Arthur
El Consejo tardó once días en concluir una investigación que, en realidad, llevaba años esperando que alguien quisiera verla. Once días de testimonios. Once días de cuentas revisadas, empleados escuchados y sanciones reabiertas. Once días durante los cuales Tatiana permaneció en la residencia este, técnicamente libre y políticamente aislada. Yo no fui a verla. No porque no tuviera preguntas. Porque empezaba a comprender que algunas respuestas no cambiarían el resultado. Jack dejó el informe final sobre mi escritorio un lunes a las siete de la mañana.
—Trescientas ochenta y cuatro páginas —dijo.
Lo miré.
—¿Estás disfrutando esto?
—Del tamaño del documento, sí. Del contenido, no.
Abrí la primera página. La investigación confirmaba abuso de autoridad administrativa, sanciones desproporcionadas, uso indebido de fondos y agresión física contra personal de la residencia. También registraba interferencia en archivos de seguridad y utilización de cuentas discrecionales para contratar servicios externos sin autorización del Consejo. Ese último punto era el que más me preocupaba. North Moon Holdings. La consultora de Silvercrest. Información sobre Anabella.
—¿Tenemos prueba de que intentó comprar su agenda? —pregunté.
—No completa.
—¿Qué falta?
—Identificar quién dio la instrucción final a la consultora. La credencial era de Tatiana. El dispositivo estaba en su residencia. Pero también había dos personas con acceso técnico.
—¿Y qué dice ella?
Jack me miró.
—Que no sabe nada.
—Por supuesto.
—Arthur.
—¿Qué?
—No hagas lo mismo al revés.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Antes creías a Tatiana sin pruebas porque querías creerle. Ahora no la condenes por algo específico sin pruebas porque quieres odiarla.
La frase me irritó. Por eso era cierta.
—La odio.
Jack asintió.
—Puedes. Solo no confundas eso con evidencia.
Me recosté en la silla.
—Odio que tengas razón.
—Eso también está en el informe.
—Vete.
No se fue.
—El Consejo vota hoy.
—Lo sé.
—¿Estás preparado?
No.
—Sí.
Jack suspiró.
—Mientes peor que Anabella.
El nombre me golpeó.
—¿Has sabido algo?
—No.
La solicitud para enviarle una carta había sido aceptada. El Consejo Continental había confirmado la entrega. Nada más. No respuesta. No rechazo formal. Silencio. Intentaba respetarlo. Algunos días lo conseguía mejor que otros.
—¿La leyó? —pregunté.
—No sé.
—¿Cassian Beaumont...?
—No.
—No terminé.
—No importa.
Lo miré. Jack cruzó los brazos.
—No conviertas al Rey Alfa en otra versión de Tatiana. No sabemos qué relación tienen.
Yo sí sabía algo. Había visto fotografías. Anabella tomada de la mano de Cassian. Anabella sonriendo. El comunicado donde él la llamaba, en términos suficientemente claros, la mujer a la que estaba cortejando. Mi lobo sufría cada vez. No era justo. Tampoco importaba.
—Lo sé —dije.
El Consejo se reunió al mediodía. Tatiana entró con un abogado de su familia. No vestía como Luna. Eso fue lo primero que noté. Sin insignias. Sin la cadena de plata ceremonial. Solo un traje blanco y una expresión fría. El presidente del Consejo leyó las conclusiones. Tatiana no reaccionó a los despidos. Ni a los gastos. Ni a los testimonios. Solo cuando mencionaron la suspensión definitiva de funciones de Luna levantó la cabeza.
—No pueden quitarme un título otorgado por ceremonia.
El anciano Moore respondió:
—La ceremonia reconoce una posición. La autoridad administrativa depende del estatuto.
—Soy esposa del Alfa.
Todas las miradas fueron hacia mí. Odié el momento. No porque dudara. Porque una parte de mí recordó otra sala del Consejo. Anabella de pie. Tatiana a mi derecha. Yo pronunciando palabras que destruyeron una vida y creyendo que estaba resolviendo un problema.
—He presentado una solicitud de disolución matrimonial —dije.
Tatiana se quedó inmóvil. Nadie más pareció respirar.
—¿Qué?
—No existe vínculo de Mate entre nosotros. La unión civil y de manada puede disolverse mediante proceso del Consejo.