Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La carta que llegó demasiado tarde

La carta permaneció cerrada durante diecisiete horas. No porque hubiera decidido no leerla. Porque descubrí que evitar una decisión durante diecisiete horas podía parecer sorprendentemente parecido a la productividad si una llenaba la agenda suficiente. Tuve tres reuniones, revisé dos contratos, discutí con Finanzas por un presupuesto y corregí una presentación que no necesitaba ser corregida. Lucía no dijo nada. Eso fue lo más amenazante. A las seis y diez de la tarde, entró en mi oficina y dejó el bolso sobre una silla.

—Nos vamos.

—Tengo trabajo.

—Mentira.

—Todos deben dejar de decirme eso.

—Tienes abierta la misma página hace cuarenta minutos.

Miré la pantalla. Maldita.

—¿Adónde?

—A casa.

—¿Mía?

—Sí.

—¿Cassian?

—No.

Levanté la vista.

—¿No?

—Esto no tiene que ocurrir frente a un hombre solo porque la carta viene de otro.

La frase me hizo querer llorar antes de tiempo.

—Odio cuando eres sabia.

—Yo también. Arruina mi reputación.

Fuimos al departamento. La carta viajó dentro de mi bolso como si pesara varios kilos. Lucía preparó pasta. Yo no comí casi nada. A las nueve, se sentó frente a mí en el sofá.

—Puedo quedarme.

—Lo sé.

—Puedo irme.

—Lo sé.

—Puedo quemarla.

—Eso es un delito federal de correspondencia.

—Solo si me atrapan.

Me reí. Eso ayudó.

—Quiero estar sola.

Lucía asintió. No pareció herida. Solo se levantó y me besó la cabeza.

—Voy a mi habitación. Grita si necesitas algo.

—¿Qué clase de algo?

—Un abrazo, helado o ayuda para ocultar un cuerpo.

—Eres una amiga completa.

—Lo sé.

Cuando cerró la puerta, saqué el sobre. Mis manos no temblaban. Eso me sorprendió. Rompí el sello. Había cuatro páginas. Arthur siempre había escrito a mano cuando algo era personal. Reconocí la letra antes de leer una palabra.

Anabella:

Tuve que detenerme. No Bella. No mi Mate. Anabella. Seguí.

No sé si vas a leer esto. Si decides no hacerlo, lo entiendo. No voy a intentar enviarte otra carta por otro camino ni presentarme donde estés. No tienes ninguna obligación conmigo.

Respiré. La primera parte ya era distinta de sus cartas anteriores. Aquellas habían pedido. Esta empezaba soltando.

Jack encontró pruebas. Un video del lago. Testimonios. Registros. Cosas que tú dijiste y yo decidí no creer. Tatiana mintió. Te manipuló. Hizo más daño del que yo conocía.

Las palabras se nublaron. Parpadeé.

Quiero decir algo antes de continuar: eso no me convierte en una víctima inocente.

Mi respiración se detuvo. Leí más despacio.

Tuve siete años para conocerte. Siete años para saber qué clase de mujer eras. Cuando dijiste que Tatiana se había golpeado sola, yo elegí una versión de los hechos que me permitía seguir viéndome como un buen Alfa. Cuando preguntaste si te conocía, no respondí. Ahora sé por qué. La respuesta verdadera era no lo suficiente.

Las lágrimas cayeron. No hice nada para detenerlas.

Recuerdo el vestido verde. Recuerdo que te dije que no hicieras una escena cuando no estabas haciendo ninguna. Recuerdo pedirte que te disculparas por cosas que no habías hecho. Recuerdo decir que Tatiana tenía características que tú no tenías, como si tu valor pudiera medirse en una lista. Recuerdo suspender nuestra boda sin hablar contigo primero. Recuerdo decir “intenté que funcionara”.

Cerré los ojos. Esa frase. Todavía. Años después. Todavía podía escucharla.

No sé qué parte te dolió más. No tengo derecho a elegirla. Pero recuerdo la cara que pusiste y sé que fui yo quien la provocó.

Me cubrí la boca. Liora apareció. No para defenderlo. Para quedarse conmigo.

La noche del rechazo pensé que estaba eligiendo lo mejor para la manada. Esa es otra mentira que me conté. También estaba eligiendo lo más fácil para mí. Tú me obligabas a mirar mis dudas. Tatiana me hacía sentir admirado, necesario y correcto. Elegí a la persona que me cuestionaba menos y después te culpé por no ser suficiente.

Dolor. Pero diferente. No porque quisiera regresar. Porque una parte de mí llevaba años esperando que alguien nombrara la injusticia correctamente.

Lo siento no alcanza. Lo sé. No espero perdón. No voy a pedirte que vuelvas. Tampoco voy a decirte que sigo amándote como si eso fuera un regalo que debieras recibir. Mi amor no te protegió cuando debía y mi arrepentimiento no te debe otra carga.




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