Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El rumor de una boda que nunca existió

Leí el titular tres veces.

No porque fuera difícil de comprender.

Porque mi cuerpo lo había entendido demasiado rápido.

**BEAUMONT Y VALMONT: LA ALIANZA QUE PODRÍA TERMINAR EN LA BODA MÁS PODEROSA DEL CONTINENTE.**

La fotografía mostraba a Cassian y Sandra en una gala de hacía varios años.

Ella llevaba un vestido dorado.

Él, un esmoquin.

Estaban lo bastante cerca para que alguien pudiera construir una historia si necesitaba clics y no tenía principios.

El artículo hablaba de familias antiguas, intereses compartidos y rumores de una unión discutida "desde hace tiempo".

Citaba fuentes anónimas.

Mencionaba que la reciente cooperación entre las fundaciones Beaumont y Valmont había vuelto a acercar posiciones.

No decía que existiera un compromiso.

Tampoco decía que no.

La vieja Anabella habría llenado el silencio con sus peores conclusiones.

Sentí el impulso.

Fue inmediato.

Cerrar la computadora.

Alejarme.

Decirme que no tenía derecho a preguntar porque Cassian y yo no habíamos definido una relación formal.

Esperar a que él eligiera qué quería contarme.

Liora se movió.

*No.*

Respiré.

—Estoy de acuerdo.

Lucía estaba frente a mi escritorio.

—¿Con Liora?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—No.

—Muy completa.

Le giré la pantalla.

Lucía leyó el titular.

Su expresión cambió.

—Ah.

—Mi respuesta ejecutiva.

—Ahora la entiendo.

—¿Sabías algo?

—No.

Asentí.

El miedo intentó entrar por una puerta conocida.

Sandra en la sala de reuniones.

Alianzas entre familias.

Las personas como nosotros.

Tatiana diciendo que una Luna debía ser fuerte.

Arthur asegurando que no había nada mientras defendía a otra mujer por encima de mí.

No.

No iba a vivir dos historias al mismo tiempo.

Me puse de pie.

—¿Adónde vas?

—A preguntar.

Lucía sonrió lentamente.

—Mira eso.

—¿Qué?

—Crecimiento emocional. Estoy orgullosa.

—No arruines el momento.

Atravesé la sala intermedia y abrí la puerta de Cassian sin golpear.

Él no estaba.

Eso empeoró mi pulso durante exactamente cinco segundos.

Después tomé el teléfono y llamé.

Respondió inmediatamente.

—Anabella.

Su voz era tensa.

—¿Viste la noticia?

—Sí.

—¿Es verdad?

No respiró antes de responder.

—No.

Una sola palabra.

Sin duda.

Sin explicación preventiva.

Solo *no*.

Mi cuerpo se relajó un poco.

—¿Dónde estás?

—Subiendo.

La llamada terminó.

Cassian entró en mi oficina menos de tres minutos después acompañado por Niccolas y una mujer del equipo de comunicación.

Su expresión habría hecho renunciar a un periodista por anticipación.

—Cinco minutos —dijo a los otros dos.

Niccolas asintió y cerró la puerta.

Cassian se quedó frente a mí.

—No existe ningún compromiso con Sandra. Nunca existió.

—El artículo dice que las familias lo discuten desde hace años.

—Los Valmont lo discuten desde hace años. Yo digo que no desde hace años.

—¿Tu familia?

—Mi madre considera a Sandra una mujer perfectamente agradable a quien no quiere como nuera.

La respuesta fue tan específica que casi me reí.

—Eso ayuda.

—Anabella.

—Estoy bien.

—No quiero que estés "bien" para facilitarme la conversación. Quiero que preguntes lo que necesites.

La frase me detuvo.

—Odio necesitar preguntar.

—¿Por qué?

—Porque una parte de mí siente que, si confío de verdad, no debería tener dudas.

Cassian se acercó.

—Eso no es confianza. Eso es silencio.

La precisión dolió.

—Arthur decía que debía confiar en él.

—Yo no soy Arthur.

No hubo arrogancia.

Solo un límite.

Dos historias distintas.

—Lo sé —dije.

Y era verdad.

—¿Hubo algo entre tú y Sandra? —pregunté.

—No.

—¿Sexo?

—No.

—¿Besos?

—No.

—¿Una cita?

—No.

—¿Una conversación en la que tú pensaras "quizá algún día"?

—No.

Lo miré.

—Eres muy consistente.

—Intento ser claro.

—Funciona.

—Bien.

Respiré.

—Entonces te creo.

Algo en su expresión se suavizó.

—Gracias.

—No te emociones. Sigo odiando el artículo.

—También yo.

—¿Qué vas a hacer?

Cassian miró hacia la puerta.

—Desmentirlo.

—¿No va a generar más atención?

—Probablemente.

—Entonces no tienes que hacerlo por mí.

Volvió a mirarme.

—No lo hago solo por ti.

Una especulación sobre un matrimonio político puede afectar decisiones de mercado, alianzas de manada y negociaciones reales.

Además, es falsa.

Asentí.

Eso importaba.

No quería que el mundo entero recibiera una declaración romántica porque yo había tenido miedo.

Pero una mentira pública podía corregirse por razones públicas.

Cassian abrió la puerta.

—Ahora.

La responsable de comunicación entró.

—Tenemos un borrador.

—Quiero que diga que no existe ni ha existido compromiso o negociación matrimonial con Sandra Valmont. Que la colaboración entre las fundaciones es exclusivamente institucional.

—Los Valmont podrían considerar...

—Que consideren.

Niccolas miró su teléfono.

—Sandra está aquí.

Todos nos giramos.

—¿Aquí dónde? —pregunté.

—En el piso ejecutivo.

Cassian cerró los ojos.

—Por supuesto.

Sandra entró en la sala de reuniones diez minutos después.

Yo no tenía obligación de estar allí.

Me quedé.

No por competir.

Por mí.

Porque la historia también cambiaba cuando una dejaba de abandonar la habitación.

Sandra vio mi presencia y su sonrisa se tensó.

—Esto debería ser privado.




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