abrí la nota.

Sandra Valmont.




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